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UNA RECOMENDACIÓN PARA ESTE VERANO

 

En el hemisferio norte ha comenzado el verano. Muchos tendrán ocasión de disponer de algunos días para descansar y cambiar de actividad. Incluso habrá unos pocos privilegiados que se hayan reservado al menos un libro para leer sin prisas, sumiéndose en el hechizo hipnótico que produce la perfecta sucesión de letras y líneas sin fin hasta alcanzar con la imaginación territorios muchas veces más auténticos que los que a diario se tocan con la mano.

Uno de estos libros, a medio camino entre la ironía suave y la contemplación, es Kusamakura. Cuando, recién estrenado el siglo XX, Natsume Soseki se interesó por el budismo zen, escribió esta novela que, a pesar de su apariencia estática, sume al lector en el vértigo de la vida que lo rodea. Vida en permanente movimiento, con innumerables matices, sutiles sobresaltos e inapreciables cambios que transportan quietamente al corazón por los paisajes más variados del espíritu.

En aquellos primeros años del nuevo siglo, los jóvenes japoneses empezaban a experimentar un desfondamiento moral. Los desastrosos efectos que la rápida colonización cultural de Occidente causó en sus tradiciones y en su modo de vida se unió a las secuelas de la guerra ruso-japonesa. A pesar de la victoria alcanzada, el conflicto llenó las calles de inválidos y cubrió de luto a numerosas familias. La falta de sentido que amenazaba con asfixiar a muchos universitarios y a los grupos más dinámicos de la sociedad cristalizó en un profundo anhelo de sana interioridad. Tal vez por ello, la novela de Soseki corrió de boca en boca y de mano en mano. Para la mayoría, como un soplo de esperanza en medio de su vida gris; para algunos, como verdadero referente de sus aspiraciones más profundas.

Hoy, colonizados por la extraña y difusa cultura que emana de los templos del consumo y que transportan las innumerables redes de comunicación, muchos sueñan con encontrar alivio a esta enfermedad mortal.

 

[Detalle de la imagen que decora la cubierta del libro de Natsume SosekiKusamakura. Debajo, retrato del autor.]


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NO ES PAÍS PARA LA POESÍA

 

Demasiado serio, excesivamente rígido, en gran medida inseguro. Un país así está más preocupado de fabricar utopías que imponer a sus ciudadanos a través de las normas, que de reconocer y tomarse con humor los propios límites y debilidades.

En un país así no hay lugar para la poesía. No tiene capacidad para nombrar y elaborar con belleza los sentimientos que anidan en su corazón. Más aún, se niega a reconocer la importancia que siempre ha tenido en las grandes civilizaciones el amor a las letras para esculpir con palabras las pulsiones íntimas que lo desangran.

La posibilidad de hacer partícipes a otros de los propios estados de ánimo es uno de los fines irrenunciables de la poesía. En ella se aprende a no absolutizarse, a no tomarse excesivamente en serio, a entablar una comunicación confiada y abierta para exorcizar los demonios que habitan en la clausura y se alimentan de hermetismo.

Tantas veces la poesía se ha revelado en la historia como signo de salud mental de una nación que, cuando ella falta, cuando se banaliza y se vuelve pueril, denota una enfermedad social profundamente arraigada.

Iván Bunin sabía todo esto. Su poesía, al margen de los acontecimientos políticos y de los intereses materiales, no solo no se desentiende de los individuos concretos, sino que se esfuerza por comulgar con todo aquello que forma parte de la entraña espiritual y perenne de un pueblo: su paisaje y su naturaleza, sus estaciones y su luz, la nostalgia de la infancia perdida y la celebración del tiempo perdido que aja a las cosas y las personas.

No es posible devaluar ‒y menos aún despreciar‒ la poesía cuando se pretende mantener sana el alma de un grupo humano.

 

[Detalle del paisaje de Isaak Levitan que decora el libro de Poemas de Iván Bunin, recientemente publicado en edición bilingüe ruso-español. Debajo, retrato del literato ruso.]


