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GIRARD LLAMA DE NUEVO A LA PUERTA

 

Volver a releer a este pensador es crearse problemas. Su profusión de imágenes y paradojas, su rebeldía por destacar aquello que descubre el reverso de la realidad y su atrevimiento para cuestionar las razones de andar por casa que nos ayudan a vivir pacíficamente, termina resultando molesto.

Pero el oficio del filósofo es lo que tiene: arrostrar el estigma de conocer sin descanso, de indagar en aquello que nos explica a cada uno, da sentido y, por supuesto, nos sana.

La sociedad, no pocas veces sin apercibirse de ello, ha asignado al filósofo la tarea de aguijonear las conciencias. Y, sin embargo, cuando las naciones gozan de éxito y riquezas en abundancia, los filósofos suelen ofrecerse a los poderosos para justificar sus sofisticados y modernos valores. Aunque tampoco es de extrañar que, de tanto justificar las razones de los que mandan, se termine imponiendo ese paralizante puritanismo de las costumbres que casi siempre trae de la mano el amargo fruto de la autocensura.

Es justamente entonces cuando se desvela con tristeza el desfase de la vocación de quienes, creyéndose filósofos, se olvidan de ir más allá y gastan sus energías como publicistas de ideas que adormecen y felicidades que causan dolor.

Quizá por ello la imagen emblemática del tábano sea la más adecuada para el filósofo, pues, como Sócrates, su misión consiste en impedir por todos los medios caer en la ensoñación dulzona y paralizante de lo ideal y lo perfecto. ¿O no fue esto lo que le sucedió a la mujer de Lot, cuando volvió sus ojos con esa irresistible nostalgia que provoca siempre la vida placentera dejada atrás?

Girard, invitándonos a contemplar el envés de la realidad, reaparece ahora para romper este hechizo y reclamar una vida más digna para los humanos. Una existencia que solo puede ser vivida de pie; y jamás inclinada ante las mil y una pantallas que no dejan de hipnotizar nuestra mirada.

[Portada de la nueva edición del clásico girardiano Cosas ocultas desde la fundación del mundo, recientemente publicado en nueva traducción de Tania Checchi. Debajo, detalle de la imagen que decora La mirada del amor, del filósofo Jean-Louis Chrétien.]


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«NO, NO TENGO TIEMPO»

 

En las sociedades modernas y altamente avanzadas, se ha asentado la convicción de no tener tiempo. Incluso es frecuente escuchar que muchas de las cosas supuestamente importantes que se dice desear hacer no pueden realizarse por carecer de tiempo.

Esta situación se agrava, si ello fuera posible, en las ciudades populosas. El vértigo lo tiñe todo con su suave y traslúcida pátina. Más aún, la prisa, que ha terminado por convertirse en estructural, deja a su paso un reguero de cadáveres. El primero de todos: la serenidad; el segundo, el silencio.

Pero, en realidad, no es que falte tiempo, sino que la inercia del ritmo de la vida cotidiana impide ordenarlo humanamente, convirtiendo la existencia en un continuum amorfo y en contante fluir. Algunos tienen la impresión de que el antiguo panta rei heracliano expresa paradójicamente la esencia de la sociedad moderna.

A ello se debe que el tercer cadáver haya sido la lectura, y más en concreto la de un libro que favorezca el diálogo interior. No, por tanto, de un libro que distraiga y evada de la vulgar realidad cotidiana, sino de uno que obliga a tomar partido y dar razón de las propias convicciones con argumentos verdaderos y buenos, es decir, que se creen.

En esta estela lógica, quizá el cuarto cadáver sea la oración, la cual mantiene una sorprendente semejanza con la lectura. Porque el tiempo que se abre al misterio de lo real reclama serenidad, silencio y libros; es decir, instrumentos que faciliten ese íntimo diálogo sin palabras que mana dulce de la escucha.

 

[Detalle de la imagen de portada del libro de Luigi Gioia Tocado por Dios. El camino de la oración contemplativa, recientemente publicado por Ediciones Sígueme. Debajo, peces que decoran la cubierta de La práctica de la presencia de Dios en la vida cotidiana, del místico del siglo XVII Lorenzo de la Resurrección.]


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JALICS, MAESTRO DE ESPIRITUALIDAD

 

Una estancia oscura, impenetrable a lo humano. Donde se hace realidad el lema del infierno de Dante: «Perded toda esperanza».

Un hombre solo. Enfrentado a sus propios demonios. Muchos de ellos interiores. Que hasta su reclusión se consideraba a sí mismo luminoso para muchos que se le acercaban.

Dentro de los muros de aquella estancia triste y fría, transcurren las jornadas líquidas de un tiempo que resulta imposible medir. Y aunque la tortura todo lo vuelve turbio, aquel hombre logra indagar en su interior. Y a pesar de la desesperanza omnipresente, se resiste a olvidar las razones que lo aferran a la vida y se empeña en mantener la escasa dignidad que le resta.

De improviso, en un día sin fecha, cuando ya nada parece tener sentido, se abre paso en él la inesperada y humilde revelación del encuentro con Dios.

