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EN LA FERIA DEL LIBRO DE MADRID

 

Desde el día 10 al 26 de septiembre se celebra la tradicional Feria del Libro en el madrileño Parque de El Retiro.

Son ya ochenta las ediciones en las que libreros, editoriales, instituciones, lectores y curiosos se dan cita en este lugar emblemático para ofrecer o echar un vistazo a las obras que se han convertido en clásicos y a las novedades aparecidas durante los últimos meses. Algunos siguen buscando el libro que siempre han querido leer, pero que no ha sido posible por no darse las circunstancias; otros tratan de decidirse por alguna de las novedades que han llamado su atención… Sin embargo, muchos, tras recorrer el Paseo de los Coches, elegirán alguna joya inesperada que saldrá a su encuentro. Al menos esa es la magia que promete una feria a quienes siguen teniendo capacidad de asombro.

Es cierto que los editores y los lectores han cambiado como la sociedad y que poco tienen que ver con los que visitaban antaño la Feria del Libro. Pero no es menos cierto que cuando un lector ha cultivado su gusto y ha resistido las modas de turno, termina hallando lo inesperado.

Y esta experiencia no es en absoluto una prueba de la ingenuidad social reinante ni un ejercicio de nostalgia de tiempos pasados. El buen libro se sigue publicando. Tan solo es preciso, para descubrirlo (y leerlo), pureza de intención, compromiso ético y capacidad de sorpresa. Porque desde la noche de los tiempos el ser humano sólo ha podido mejorar cuando no ha repetido maquinalmente lo mismo, lo seguro, lo esperado.

Feliz Feria del Libro desde la caseta 207.

 

[Dos fotografías de la caseta de Ediciones Sígueme en el Parque de El Retiro, este año 2021. Allí tienen su casa lectora nuestros seguidores y amigos un año más.]


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TERCERA (Y ÚLTIMA) RECOMENDACIÓN VERANIEGA

 

Desde que en las sociedades desarrolladas la información es global e instantánea, los ciudadanos son sobresaltados cada día con noticias muchas veces amenazantes. En cualquier lugar del mundo sucede algo potencialmente peligroso para nuestro modo de vida. O eso es, al menos, lo que se nos recuerda.

La mayoría de la población se ha acostumbrado (casi podría decirse que se ha vuelto adicta) a recibir de forma constante estímulos informativos que aumentan su adrenalina individual y grupal. Como consecuencia, se nos empuja a vivir en la permanente fugacidad del momento presente, hasta el punto de que se difumina el pasado y se conforma un futuro de pobres expectativas.

Quizá por todo ello, hoy la sociedad está desactivando los grandes ideales que la han animado a lo largo de la historia. Entre estos ideales se encuentra el valor revolucionario de la trascendencia, que ha generado energía moral y ha dotado a la existencia concreta de una razón de ser elevada y mejor.

Hasta no hace mucho, las religiones han sido las encargadas de recordar la importancia de no perder la trascendencia para poder adentrarse en el futuro sin miedos paralizantes, no pocas veces derivados de la técnica y de la consecución, a cualquier precio, del bienestar económico y material.

Ante la crisis de las religiones, la sociología defendió a mediados del siglo pasado que, cuanto más se secularizaba una sociedad, más disminuía su sentimiento religioso. Este principio, defendido entre otros por Peter Berger, ha sido modulado en gran medida con el paso del tiempo. Hoy los sociólogos invitan a contemplar el mundo sin tanto maximalismo y a reconocer y aprovechar el anhelo que se esconde en cada ser humano por lo absoluto. Reflexionar sobre esto ayuda a crecer como sociedad y a no convertir en mera cifra a cada individuo.

[Cubierta del libro Los numerosos altares de la modernidad. En busca de un paradigma para la religión en una época pluralista. Debajo, fotografía de su autor, el reconocido sociólogo de la religión Peter Berger.]


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LEER ALGO DIFERENTE EN VERANO

 

A muchos cada vez les resulta más difícil sumergirse en la lectura de un libro. No pocos, incluso, tienen gran dificultad en concluir el volumen que comenzaron con interés.