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EL RETORNO DE LA HISTORIA

En épocas de crisis de identidad social, la renovación suele seguir tres caminos del todo diferentes entre sí. El primero consiste en huir del presente peregrinando hacia paraísos exóticos. Pensadores, ideas y costumbres de lugares lejanos se convierten en el modelo para cambiar la realidad y orientar la existencia. Da igual si lo exótico proviene del Norte o del Este, porque la intención es tomar la máxima distancia posible de las propias raíces para de ese modo cuestionarlas primero y eliminarlas después.

El segundo camino fija la mirada exclusivamente en el futuro, y consiste en vivir como si ya existiera. Los problemas concretos, a menudo resistentes y muchas veces irresolubles, son superados a través de utopías que, por supuesto, están a punto de hacerse reales. Basta pensar algo distinto y nuevo, por pueril que pueda ser, para que de inmediato las cosas cambien. Más aún, toda fantasía que nazca de buenas y altruistas intenciones provocará de forma automática en la sociedad los efectos deseados por el simple hecho de imponerla por ley.

El tercero y último de los caminos insiste en volver la vista hacia el pasado para identificar las soluciones que tuvieron éxito en tiempos de crisis. No se trata, ciertamente, de aplicar sin más las recetas tradicionales, sino de descubrir en la historia los elementos que permitieron avanzar más libre, fraterna y solidariamente a las personas de una determinada época.

La convicción de fondo en la que se apoya esta propuesta es que la historia no avanza por saltos y rupturas, sino como un continuo. Al descubrir en ella los nexos que conectan unas épocas con otras, es posible identificar y aplicar las claves que mejoran el presente y ponen las bases para un futuro mejor humanamente. Eso sí, sabiendo que no será perfecto como lo es la exacta perfección de un mecanismo automatizado, sino simplemente bueno para el hombre concreto.

[Fotografía de Peter Brown, autor de El culto a los santos, donde se conecta la Antigüedad y sus valores con la nueva edad inaugurada por el cristianismo. Debajo, imagen de cubierta del libro La historia olvidada del cristianismo, de Philip Jenkins, recientemente publicado.]


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LA BELLEZA

 

Entre las muchas y variadas cosas que pensaba Hegel, una era que el mundo se salvará por la verdad. Según se fuera abriendo paso en la historia el pensamiento crítico, lo verdadero iría integrando las ideas de moralidad y de estética que preocupan e interesan a los humanos.

Dostoievski, por su parte, nunca fue de esta opinión. Y tampoco su amigo, el joven filósofo Soloviov. Para ambos, solo la belleza puede salvar lo que existe.

La razón es simple. No basta con oponer la verdad al mal que nos rodea para conseguir derrotarlo. Se precisa, al mismo tiempo, alcanzar la plenitud de la Vida, cuya revelación depende de la acción discreta y, sin embargo, grandiosa del espíritu. Este Espíritu se encarna en la belleza absoluta.

Es cierto que a muchos de nuestros contemporáneos estas reflexiones pueden parecerles meras elaboraciones mitológicas. Pero, en realidad, ponen de manifiesto una aspiración humana que siempre ha estado latente bajo muy diversas formas: la metamorfosis o, en la tradición cristiana, la transfiguración. Y no solo del aspecto exterior, sino de la forma interna que constituye el ser de las cosas y de las personas.

Esta ansia de cambio, de renovación, de búsqueda incansable de lo verdadero, lo noble, lo justo, lo puro, lo amable y lo perfecto encuentra su lógica en la recuperación de la imagen y semejanza del que ha creado todo. Y que es, por tanto, icono de la Belleza. De la Vida.

 

[Icono de Cristo, portada de Vida y misterio de Jesús de Nazaret, de José Luis Martín Descalzo. Debajo, portada de La transfiguración de la belleza, de Vladímir Soloviov, recientemente publicado en Ediciones Sígueme.]


