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EL BARCO DE LOS FILÓSOFOS

Entre los pasajeros que aquel aciago 29 de septiembre de 1922 se vieron obligados a subir al vapor alemán «Oberbürgermeister Haken» se encontraba Semión Frank, uno de los más geniales y desconocidos filósofos del siglo XX. Su obra, de gran rigor formal, sigue siendo un reto para los lectores actuales.

Desde hacía algún tiempo, Lenin trataba de enviar un mensaje contundente a todos aquellos intelectuales que no eran marxistas o de los que se sospechaba que, amparándose en la libertad de cátedra, corrompían a los alumnos con ideas contrarrevolucionarias como la defensa de la libertad de expresión y el pensamiento individual, el control de la violencia del Estado, la iniciativa empresarial privada y la posibilidad de decidir la propia profesión. Trotski había justificado las deportaciones de intelectuales porque, si bien «no había pretexto para fusilarlos a todos, tampoco había posibilidad de tolerarlos».

El caso es que aquella mañana de otoño, en el puerto de San Petersburgo, y prácticamente con lo puesto, embarcaron una treintena de intelectuales acompañados de sus familias. La lista la encabezaban filósofos como Nikolái Berdiáyev, Iván Ilyin, Nikolái Loski o Mijáil Osorguín, además de los rectores de las universidades de Moscú y San Petersburgo.

Durante los meses siguientes fueron deportadas cerca de trescientas destacadas figuras de la cultura, cuya marcha empobreció irremisiblemente el país.

En los años posteriores, la mayor parte de los filósofos enseñó en Alemania, Francia, Inglaterra y Estados Unidos, contribuyendo con su ciencia a enriquecer el pensamiento de los centros de estudio que los recibieron.

Aquel barco, símbolo del ostracismo y de la supresión del pensamiento libre, se convirtió paradójicamente en la mejor forma de dispersar lo mejor del acervo intelectual y espiritual ruso por Occidente.

[Litografía del vapor «Oberbürgermeister Haken», conocido como «el barco de los filósofos». Debajo, fotografía de Semión Frank, autor de El objeto del saber, recientemente publicado en Ediciones Sígueme.]


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PERSONAS Y LIBROS

 

Los seres humanos necesitan contar su vida y aquello que les rodea.

Tal vez por ello la narración se convierta para los humanos en una de esas actividades imprescindibles que les permite hacerse conscientes de sí mismos y de la realidad que habitan. En la medida en que los libros colaboran en esta tarea, han hecho las veces de compañeros de camino y de maestros a lo largo de la historia.

Una sociedad que olvida los libros y se abandona sin más a las imágenes y los sonidos está invirtiendo sobre todo en espectadores y oyentes, pero no en interlocutores que dialogan, en ciudadanos capaces de conversar en plano de igualdad.

La lectura excita la imaginación, favorece la creación de imágenes y sonidos propios, genera diálogo interior. A través de la lectura de un buen libro se aprende a distinguir entre la amplia gama de matices que enriquecen la existencia. La lectura de un libro bueno sirve para huir de la superficie y establecer comunicaciones que hacen del otro un prójimo. No un adversario o un competidor, no una amenaza o un peligro, no un instrumento o un escalón para ascender, sino un sujeto imprescindible para ensayar la escucha y el diálogo que permiten acceder al corazón de lo real y de lo común a todos.

 

[Fotografía de Sylvie Germain, autora de Cuatro actos de presencia, recientemente publicado en Ediciones Sígueme. Debajo, peces que decoran la cubierta del libro Conversaciones para iniciarse en la vida espiritual, en la colección Ichthys.]


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UN AÑO NUEVO PARA LEER A UN GENIO LITERARIO DESCONOCIDO

En la historia de la literatura universal son muy pocos los creadores de un nuevo género literario.

Desde siempre, Homero ha sido considerado el primer gran narrador. Tespis se ha granjeado entre los historiadores del arte dramático un lugar destacado entre los iniciadores del teatro allá por el siglo VI a.C. Dos milenios antes de nuestra era, en la lejana Babilonia, vivió Enheduanna, que tiene el honor de ser para muchos la primera poetisa de la historia.

Tal vez el género «evangelio» no pueda considerarse al mismo nivel que las tres grandes formas clásicas de mezclar bellamente las palabras, pero ha sido uno de los modelos formales que más han influido en la literatura desde hace ya dos mil años. A él se debe, además, el mérito de haber ayudado a conformar una mitología humana y religiosa que da sentido e inspiración a innumerables obras pictóricas, esculturas, edificios y composiciones musicales.