Especialistas de la lectura, entre los que se encuentran los neurólogos, llevan algún tiempo avisando de que el uso habitual de dispositivos electrónicos está provocando que el cerebro se acostumbre a una lectura superficial, informativa y simplemente instrumental, de modo que mantener largo tiempo la atención y, por supuesto, la concentración resulta casi imposible, y comprender frases subordinadas que jerarquizan varias ideas supone ímprobos esfuerzos. En consecuencia, el pensamiento complejo y crítico está siendo el gran perjudicado.

Quizá por todo ello pueda aprovecharse el verano para recuperar y entrenar no solo la lectura de inmersión, sino también la profunda. El tiempo vacacional permite reservarse tiempo para el diálogo íntimo con un autor a través de su obra, y adentrarse en las estancias interiores que a menudo no suelen visitarse durante el sucederse monótono de los días laborales.

¿Y si el lector se animara a leer algo distinto, que le exija y le obligue a ir más allá? ¿Y si osara perderse por territorios inexplorados ‒e incluso evitados‒ como los del pensamiento abstracto? ¿O acaso le resulta imposible a un lector avezado leer, por ejemplo, una obra de teología actual, a pesar de ser una de las formas más elevadas de pensamiento aristocrático, por no decir concreto, práctico y más cercano a la realidad? ¿O tal vez leer sobre el sentido de la propia existencia tiene que ser necesariamente aburrido o irrealizable?

Quien dé crédito a esta recomendación no se equivocará si abre uno de los libros del genial teólogo Adolphe Gesché, un teólogo que no deja indiferente y que está más allá de cualquier moda pasajera.

Abrir las páginas, por ejemplo, de su libro El destino y perderse paciente y tenazmente en ellas será una experiencia imborrable. Es verdad que exigente para los neófitos de la teología, pero, gracias a la perseverancia, aportará al lector dos cosas impagables: autoestima y elevación. O sea, grandeza.

[Imagen de cubierta de El destino. Debajo, fotografía del teólogo belga Adolphe Gesché, autor de la serie «Dios para pensar».]


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UNA RECOMENDACIÓN PARA ESTE VERANO

 

En el hemisferio norte ha comenzado el verano. Muchos tendrán ocasión de disponer de algunos días para descansar y cambiar de actividad. Incluso habrá unos pocos privilegiados que se hayan reservado al menos un libro para leer sin prisas, sumiéndose en el hechizo hipnótico que produce la perfecta sucesión de letras y líneas sin fin hasta alcanzar con la imaginación territorios muchas veces más auténticos que los que a diario se tocan con la mano.

Uno de estos libros, a medio camino entre la ironía suave y la contemplación, es Kusamakura. Cuando, recién estrenado el siglo XX, Natsume Soseki se interesó por el budismo zen, escribió esta novela que, a pesar de su apariencia estática, sume al lector en el vértigo de la vida que lo rodea. Vida en permanente movimiento, con innumerables matices, sutiles sobresaltos e inapreciables cambios que transportan quietamente al corazón por los paisajes más variados del espíritu.

En aquellos primeros años del nuevo siglo, los jóvenes japoneses empezaban a experimentar un desfondamiento moral. Los desastrosos efectos que la rápida colonización cultural de Occidente causó en sus tradiciones y en su modo de vida se unió a las secuelas de la guerra ruso-japonesa. A pesar de la victoria alcanzada, el conflicto llenó las calles de inválidos y cubrió de luto a numerosas familias. La falta de sentido que amenazaba con asfixiar a muchos universitarios y a los grupos más dinámicos de la sociedad cristalizó en un profundo anhelo de sana interioridad. Tal vez por ello, la novela de Soseki corrió de boca en boca y de mano en mano. Para la mayoría, como un soplo de esperanza en medio de su vida gris; para algunos, como verdadero referente de sus aspiraciones más profundas.

