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NO TENGAS MIEDO A PENSAR

 

A lo largo de su historia los seres humanos se las han ingeniado para defenderse de las amenazas del hábitat y de los clanes enemigos. Pero no todos sus esfuerzos se han encaminado a lograr la supervivencia y el bienestar.

De hecho, una ingente cantidad de sus energías las han gastado en buscar el marco de compresión global que les sirva para responder a las cuestiones de sentido que les desazonan. Dichas cuestiones reciben, desde hace más de dos mil quinientos años, el nombre de metafísica.

Cuando en este tercer milenio las élites de las sociedades más avanzadas parecían estar a punto de consensuar un marco metafísico que explicara el mundo y los seres humanos desde las leyes de las ciencias de la naturaleza; cuando parecía que podía asumirse pacíficamente una visión atea del presente y del futuro inmediato gracias a la técnica, que soluciona muchos de los problemas que preocupan (salud, desarrollo personal, solidaridad entre razas, establecimiento de un orden universal de paz y progreso sostenible); cuando se tenía la impresión de que las creencias antiguas eran meras supersticiones de niños y de gentes precríticas… justo entonces han empezado a escucharse voces que ponen en duda el dogmático «naturalismo» metafísico.

Por si fuera poco, vuelve a plantearse el «teísmo» como propuesta metafísica más coherente a la hora de explicar el mundo y el hombre. Primero, mirando al origen, que contempla desde la categoría de «creación» ‒o sea, existe un principio temporal‒; y segundo, dirigiendo la vista al futuro definitivo, que entiende desde la categoría de «redención» ‒por consiguiente, con un final feliz‒.

¿Sentirá vértigo el hombre contemporáneo al poner en cuestión sus «convicciones» ilustradas e inmutables sobre la realidad? Tal vez no exista en el horizonte un reto más revolucionario que este cambio de paradigma.

[Fotografía de Holms Tetens, autor del libro Pensar a Dios, recientemente publicado en Ediciones Sígueme. Diseño de la colección «Verdad e imagen», en la que ha aparecido este título.]


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A PROPÓSITO DEL V CENTENARIO DE LA REFORMA

 

Las noventa y cinco tesis sobre las indulgencias que propuso el doctor Martín Lutero en Wittenberg aquel 31 de octubre de hace quinientos años, han sido consideradas por los historiadores el punto de partida de la Reforma. Y gracias a la imprenta, la difusión de la controversia con Roma hizo el resto, hasta el punto de que la fama del joven y polemista fraile agustino recorrió toda Europa.

Más aún, no hubo reino cristiano que pudiera sustraerse al cuestionamiento de la autoridad papal y a la crítica del entramado económico que enriquecía a los intermediarios de bienes sagrados. Es cierto que desde la perspectiva romántica la Reforma supuso un soplo de libertad revolucionaria.

Sin embargo, su gran mérito fue ante todo la invitación ineludible a volver a la pureza del cristianismo desde las fuentes, y especialmente desde la Sagrada Escritura. En este sentido, la visionaria empresa de Lutero de traducir el Nuevo Testamento al alemán se revela como el verdadero gesto simbólico de una nueva era cristiana. Si el pueblo sin distinción puede acceder en su lengua a los textos sagrados que contienen las palabras y los hechos de Jesús, entonces algo ha cambiado irremisiblemente.

¿No será tal vez aquel 21 de septiembre de 1522, cuando tras una laboriosa revisión de su traducción con Melanchthon, Lutero pudo ver los primeros ejemplares de su Nuevo Testamento alemán editado en Wittenberg, la verdadera fecha del inicio de la Reforma? No en vano, esta fecha es positiva y propositiva para celebrar un comienzo, pues la Palabra revelada se hace accesible a cada hombre también sin intermediarios.

En esta estela, Lutero contempló sorprendentemente a María algunos meses antes ‒cuando al traducir el evangelio de Lucas se vio en la necesidad de comentar el Magníficat‒ como modelo excelso de creyente que acoge la gracia inmerecida de lo alto.

 

[Peces que ilustran la cubierta de El Magníficat de Lutero, recientemente publicado por Ediciones Sígueme para conmemorar el V Centenario de la Reforma. Debajo, retrato del joven Lutero, cuya biografía acaba de publicar el historiador Teófanes Egido.]