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JESÚS

 

Es la apuesta por lo concreto, lo real, lo verdadero. Y, en consecuencia, por lo perenne, en un mundo donde todo parece fluir sin solución de continuidad, en una invitación a dejarse llevar sin oponer resistencia.

No obstante, convendría recordar que la conocidísima descripción del imaginario del gran filósofo Heráclito jamás tuvo auténtico éxito. Aquel constante fluir de las cosas en el tiempo y del tiempo repetido en las cosas nunca pasó de ser una pose, una forma poética de concebir la realidad. Y es que, en el fondo, todo hombre reclama permanencia, en al menos algo, para ser. Quizá lo que pueda discutirse es la cantidad de ese «algo», pero no la necesaria estabilidad para impedir que todo termine deshaciéndose y pierda su valor.

En este sentido, el cristianismo ofrece una solución genial. Y, de hecho, Occidente ha podido profundizar durante siglos ‒y ha podido admirarse‒ de la misteriosa paradoja que supone un Dios hecho carne; un Dios que ha asumido la condición humana hasta el fondo, sin avergonzarse de compartir el mismo destino que los perdedores de la historia.

Por eso asombra en cada generación, sin excepciones, que este Jesús no pase de moda y ofrezca siempre razones humanas para esperar, confiar y amar.

Con mayor o menor acierto, a esto se dedica la cristología, una ciencia muy próxima a la metafísica del Ser con mayúsculas.

 

[Portada del libro El Hijo se hizo carne, reciente obra del cristólogo Gabino Uríbarri. Debajo, fotografía de Heike Springhart, autora de El hombre vulnerable, recientemente publicado.]


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TEXTO Y AUTORÍA

Una especie de mantra, que no se puede cuestionar ni criticar, se ha ido imponiendo en la sociedad: los textos, porque pertenecen a sus autores, solo ellos tienen derecho a cambiarlos. Y la ley debe proteger este derecho frente a cualquier uso abusivo por parte de terceros.

Sin embargo, esta peculiar forma de entender la autoría no deja de ser algo reciente, que se apoya en el pretendido respeto al individuo que presuntamente crea de la nada. Bien es cierto que, en la mayoría de los casos, se suele aplicar a los textos que generan suficiente beneficio económico.

No obstante, la tradición secular se ha guiado por otra lógica. Considera, humilde y realistamente, que los avances en el conocimiento y en la creación estética y de las ideas son colectivos, hasta el punto de que cada generación camina a hombros de sus antepasados. A este respecto, resulta ilustrativa una frase de quien transmitió buena parte de los tesoros de la cultura de Oriente a Occidente en el siglo IV. Aquel gran sabio llamado Gregorio Magno, refiriéndose a la Biblia, aseguraba que un texto «crece con quien lo lee» (Moralia in Job XX, 1).

Esta verdad constituye una de las claves de toda hermenéutica, pero también de la autoridad de los textos en los que se fundamenta la colectividad humana. Los textos más valiosos no son, pues, creaciones exclusivas de un individuo, sino de una comunidad que los recibe y profundiza su sentido a través de infinitas relecturas. Es en dicha repetición celebrativa cuando los textos logran transformar a la comunidad lectora y protegerla de futuros distópicos.

Según el razonamiento de Gregorio, respetar un texto esencial no es conservarlo en su ipsissima pureza original, sino mantenerlo vivo para que despliegue su riqueza al confrontarse con la realidad y, de ese modo, ayude a mejorar la sociedad. Texto y realidad se fecundan mutuamente, sin permitir que se imponga el idealismo o el materialismo que terminan empobreciendo y esclavizando a la inmensa mayoría.

Solo la proclamación y la escucha comunitaria de lo escrito permite conocer y probar su verdadero valor. Y solo a través de esa prueba algunos textos excepcionales llegan a convertirse en Escritura.

[Portada del libro La transmisión textual del Nuevo Testamento, obra de Juan Chapa que acaba de ver la luz. Debajo, fotografía de Erri De Luca y portada de su nuevo libro, Hueso de aceituna.]