Hoy, colonizados por la extraña y difusa cultura que emana de los templos del consumo y que transportan las innumerables redes de comunicación, muchos sueñan con encontrar alivio a esta enfermedad mortal.

 

[Detalle de la imagen que decora la cubierta del libro de Natsume SosekiKusamakura. Debajo, retrato del autor.]


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NO ES PAÍS PARA LA POESÍA

 

Demasiado serio, excesivamente rígido, en gran medida inseguro. Un país así está más preocupado de fabricar utopías que imponer a sus ciudadanos a través de las normas, que de reconocer y tomarse con humor los propios límites y debilidades.

En un país así no hay lugar para la poesía. No tiene capacidad para nombrar y elaborar con belleza los sentimientos que anidan en su corazón. Más aún, se niega a reconocer la importancia que siempre ha tenido en las grandes civilizaciones el amor a las letras para esculpir con palabras las pulsiones íntimas que lo desangran.

La posibilidad de hacer partícipes a otros de los propios estados de ánimo es uno de los fines irrenunciables de la poesía. En ella se aprende a no absolutizarse, a no tomarse excesivamente en serio, a entablar una comunicación confiada y abierta para exorcizar los demonios que habitan en la clausura y se alimentan de hermetismo.

Tantas veces la poesía se ha revelado en la historia como signo de salud mental de una nación que, cuando ella falta, cuando se banaliza y se vuelve pueril, denota una enfermedad social profundamente arraigada.

Iván Bunin sabía todo esto. Su poesía, al margen de los acontecimientos políticos y de los intereses materiales, no solo no se desentiende de los individuos concretos, sino que se esfuerza por comulgar con todo aquello que forma parte de la entraña espiritual y perenne de un pueblo: su paisaje y su naturaleza, sus estaciones y su luz, la nostalgia de la infancia perdida y la celebración del tiempo perdido que aja a las cosas y las personas.

No es posible devaluar ‒y menos aún despreciar‒ la poesía cuando se pretende mantener sana el alma de un grupo humano.

 

[Detalle del paisaje de Isaak Levitan que decora el libro de Poemas de Iván Bunin, recientemente publicado en edición bilingüe ruso-español. Debajo, retrato del literato ruso.]


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EL RETORNO DE LA HISTORIA

En épocas de crisis de identidad social, la renovación suele seguir tres caminos del todo diferentes entre sí. El primero consiste en huir del presente peregrinando hacia paraísos exóticos. Pensadores, ideas y costumbres de lugares lejanos se convierten en el modelo para cambiar la realidad y orientar la existencia. Da igual si lo exótico proviene del Norte o del Este, porque la intención es tomar la máxima distancia posible de las propias raíces para de ese modo cuestionarlas primero y eliminarlas después.

El segundo camino fija la mirada exclusivamente en el futuro, y consiste en vivir como si ya existiera. Los problemas concretos, a menudo resistentes y muchas veces irresolubles, son superados a través de utopías que, por supuesto, están a punto de hacerse reales. Basta pensar algo distinto y nuevo, por pueril que pueda ser, para que de inmediato las cosas cambien. Más aún, toda fantasía que nazca de buenas y altruistas intenciones provocará de forma automática en la sociedad los efectos deseados por el simple hecho de imponerla por ley.

El tercero y último de los caminos insiste en volver la vista hacia el pasado para identificar las soluciones que tuvieron éxito en tiempos de crisis. No se trata, ciertamente, de aplicar sin más las recetas tradicionales, sino de descubrir en la historia los elementos que permitieron avanzar más libre, fraterna y solidariamente a las personas de una determinada época.

La convicción de fondo en la que se apoya esta propuesta es que la historia no avanza por saltos y rupturas, sino como un continuo. Al descubrir en ella los nexos que conectan unas épocas con otras, es posible identificar y aplicar las claves que mejoran el presente y ponen las bases para un futuro mejor humanamente. Eso sí, sabiendo que no será perfecto como lo es la exacta perfección de un mecanismo automatizado, sino simplemente bueno para el hombre concreto.