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MARIANO ÁLVAREZ, IN MEMORIAM

La madrugada del 13 de octubre nos dejaba el filósofo y maestro Mariano Álvarez.

Leonés de origen, muniqués de formación y salmantino de adopción, Mariano ha sido maestro de filósofos desde su cátedra de metafísica en la Universidad de Salamanca.

En el año 2007 ingresó como miembro de número en la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas con un discurso sobre la libertad, uno de los temas a los que dedicó más energías.

 

Sin embargo, Mariano era en filosofía lo más parecido a un hombre del Renacimiento. Pocos ha habido tan conocedores del pensamiento de Nicolás de Cusa, de Hegel o de Heidegger. Pocos han profundizado tanto en el tema de los universales. Pocos, en fin, se han adentrado en la lengua y la tradición alemanas como este sabio cotidiano, franco y de vida sencilla. Quizá por ello, Mariano fue un profundo admirador de poetas como fray Luis de León y Jorge Luis Borges.

 

Al genial bonaerense dedicó varios estudios. En uno de ellos toma prestadas dos frases que podrían compartir ambos biográficamente: «La libertad de mi albedrío es tal vez ilusoria, pero puedo dar o soñar que doy. Puedo dar el coraje, que no tengo; puedo dar la esperanza, que no está en mí; puedo enseñar la voluntad de aprender lo que sé apenas o entreveo. Quiero ser recordado menos como poeta [filósofo] que como amigo». Y sigue: «Desconocemos los designios del universo, pero sabemos que razonar con lucidez y obrar con justicia es ayudar a esos designios, que no nos serán revelados» (J. L. Borges Elogio de la sombra, 1969).

Los subrayados dicen sin duda mucho de quién ha sido Mariano.

Con cariño, hasta siempre.

[Fotografía de Mariano Álvarez Gómez, autor de Pensamiento del ser y espera de Dios, Sígueme 2004; editor y traductor de Nicolás de Cusa, La caza de la sabiduría, Sígueme 2014; Homenaje a Mariano Álvarez, Metafísica y experiencia, Sígueme 2012.]


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POBREZA, CASTIDAD Y OBEDIENCIA

Desde que comenzó el cristianismo, los seguidores de Jesús han valorado los consejos evangélicos como uno de los signos externos más característicos de su identidad. Sin embargo, con el paso de los siglos, esta opción de vida se ha terminado reservando a grupos concretos que aspiran a una santidad diferenciada de la exigida al común de los cristianos.

La sociedad contemporánea ha dado un paso más. Ya no reconoce estas exigencias evangélicas como un signo contracultural que expresa de manera admirable la llegada anticipada del Reino a la tierra, sino que los ve como una excentricidad. Muchos incluso se escandalizan con sólo imaginar que alguien pueda sugerir que es posible alcanzar la vida buena a través de la práctica de la pobreza, la castidad y la obediencia.

Sea como fuere, y a pesar de las interpretaciones muchas veces interesadas, esta propuesta nunca ha pretendido hacer de la sociedad un monasterio o un convento, sino únicamente testimoniar la necesidad que tienen los humanos de no olvidar el horizonte de gracia al que les invita su origen y les compromete su relación con Dios. Un horizonte, por otra parte, que ya se halla presente en los infinitos signos de entrega, donación y paciencia de tantas personas anónimas.

[Dos imágenes que decoran la portada de Los consejos evangélicos, de Stefano Guarinelli, recientemente publicado en Ediciones Sígueme.]


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JUDAÍSMO Y CRISTIANISMO

En un momento de su vida, por la cabeza de Franz Rosenzweig pasó la idea de convertirse al cristianismo. Durante algunos meses, este gran pensador alemán de origen judío se esforzó por conocer más profundamente las raíces de su religión a la luz de la fe cristiana que estaba dispuesto a abrazar.

Fruto de aquella inquietud personal es la correspondencia que mantuvo con Eugen Rosenstock, compatriota de origen judío, historiador del derecho, sociólogo y filósofo convertido a la tradición protestante.

En las distintas cartas que se intercambiaron ambos amigos se desgranan las fortalezas y debilidades de las dos religiones, al tiempo que se observa cómo evoluciona el pensamiento de Rosenzweig y de Rosenstock gracias a la controversia planteada.