Y tiene la clara certeza de que ese Dios no lo ha inventado él. Ni es un Espíritu absoluto del que emanan las cosas. Menos todavía un Dios impasible. Recuerda, eso sí, que a ese Dios cotidiano entregó desde joven su existencia porque era el Padre de su admirado Jesús.

Dios celoso como ningún otro, al que se accede siempre cuando se atraviesa el desierto acerado, amargo y áspero de la indefensión. Dios que espera en cualquier circunstancia de la vida, por muy dura que ella sea. Dios que no pone más condición para hacerse presente que la escucha dócil, constante, doliente, gratuita del silencio.

Porque, quizá, ningún silencio llegue nunca a ser tan sorpresivo y fecundo como el de la cruz de aquel monte, hace dos mil años, a las puertas de Jerusalén.

 

[Fotografía de Franz Jalics que decora las guardas de Escuchar para ser, obra recientemente publicada. Debajo, imagen utilizada en la portada de Ejercicios de contemplación, libro central de la espiritualidad jalicsiana.]


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PUNTO Y SEGUIDO

La Feria del Libro de Madrid ha concluido. Sin embargo, el contacto directo con muchos amigos y lectores que han visitado nuestra caseta 207 deja un poso de nostalgia.

Los amigos de la editorial, porque comparten el ánimo y la ilusión ante un proyecto que abre puertas a realidades inexploradas, esas que siempre llevan más allá y nos hacen mejores. Las personas que no conocían la editorial y se han detenido por curiosidad ante las portadas coloristas y los temas singulares, porque se han fiado de las recomendaciones o simplemente han compartido sus opiniones y comentarios.

Esta nostalgia latente deja, con todo, otra nota de interés. Hoy mucha gente necesita hablar de aquello que a menudo no puede en los ambientes que frecuenta. Existen demasiadas cuestiones que se reprimen por el qué dirán, no pocas preguntas, dudas, anhelos… De hecho, las conversaciones que se establecen de manera informal en la caseta hacen aflorar no pocas perplejidades, heridas y esperanzas que el cotidiano vivir va dejando en los corazones. En situaciones así, uno no puede por menos de recordar los versos de Daniel Faria: «Hombres que son como lugares mal situados / …como casas saqueadas / …como piedras fuera del suelo / como niños huérfanos / hombres sin huso horario / hombres agitados / …desempleados de sus vidas».

¿Y si un libro pudiera ayudar? ¿Y si el simple hecho de compartir una lectura que ha dejado una huella indeleble en el alma fuera el inicio del proceso de sanación?

Una verdadera Feria recuerda siempre la necesidad de estar en contacto con los lectores y de darles la palabra. Se revela como la ocasión de tratarlos como iguales, como actores de un proyecto común que debe engrandecernos –y exigirnos– a todos. Es, en definitiva, un punto y seguido en esta tarea elevada capaz de llenar toda una vida.

 

[Imagen de la portada de Hombres que son como lugares mal situados, segundo poemario del poeta portugués Daniel Faria, que murió con apenas veintiocho años. Debajo, su fotografía.]


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EN LA FERIA DEL LIBRO DE MADRID

 

Desde el día 10 al 26 de septiembre se celebra la tradicional Feria del Libro en el madrileño Parque de El Retiro.

Son ya ochenta las ediciones en las que libreros, editoriales, instituciones, lectores y curiosos se dan cita en este lugar emblemático para ofrecer o echar un vistazo a las obras que se han convertido en clásicos y a las novedades aparecidas durante los últimos meses. Algunos siguen buscando el libro que siempre han querido leer, pero que no ha sido posible por no darse las circunstancias; otros tratan de decidirse por alguna de las novedades que han llamado su atención… Sin embargo, muchos, tras recorrer el Paseo de los Coches, elegirán alguna joya inesperada que saldrá a su encuentro. Al menos esa es la magia que promete una feria a quienes siguen teniendo capacidad de asombro.

Es cierto que los editores y los lectores han cambiado como la sociedad y que poco tienen que ver con los que visitaban antaño la Feria del Libro. Pero no es menos cierto que cuando un lector ha cultivado su gusto y ha resistido las modas de turno, termina hallando lo inesperado.

Y esta experiencia no es en absoluto una prueba de la ingenuidad social reinante ni un ejercicio de nostalgia de tiempos pasados. El buen libro se sigue publicando. Tan solo es preciso, para descubrirlo (y leerlo), pureza de intención, compromiso ético y capacidad de sorpresa. Porque desde la noche de los tiempos el ser humano sólo ha podido mejorar cuando no ha repetido maquinalmente lo mismo, lo seguro, lo esperado.

Feliz Feria del Libro desde la caseta 207.

Firmas:
Día 22, miércoles, de 18:00 a 21:00: Alberto De Mingo Kaminouchi
Día 25, sábado, de 18:00 a 21:00: Miguel García-Baró

[Dos fotografías de la caseta de Ediciones Sígueme en el Parque de El Retiro, este año 2021. Allí tienen su casa lectora nuestros seguidores y amigos un año más.]