El género evangelio es inseparable de su protagonista, Jesús de Nazaret, verdadero arquetipo de un modo nuevo de estar en el mundo y en el tiempo, de ofrecer una jerarquía de valores que fundan las relaciones entre los semejantes y de proponer un imaginario colectivo que desborda los límites de la vida biológica.

A un desconocido autor, al que tradicionalmente se atribuye el nombre de Marcos, le corresponde el honor de haber creado este género tan fecundo y singular.

[Este año 2018 la Iglesia propone cada domingo la lectura del Evangelio de san Marcos. La fotografía corresponde a Joel Markus, autor de uno de los más originales comentarios exegéticos a este evangelio.]


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NAVIDAD

La publicidad ha influido, para bien y para mal, en el imaginario navideño.

En una sociedad abierta y consumista como la occidental, la Navidad se asocia con un gran número de impresiones y sentimientos, de deseos y recuerdos (alegres unos, tristes otros, nostálgicos la mayoría) que hacen especiales estos días.

Cuando las celebraciones familiares se multiplican y los regalos se intercambian entre los seres queridos, tal vez no convendría olvidar el gran don de la solidaridad con los más desfavorecidos.

No en vano, para muchos la Navidad está inseparablemente unida a un hombre y a una mujer jóvenes que una noche tuvieron que dormir en un establo porque no había sitio en la posada. Y allí, en un lugar inesperado, nació el hijo que ha pretendido hacer de esta tierra un verdadero hogar para todos los seres humanos.

En nombre de todos los que formamos parte del proyecto de Ediciones Sígueme, muchas felicidades.

Y a todos los autores que integran esta familia, gracias sinceras por mirar al futuro, por abrir ventanas a la esperanza y por tender puentes que promuevan el entendimiento entre tantos hombres y mujeres de buena voluntad.

¡Feliz y venturoso año 2018!

[Motivo que decora la portada de Cuatro actos de presencia, de Sylvie Germain, recientemente publicado por Ediciones Sígueme. Debajo, fotografía de Erri de Luca, autor de Penúltimas noticias acerca de Jesús.]


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UNO DE ESOS MISTERIOS DE LA HISTORIA

 

Antes del año 313, que marca la conversión «política» del emperador Constantino, los cristianos no dejaron de crecer en el Imperio romano.

A pesar de carecer de prestigio social y de apoyos oficiales, a pesar de sufrir sus representantes persecuciones esporádicas, el número de seguidores de aquel desconocido judío llamado Jesús de Nazaret aumentaba a un ritmo sorprendente: siete mil a finales del siglo I; doscientos mil al término del II, y casi siete millones cuando se descolgaba el telón del III.

Tan llamativo y exitoso grupo no podía dejar indiferente a los más sagaces gobernantes, de modo que el Edicto de Milán simplemente levantó acta de un fenómeno ya reconocido en la práctica.

Pero ¿cómo se llegó a esta situación? Y más sorprendente aún, ¿cómo fue posible, si aquella forma de vida contracultural estaba repleta de incomodidades y de exigentes compromisos sociales para los neófitos cristianos? Conviene recordar además que el propio Constantino prefirió no bautizarse y seguir con el estilo de vida tradicional de los ciudadanos romanos.

Pocas veces en la historia se ha producido un fenómeno de masas tan radical y poco atractivo ‒como en el fondo sigue siendo hoy en la sociedad poscapitalista‒, que considera irrenunciable ejercitarse en la oración, recibir la catequesis y participar en los actos de culto para alcanzar tan singular y novedoso ideal humano.

 

[Busto colosal del emperador Constantino. Debajo, retrato de Alan Kreider, autor del libro La paciencia. El sorprendente fermento del cristianismo en el Imperio romano, recientemente publicado en Ediciones Sígueme.]


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NO TENGAS MIEDO A PENSAR

 

A lo largo de su historia los seres humanos se las han ingeniado para defenderse de las amenazas del hábitat y de los clanes enemigos. Pero no todos sus esfuerzos se han encaminado a lograr la supervivencia y el bienestar.

De hecho, una ingente cantidad de sus energías las han gastado en buscar el marco de compresión global que les sirva para responder a las cuestiones de sentido que les desazonan. Dichas cuestiones reciben, desde hace más de dos mil quinientos años, el nombre de metafísica.