Según Rosenzweig, mientras que el judaísmo es una religión al margen de la historia por el papel excepcional que juega el pueblo elegido como referencia para el resto de las naciones, el cristianismo es la materialización histórica de este ideal mesiánico judío y la prueba de que ambas religiones son inseparables.

De hecho, puede incluso pensarse que judaísmo y cristianismo se necesitan hasta el punto de no poder existir el uno sin el otro.

 

[Fotografía de Franz Rosenzweig, autor que ha influido en la filosofía del siglo XX con obras como La Estrella de la Redención, Escritos sobre la guerra o esta Correspondencia que acaba de ver la luz en Ediciones Sígueme; debajo, placa en su casa de Frankfurt.]


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ENFERMEDADES Y SANACIÓN

En algunas lenguas existe una sutil diferencia entre dos verbos que a primera vista parecen significar lo mismo: «curar» y »sanar».

Curar es el resultado de la aplicación de distintos procedimientos y técnicas por parte de los profesionales sanitarios con vistas a eliminar, o al menos controlar, la enfermedad. Curar representa, en gran medida, una acción externa dirigida al enfermo.

Sin renunciar a nada de lo anterior, sanar tiene en cuenta otros elementos. Primero, que las distintas dimensiones (física, psíquica y espiritual) que integran a la persona se hallan íntimamente relacionadas entre sí; y segundo, que el fin perseguido es en último término colaborar en la adquisición de la salud plena.

La tecnificación actual del sistema de salud y las relaciones que se establecen entre los profesionales y los pacientes tienen el peligro de acabar viendo a los enfermos como un número asociado a un historial clínico o como una «máquina» averiada que hay que reparar. Esta tendencia a la objetualización suele conducir (incluso sin mala intención) a un paulatino olvido de la singularidad de cada enfermo, centrándose sobre todo en resolver su problema físico.

Quizá por ello, una de la causas de la desazón que experimenta el hombre actual provenga de su deseo de sanación completa, donde la salud corporal es una parte, pero en absoluto la principal, para acceder a una vida en plenitud.

[Personaje que acompaña a un ciego ante Jesús y que se convierte en testigo de su curación. Esta figura de arte etiópico cristiano decora el interior del libro Las enfermedades del espíritu, recientemente publicado en Ediciones Sígueme.]


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TARKOVSKI

Su Martirologio no es ciertamente un libro para el verano.

En la breve entrada del 20 de septiembre de 1970, Tarkovski define el título de su diario como «enumeración de desventuras». Cada una de sus anotaciones privadas testimonian la lucha del genial cineasta por exorcizar su estado de ánimo, a menudo lastrado por las deudas económicas a las que no podía hacer frente y por la falta de permisos para poder filmar todas las ideas que bullían en su cabeza.

Cuando ya han pasado tres décadas de su desaparición, sorprende que su obra escrita y sus películas sigan provocando la admiración entre quienes acceden a ellas por primera vez o las revisitan pasado un tiempo.

Y es que la atracción que continúa despertando su cine quizá tenga mucho que ver con el reto de resolver el enigma que esconden sus complejas metáforas.

Pero ¿qué crítico podrá acceder a la mente de este artista genial sin tomar en consideración el alma rusa? ¿Acaso bastará con aplicar a su obra las teorías estéticas de moda para hallar algún sentido? ¿O en el fondo sólo serán proyecciones de los expertos, que olvidan a menudo el misterio escondido en el interior de los hombres?

Tarkovski ha mirado el sol de frente, y sus imágenes ya no pueden ser sino iluminadas.

[Fotografía de Tarkovski que ilustra la cubierta de su Martirologio. Diarios 1970-1986, obra publicada por Ediciones Sígueme en 2011.]


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FICHTE, UN IDEALISTA CON LOS PIES EN EL SUELO

Fichte murió de tifus cuando apenas contaba 51 años.

Dictó sus últimas lecciones sobre filosofía aplicada, conocidas también como Doctrina del Estado, en la Universidad de Berlín durante el curso de 1813, en plena efervescencia política y nacionalista frente a la ocupación napoleónica. Como no podía ser de otra manera, el pensamiento más especulativo cede paso a consideraciones de orden práctico relativas a la educación, la cultura, la política y la fe, y que vienen determinadas por el momento histórico y las circunstancias concretas de sus compatriotas alemanes.