[Fotografía de Peter Brown, autor de El culto a los santos, donde se conecta la Antigüedad y sus valores con la nueva edad inaugurada por el cristianismo. Debajo, imagen de cubierta del libro La historia olvidada del cristianismo, de Philip Jenkins, recientemente publicado.]


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LA BELLEZA

 

Entre las muchas y variadas cosas que pensaba Hegel, una era que el mundo se salvará por la verdad. Según se fuera abriendo paso en la historia el pensamiento crítico, lo verdadero iría integrando las ideas de moralidad y de estética que preocupan e interesan a los humanos.

Dostoievski, por su parte, nunca fue de esta opinión. Y tampoco su amigo, el joven filósofo Soloviov. Para ambos, solo la belleza puede salvar lo que existe.

La razón es simple. No basta con oponer la verdad al mal que nos rodea para conseguir derrotarlo. Se precisa, al mismo tiempo, alcanzar la plenitud de la Vida, cuya revelación depende de la acción discreta y, sin embargo, grandiosa del espíritu. Este Espíritu se encarna en la belleza absoluta.

Es cierto que a muchos de nuestros contemporáneos estas reflexiones pueden parecerles meras elaboraciones mitológicas. Pero, en realidad, ponen de manifiesto una aspiración humana que siempre ha estado latente bajo muy diversas formas: la metamorfosis o, en la tradición cristiana, la transfiguración. Y no solo del aspecto exterior, sino de la forma interna que constituye el ser de las cosas y de las personas.

Esta ansia de cambio, de renovación, de búsqueda incansable de lo verdadero, lo noble, lo justo, lo puro, lo amable y lo perfecto encuentra su lógica en la recuperación de la imagen y semejanza del que ha creado todo. Y que es, por tanto, icono de la Belleza. De la Vida.

 

[Icono de Cristo, portada de Vida y misterio de Jesús de Nazaret, de José Luis Martín Descalzo. Debajo, portada de La transfiguración de la belleza, de Vladímir Soloviov, recientemente publicado en Ediciones Sígueme.]


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JESÚS

 

Es la apuesta por lo concreto, lo real, lo verdadero. Y, en consecuencia, por lo perenne, en un mundo donde todo parece fluir sin solución de continuidad, en una invitación a dejarse llevar sin oponer resistencia.

No obstante, convendría recordar que la conocidísima descripción del imaginario del gran filósofo Heráclito jamás tuvo auténtico éxito. Aquel constante fluir de las cosas en el tiempo y del tiempo repetido en las cosas nunca pasó de ser una pose, una forma poética de concebir la realidad. Y es que, en el fondo, todo hombre reclama permanencia, en al menos algo, para ser. Quizá lo que pueda discutirse es la cantidad de ese «algo», pero no la necesaria estabilidad para impedir que todo termine deshaciéndose y pierda su valor.

En este sentido, el cristianismo ofrece una solución genial. Y, de hecho, Occidente ha podido profundizar durante siglos ‒y ha podido admirarse‒ de la misteriosa paradoja que supone un Dios hecho carne; un Dios que ha asumido la condición humana hasta el fondo, sin avergonzarse de compartir el mismo destino que los perdedores de la historia.

Por eso asombra en cada generación, sin excepciones, que este Jesús no pase de moda y ofrezca siempre razones humanas para esperar, confiar y amar.

Con mayor o menor acierto, a esto se dedica la cristología, una ciencia muy próxima a la metafísica del Ser con mayúsculas.

 

[Portada del libro El Hijo se hizo carne, reciente obra del cristólogo Gabino Uríbarri. Debajo, fotografía de Heike Springhart, autora de El hombre vulnerable, recientemente publicado.]


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TEXTO Y AUTORÍA

Una especie de mantra, que no se puede cuestionar ni criticar, se ha ido imponiendo en la sociedad: los textos, porque pertenecen a sus autores, solo ellos tienen derecho a cambiarlos. Y la ley debe proteger este derecho frente a cualquier uso abusivo por parte de terceros.