Cuando en este tercer milenio las élites de las sociedades más avanzadas parecían estar a punto de consensuar un marco metafísico que explicara el mundo y los seres humanos desde las leyes de las ciencias de la naturaleza; cuando parecía que podía asumirse pacíficamente una visión atea del presente y del futuro inmediato gracias a la técnica, que soluciona muchos de los problemas que preocupan (salud, desarrollo personal, solidaridad entre razas, establecimiento de un orden universal de paz y progreso sostenible); cuando se tenía la impresión de que las creencias antiguas eran meras supersticiones de niños y de gentes precríticas… justo entonces han empezado a escucharse voces que ponen en duda el dogmático «naturalismo» metafísico.

Por si fuera poco, vuelve a plantearse el «teísmo» como propuesta metafísica más coherente a la hora de explicar el mundo y el hombre. Primero, mirando al origen, que contempla desde la categoría de «creación» ‒o sea, existe un principio temporal‒; y segundo, dirigiendo la vista al futuro definitivo, que entiende desde la categoría de «redención» ‒por consiguiente, con un final feliz‒.

¿Sentirá vértigo el hombre contemporáneo al poner en cuestión sus «convicciones» ilustradas e inmutables sobre la realidad? Tal vez no exista en el horizonte un reto más revolucionario que este cambio de paradigma.

[Fotografía de Holms Tetens, autor del libro Pensar a Dios, recientemente publicado en Ediciones Sígueme. Diseño de la colección «Verdad e imagen», en la que ha aparecido este título.]


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A PROPÓSITO DEL V CENTENARIO DE LA REFORMA

 

Las noventa y cinco tesis sobre las indulgencias que propuso el doctor Martín Lutero en Wittenberg aquel 31 de octubre de hace quinientos años, han sido consideradas por los historiadores el punto de partida de la Reforma. Y gracias a la imprenta, la difusión de la controversia con Roma hizo el resto, hasta el punto de que la fama del joven y polemista fraile agustino recorrió toda Europa.

Más aún, no hubo reino cristiano que pudiera sustraerse al cuestionamiento de la autoridad papal y a la crítica del entramado económico que enriquecía a los intermediarios de bienes sagrados. Es cierto que desde la perspectiva romántica la Reforma supuso un soplo de libertad revolucionaria.

Sin embargo, su gran mérito fue ante todo la invitación ineludible a volver a la pureza del cristianismo desde las fuentes, y especialmente desde la Sagrada Escritura. En este sentido, la visionaria empresa de Lutero de traducir el Nuevo Testamento al alemán se revela como el verdadero gesto simbólico de una nueva era cristiana. Si el pueblo sin distinción puede acceder en su lengua a los textos sagrados que contienen las palabras y los hechos de Jesús, entonces algo ha cambiado irremisiblemente.

¿No será tal vez aquel 21 de septiembre de 1522, cuando tras una laboriosa revisión de su traducción con Melanchthon, Lutero pudo ver los primeros ejemplares de su Nuevo Testamento alemán editado en Wittenberg, la verdadera fecha del inicio de la Reforma? No en vano, esta fecha es positiva y propositiva para celebrar un comienzo, pues la Palabra revelada se hace accesible a cada hombre también sin intermediarios.

En esta estela, Lutero contempló sorprendentemente a María algunos meses antes ‒cuando al traducir el evangelio de Lucas se vio en la necesidad de comentar el Magníficat‒ como modelo excelso de creyente que acoge la gracia inmerecida de lo alto.

 

[Peces que ilustran la cubierta de El Magníficat de Lutero, recientemente publicado por Ediciones Sígueme para conmemorar el V Centenario de la Reforma. Debajo, retrato del joven Lutero, cuya biografía acaba de publicar el historiador Teófanes Egido.]


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MARIANO ÁLVAREZ, IN MEMORIAM

La madrugada del 13 de octubre nos dejaba el filósofo y maestro Mariano Álvarez.

Leonés de origen, muniqués de formación y salmantino de adopción, Mariano ha sido maestro de filósofos desde su cátedra de metafísica en la Universidad de Salamanca.

En el año 2007 ingresó como miembro de número en la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas con un discurso sobre la libertad, uno de los temas a los que dedicó más energías.