En este sentido, el filósofo aborda cuestiones como la posibilidad de la guerra justa, las relaciones entre el Estado y la religión, la responsabilidad de los intelectuales ante la situación social y el conflicto bélico, o la luz que puede aportar el cristianismo al género humano para que cumpla con su destino individual y nacional.

Estas últimas lecciones del pensador idealista no sólo se han convertido en su testamento intelectual, sino también en la prueba de que la verdadera filosofía siempre ha de incidir en el proceso formativo de la humanidad y ha de comprometerse con la salvaguarda de la dignidad de cada persona sin distinción.

[Imagen de Johann G. Fichte, autor del libro Lecciones de filosofía aplicada, que ha visto la luz en Ediciones Sígueme. Debajo, fotografía del profesor Salvi Turró, a quien se debe la cuidada edición de esta obra.]


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LUTERO PARA EL VERANO

 

Este año 2017 se cumplen los quinientos años del comienzo de la Reforma protestante.

La fecha de este acontecimiento de trascendencia universal viene marcada por la publicación que hizo Lutero de las famosas noventa y cinco tesis contra las indulgencias y su gesto simbólico de fijarlas en la puerta de la iglesia del castillo de Wittenberg aquel 31 de octubre de 1517.

Conocer, aunque solo sea someramente, la vida del gran Reformador y acercarse a alguno de sus escritos constituye una obligación de orden cultural, porque pocos personajes han sido más determinantes en la modernidad y porque muchas de sus ideas se han desarrollado fecundamente durante los siguientes cinco siglos.

¿O acaso puede alguien imaginarse que la música sería igual sin la influencia de la Reforma en Bach? ¿O puede alguien pensar que el protestantismo apenas influyó en la elaboración filosófica de Kant, Hegel o Schleiermacher? ¿O no es, en fin, deudora la lengua alemana de la traducción que Lutero y sus colaboradores hicieron de la Biblia? ¿Y la escuela pública? ¿Y la educación obligatoria para varones y mujeres?

Aquellos que olvidan el pasado suelen con frecuencia imaginarse que las grandes ideas proceden de poetas y de maestros de anteayer. Y en el peor de los casos, de ellos mismos.

[Retrato del joven Lutero pintado por Lucas Cranach, que decora la cubierta de la biografía escrita por Teófanes Egido recién publicada en Ediciones Sígueme. Debajo, puerta del castillo de Wittenberg donde la tradición dice que Lutero fijó sus 95 tesis.]


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MITOS DE AOTEAROA

 

En la Tierra de la gran nube blanca, entre lagos y montañas, corrientes de agua y bosques, transcurre la vida.

Algunos días señalados, al caer de la tarde, todos se reúnen junto a las hogueras en la sala común del poblado. Es entonces cuando los ancianos toman la palabra para mantener viva la memoria de los orígenes. Evocan la canoa sagrada que surcó el mar y transportó a sus antepasados hasta aquellas tierras desde islas lejanas. También recuerdan que hubo otras embarcaciones no menos mágicas que trajeron pueblos sobrenaturales para habitar en lugares inaccesibles, además de extrañas criaturas de irrefrenables instintos que amenazaron la existencia de los maoríes.

Bien entrada la noche, cuando los niños apenas pueden mantener abiertos los ojos, llega el turno de las historias del inframundo. Los ancianos describen en primer lugar la fila interminable de espíritus que deambulan por laderas y vados hasta el mítico Akakitereinga, árbol sagrado que flanquea en lo alto del cabo Te Reinga la entrada a los infiernos maoríes. Allí, antes de abandonar toda esperanza, los espíritus presentan sus ofrendas para despedirse de esta vida y sumergirse irremisiblemente en el olvido.

Tal vez el ser humano no haya sido capaz de encontrar otra forma mejor de exorcizar sus miedos y de salvaguardar lo que más quiere que compartir y repetir en voz alta los relatos que dotan de algún sentido la existencia y protegen la identidad de individuos y grupos.

Y es que gracias a los mitos ha sido posible abrir grietas de luz en el muro impenetrable del futuro.

[Tatuajes que decoran el rostro de algunos varones como símbolo de la belleza ideal, en la cubierta de Cuentos maoríes. Debajo, detalle de la cubierta de Cuentos de los sabios de la India.]


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