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LA IMPORTANCIA DE LA HISTORIA

 

Al menos desde Homero, se sabe que los seres humanos son fabuladores. No solo dedican una parte importante de sus días a hablar, sino que elaboran sin descanso relatos para intentar explicarse a sí mismos y los acontecimientos que determinan su existencia.

Tal vez porque la tradición atribuye a Homero la ceguera, el quehacer histórico ha tenido siempre el peligro de instrumentalizar la memoria colectiva y de reducirla a pensamiento único por medio de construcciones narrativas que tratan de imponer a la mayoría una interpretación canónica –e interesada– de los hechos del pasado.

Para protegerse de este peligro, es necesario en todo momento esforzarse por salvaguardar la verdad y la objetividad de la investigación histórica, y de manera especial en el tiempo presente. Una correcta y rigurosa indagación sobre los hechos, que no olvida los antecedentes que los causaron ni las consecuencias que provocaron, aporta la perspectiva para entender el lugar propio de cada persona y reconocer su valor inviolable.

Una de las tareas más importantes que hoy es preciso llevar a cabo consiste en aproximarse a los acontecimientos pasados con el máximo respeto y honestidad. Por ello, es comprensible la necesidad inaplazable de ahondar en las fuentes y tradiciones históricas que conforman Occidente. Y entre ellas, al menos, la historia del antiguo Israel y del cristianismo, así como la de la Antigüedad clásica griega y romana. Es en estas raíces donde resulta posible descubrir, bajo la nueva luz que ofrece el tiempo presente, motivos de esperanza, de sentido y de humanidad. De hecho, conocer la historia no tiene que ver principalmente con la erudición, sino con que el mayor número posible de ciudadanos lleguen a ser más libres y respetuosos, más iguales y solidarios; y, en definitiva, más fraternos.

 

[Fotografía de Bernd Schipper, autor de Breve historia del antiguo Israel. Debajo, portadas de La historia olvidada del cristianismo, de Philip Jenkins, y de La templanza y la prudencia, de Miguel García-Baró.]


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LA IMPORTANCIA DE LA LITURGIA

Durante mucho tiempo la liturgia de las celebraciones cristianas ha sido tan familiar en la sociedad que ha terminado por morir de éxito.

De hecho, no existía acto de la vida pública que no contara con algún tipo de celebración religiosa. Baste citar a los políticos electos o a los cargos públicos de cualquier nivel, que tomaban posesión poniendo la mano sobre una biblia. O a los clubes deportivos, que cuando ganaban un título de prestigio lo ofrecían a la Virgen del lugar. O a las asociaciones profesionales y de entretenimiento, que el día de su fiesta programaban una misa solemne. Y eso, por no hablar de inauguraciones de curso, funerales de oficio o fiestas patronales.

Este éxito sociológico ha terminado ocultando, con su folklore y sus motivaciones, una buena parte de la esencia de la celebración cristiana.

Recuperar el sentido de las palabras y de los ritos, entender y cuidar el orden de la celebración y el modo adecuado de participar en ella, saber gustar personal y comunitariamente de sus frutos… son solo algunos de los retos urgentes que se imponen en los tiempos actuales.

Una adecuada introducción a la liturgia puede ayudar a que las celebraciones recuperen su objetividad y su vitalidad. De hecho, nada hay tan peligroso como inventarse el modo de confesar con otros la fe a partir de la moda que impera en la sociedad; y nada hay tan destructivo como repetir los ritos antiguos simplemente por serlo, ya que todo aquello que ha muerto no debe resucitarse si se busca ser fiel al espíritu de la vida, que progresa y se encarna en cada momento histórico.

Fidelidad no es, pues, la recuperación arqueológica de la liturgia pasada, pero tampoco la invención ocurrente de quien tiene el encargo de presidir (o de sus colaboradores) la celebración cristiana.