 

Sin embargo, Mariano era en filosofía lo más parecido a un hombre del Renacimiento. Pocos ha habido tan conocedores del pensamiento de Nicolás de Cusa, de Hegel o de Heidegger. Pocos han profundizado tanto en el tema de los universales. Pocos, en fin, se han adentrado en la lengua y la tradición alemanas como este sabio cotidiano, franco y de vida sencilla. Quizá por ello, Mariano fue un profundo admirador de poetas como fray Luis de León y Jorge Luis Borges.

 

Al genial bonaerense dedicó varios estudios. En uno de ellos toma prestadas dos frases que podrían compartir ambos biográficamente: «La libertad de mi albedrío es tal vez ilusoria, pero puedo dar o soñar que doy. Puedo dar el coraje, que no tengo; puedo dar la esperanza, que no está en mí; puedo enseñar la voluntad de aprender lo que sé apenas o entreveo. Quiero ser recordado menos como poeta [filósofo] que como amigo». Y sigue: «Desconocemos los designios del universo, pero sabemos que razonar con lucidez y obrar con justicia es ayudar a esos designios, que no nos serán revelados» (J. L. Borges Elogio de la sombra, 1969).

Los subrayados dicen sin duda mucho de quién ha sido Mariano.

Con cariño, hasta siempre.

[Fotografía de Mariano Álvarez Gómez, autor de Pensamiento del ser y espera de Dios, Sígueme 2004; editor y traductor de Nicolás de Cusa, La caza de la sabiduría, Sígueme 2014; Homenaje a Mariano Álvarez, Metafísica y experiencia, Sígueme 2012.]


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POBREZA, CASTIDAD Y OBEDIENCIA

Desde que comenzó el cristianismo, los seguidores de Jesús han valorado los consejos evangélicos como uno de los signos externos más característicos de su identidad. Sin embargo, con el paso de los siglos, esta opción de vida se ha terminado reservando a grupos concretos que aspiran a una santidad diferenciada de la exigida al común de los cristianos.

La sociedad contemporánea ha dado un paso más. Ya no reconoce estas exigencias evangélicas como un signo contracultural que expresa de manera admirable la llegada anticipada del Reino a la tierra, sino que los ve como una excentricidad. Muchos incluso se escandalizan con sólo imaginar que alguien pueda sugerir que es posible alcanzar la vida buena a través de la práctica de la pobreza, la castidad y la obediencia.

Sea como fuere, y a pesar de las interpretaciones muchas veces interesadas, esta propuesta nunca ha pretendido hacer de la sociedad un monasterio o un convento, sino únicamente testimoniar la necesidad que tienen los humanos de no olvidar el horizonte de gracia al que les invita su origen y les compromete su relación con Dios. Un horizonte, por otra parte, que ya se halla presente en los infinitos signos de entrega, donación y paciencia de tantas personas anónimas.

[Dos imágenes que decoran la portada de Los consejos evangélicos, de Stefano Guarinelli, recientemente publicado en Ediciones Sígueme.]


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JUDAÍSMO Y CRISTIANISMO

En un momento de su vida, por la cabeza de Franz Rosenzweig pasó la idea de convertirse al cristianismo. Durante algunos meses, este gran pensador alemán de origen judío se esforzó por conocer más profundamente las raíces de su religión a la luz de la fe cristiana que estaba dispuesto a abrazar.

Fruto de aquella inquietud personal es la correspondencia que mantuvo con Eugen Rosenstock, compatriota de origen judío, historiador del derecho, sociólogo y filósofo convertido a la tradición protestante.

En las distintas cartas que se intercambiaron ambos amigos se desgranan las fortalezas y debilidades de las dos religiones, al tiempo que se observa cómo evoluciona el pensamiento de Rosenzweig y de Rosenstock gracias a la controversia planteada.

Según Rosenzweig, mientras que el judaísmo es una religión al margen de la historia por el papel excepcional que juega el pueblo elegido como referencia para el resto de las naciones, el cristianismo es la materialización histórica de este ideal mesiánico judío y la prueba de que ambas religiones son inseparables.

De hecho, puede incluso pensarse que judaísmo y cristianismo se necesitan hasta el punto de no poder existir el uno sin el otro.

 

[Fotografía de Franz Rosenzweig, autor que ha influido en la filosofía del siglo XX con obras como La Estrella de la Redención, Escritos sobre la guerra o esta Correspondencia que acaba de ver la luz en Ediciones Sígueme; debajo, placa en su casa de Frankfurt.]


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