Sin embargo, esta peculiar forma de entender la autoría no deja de ser algo reciente, que se apoya en el pretendido respeto al individuo que presuntamente crea de la nada. Bien es cierto que, en la mayoría de los casos, se suele aplicar a los textos que generan suficiente beneficio económico.

No obstante, la tradición secular se ha guiado por otra lógica. Considera, humilde y realistamente, que los avances en el conocimiento y en la creación estética y de las ideas son colectivos, hasta el punto de que cada generación camina a hombros de sus antepasados. A este respecto, resulta ilustrativa una frase de quien transmitió buena parte de los tesoros de la cultura de Oriente a Occidente en el siglo IV. Aquel gran sabio llamado Gregorio Magno, refiriéndose a la Biblia, aseguraba que un texto «crece con quien lo lee» (Moralia in Job XX, 1).

Esta verdad constituye una de las claves de toda hermenéutica, pero también de la autoridad de los textos en los que se fundamenta la colectividad humana. Los textos más valiosos no son, pues, creaciones exclusivas de un individuo, sino de una comunidad que los recibe y profundiza su sentido a través de infinitas relecturas. Es en dicha repetición celebrativa cuando los textos logran transformar a la comunidad lectora y protegerla de futuros distópicos.

Según el razonamiento de Gregorio, respetar un texto esencial no es conservarlo en su ipsissima pureza original, sino mantenerlo vivo para que despliegue su riqueza al confrontarse con la realidad y, de ese modo, ayude a mejorar la sociedad. Texto y realidad se fecundan mutuamente, sin permitir que se imponga el idealismo o el materialismo que terminan empobreciendo y esclavizando a la inmensa mayoría.

Solo la proclamación y la escucha comunitaria de lo escrito permite conocer y probar su verdadero valor. Y solo a través de esa prueba algunos textos excepcionales llegan a convertirse en Escritura.

[Portada del libro La transmisión textual del Nuevo Testamento, obra de Juan Chapa que acaba de ver la luz. Debajo, fotografía de Erri De Luca y portada de su nuevo libro, Hueso de aceituna.]


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LA IMPORTANCIA DE LA HISTORIA

 

Al menos desde Homero, se sabe que los seres humanos son fabuladores. No solo dedican una parte importante de sus días a hablar, sino que elaboran sin descanso relatos para intentar explicarse a sí mismos y los acontecimientos que determinan su existencia.

Tal vez porque la tradición atribuye a Homero la ceguera, el quehacer histórico ha tenido siempre el peligro de instrumentalizar la memoria colectiva y de reducirla a pensamiento único por medio de construcciones narrativas que tratan de imponer a la mayoría una interpretación canónica –e interesada– de los hechos del pasado.

Para protegerse de este peligro, es necesario en todo momento esforzarse por salvaguardar la verdad y la objetividad de la investigación histórica, y de manera especial en el tiempo presente. Una correcta y rigurosa indagación sobre los hechos, que no olvida los antecedentes que los causaron ni las consecuencias que provocaron, aporta la perspectiva para entender el lugar propio de cada persona y reconocer su valor inviolable.

Una de las tareas más importantes que hoy es preciso llevar a cabo consiste en aproximarse a los acontecimientos pasados con el máximo respeto y honestidad. Por ello, es comprensible la necesidad inaplazable de ahondar en las fuentes y tradiciones históricas que conforman Occidente. Y entre ellas, al menos, la historia del antiguo Israel y del cristianismo, así como la de la Antigüedad clásica griega y romana. Es en estas raíces donde resulta posible descubrir, bajo la nueva luz que ofrece el tiempo presente, motivos de esperanza, de sentido y de humanidad. De hecho, conocer la historia no tiene que ver principalmente con la erudición, sino con que el mayor número posible de ciudadanos lleguen a ser más libres y respetuosos, más iguales y solidarios; y, en definitiva, más fraternos.

 

[Fotografía de Bernd Schipper, autor de Breve historia del antiguo Israel. Debajo, portadas de La historia olvidada del cristianismo, de Philip Jenkins, y de La templanza y la prudencia, de Miguel García-Baró.]


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