Sin celebrar no es posible vivir humanamente. Pero sin celebrar bien, los símbolos se desgastan, dejan de significar y se vuelven prescindibles.

[Cubierta de Introducción a la teología litúrgica, último libro de Alexander Schmemann publicado en Ediciones Sígueme. Debajo, cuatro libros sugerentes que iluminan esta cuestión: Experiencia y absoluto, de Jean-Yves LacosteLa belleza de la liturgia, de François Cassingena-TrévedyEl bautismo, en las fuentes de la vida nueva, de Maria Campatelli, y El culto a los santos, de Peter Brown.]


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ERRI DE LUCA Y LA BELLEZA

 

Existen dos tipos de escritores. Ambos ciertamente geniales cuando, rozando la perfección, son capaces de sintonizar con los deseos, miedos y esperanzas de las mujeres y los hombres de su generación.

Por una parte están aquellos que priman la forma sobre el contenido. De esta clase existe hoy un grupo numeroso; tal vez porque la genialidad formal tiene mucho de oficio, pero no requiere entregar el alma. En la mayoría de los casos, los valores que imperan en la sociedad les permiten alcanzar esa belleza sintáctica y esa originalidad retórica que casi siempre es recompensada por el público general.

Por otra parte, sin embargo, existen escritores que priman el compromiso ético sobre la forma. En no pocas ocasiones, la salvaguarda de la verdad complica su existencia, ya que su obra revela las más de las veces las incómodas contradicciones incluso en su propio modo de vivir.

De estos últimos, en incansable apertura al misterio de lo real, es Erri De Luca. Nada ni nadie le impone los temas, ninguna moda le condiciona la forma, ni el contenido, ni los personajes.

En los textos de Erri De Luca siempre hay sitio para el espacio en blanco, ese lugar mágico de la topografía de la obra escrita que el lector es invitado a rellenar con sus valores y donde se implica en la transformación más verdadera y bella de la existencia.

 

[Imágenes de la portada del último libro de Erri De Luca publicado en Ediciones Sígueme, y que lleva por título Hueso de aceituna. Debajo, fotografía del autor.]


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UN LIBRO PARA COMENZAR EL AÑO

 

Todo inicio reclama palabras verdaderas. Y el año que está comenzando las requiere por numerosos motivos.

Al abrir las páginas de un libro, el lector desea secretamente que las palabras que recorren sus ojos puedan iluminar la realidad que le envuelve. Pretende, sí, oxigenar su mente, pero también sueña con reforzar las convicciones que aportan sentido, seguridad y descanso ‒aunque sean mínimos‒ a su existencia.

Hace ya medio siglo que Elie Wiesel escribió Celebración jasídica. Con esta obra intentaba cumplir uno de los deberes que se había impuesto cuando perdió a casi toda su familia en los campos de concentración de Auschwitz y Buchenwald. Desde entonces se impuso recoger las historias que le había contado su abuelo materno para no separarse jamás de sus raíces.

Cada uno de los grandes maestros jasídicos que desfilan ante el lector aportan a la realidad la extraña luz que brota de la paradoja. De hecho, casi nada de lo verdadero es lo que parece. Además, siempre es posible contar de nuevo las historias que no solo protegen de los demonios que amenazan, sino que curan de las falsas seguridades y creencias que dicen asegurar la felicidad.

Baste una sola frase de este libro para acompañar los primeros días del nuevo año. «La oposición [o sea, las dificultades externas] estimulan, enriquecen y endurecen el pensamiento y el espíritu… Ella es la que impide las falsas huidas y, en alerta constante, llama a combatir cualquier debilidad, cualquier inclinación a la vulgaridad». Así pensaban los rabinos heterodoxos de la escuela de Pshiskhe cuando alboreaba el siglo XIX en tierras polacas.

Feliz año nuevo.

 

[Imagen que decora la cubierta de Celebración jasídica, publicado por Ediciones Sígueme en 2003. Debajo, fotografía de Elie Wiesel, autor también de Celebración profética y A corazón abierto.]


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