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TERCERA (Y ÚLTIMA) RECOMENDACIÓN VERANIEGA

 

Desde que en las sociedades desarrolladas la información es global e instantánea, los ciudadanos son sobresaltados cada día con noticias muchas veces amenazantes. En cualquier lugar del mundo sucede algo potencialmente peligroso para nuestro modo de vida. O eso es, al menos, lo que se nos recuerda.

La mayoría de la población se ha acostumbrado (casi podría decirse que se ha vuelto adicta) a recibir de forma constante estímulos informativos que aumentan su adrenalina individual y grupal. Como consecuencia, se nos empuja a vivir en la permanente fugacidad del momento presente, hasta el punto de que se difumina el pasado y se conforma un futuro de pobres expectativas.

Quizá por todo ello, hoy la sociedad está desactivando los grandes ideales que la han animado a lo largo de la historia. Entre estos ideales se encuentra el valor revolucionario de la trascendencia, que ha generado energía moral y ha dotado a la existencia concreta de una razón de ser elevada y mejor.

Hasta no hace mucho, las religiones han sido las encargadas de recordar la importancia de no perder la trascendencia para poder adentrarse en el futuro sin miedos paralizantes, no pocas veces derivados de la técnica y de la consecución, a cualquier precio, del bienestar económico y material.

Ante la crisis de las religiones, la sociología defendió a mediados del siglo pasado que, cuanto más se secularizaba una sociedad, más disminuía su sentimiento religioso. Este principio, defendido entre otros por Peter Berger, ha sido modulado en gran medida con el paso del tiempo. Hoy los sociólogos invitan a contemplar el mundo sin tanto maximalismo y a reconocer y aprovechar el anhelo que se esconde en cada ser humano por lo absoluto. Reflexionar sobre esto ayuda a crecer como sociedad y a no convertir en mera cifra a cada individuo.

[Cubierta del libro Los numerosos altares de la modernidad. En busca de un paradigma para la religión en una época pluralista. Debajo, fotografía de su autor, el reconocido sociólogo de la religión Peter Berger.]


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LEER ALGO DIFERENTE EN VERANO

 

A muchos cada vez les resulta más difícil sumergirse en la lectura de un libro. No pocos, incluso, tienen gran dificultad en concluir el volumen que comenzaron con interés.

Especialistas de la lectura, entre los que se encuentran los neurólogos, llevan algún tiempo avisando de que el uso habitual de dispositivos electrónicos está provocando que el cerebro se acostumbre a una lectura superficial, informativa y simplemente instrumental, de modo que mantener largo tiempo la atención y, por supuesto, la concentración resulta casi imposible, y comprender frases subordinadas que jerarquizan varias ideas supone ímprobos esfuerzos. En consecuencia, el pensamiento complejo y crítico está siendo el gran perjudicado.

Quizá por todo ello pueda aprovecharse el verano para recuperar y entrenar no solo la lectura de inmersión, sino también la profunda. El tiempo vacacional permite reservarse tiempo para el diálogo íntimo con un autor a través de su obra, y adentrarse en las estancias interiores que a menudo no suelen visitarse durante el sucederse monótono de los días laborales.

¿Y si el lector se animara a leer algo distinto, que le exija y le obligue a ir más allá? ¿Y si osara perderse por territorios inexplorados ‒e incluso evitados‒ como los del pensamiento abstracto? ¿O acaso le resulta imposible a un lector avezado leer, por ejemplo, una obra de teología actual, a pesar de ser una de las formas más elevadas de pensamiento aristocrático, por no decir concreto, práctico y más cercano a la realidad? ¿O tal vez leer sobre el sentido de la propia existencia tiene que ser necesariamente aburrido o irrealizable?

Quien dé crédito a esta recomendación no se equivocará si abre uno de los libros del genial teólogo Adolphe Gesché, un teólogo que no deja indiferente y que está más allá de cualquier moda pasajera.

Abrir las páginas, por ejemplo, de su libro El destino y perderse paciente y tenazmente en ellas será una experiencia imborrable. Es verdad que exigente para los neófitos de la teología, pero, gracias a la perseverancia, aportará al lector dos cosas impagables: autoestima y elevación. O sea, grandeza.

[Imagen de cubierta de El destino. Debajo, fotografía del teólogo belga Adolphe Gesché, autor de la serie «Dios para pensar».]


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UNA RECOMENDACIÓN PARA ESTE VERANO

 

En el hemisferio norte ha comenzado el verano. Muchos tendrán ocasión de disponer de algunos días para descansar y cambiar de actividad. Incluso habrá unos pocos privilegiados que se hayan reservado al menos un libro para leer sin prisas, sumiéndose en el hechizo hipnótico que produce la perfecta sucesión de letras y líneas sin fin hasta alcanzar con la imaginación territorios muchas veces más auténticos que los que a diario se tocan con la mano.

Uno de estos libros, a medio camino entre la ironía suave y la contemplación, es Kusamakura. Cuando, recién estrenado el siglo XX, Natsume Soseki se interesó por el budismo zen, escribió esta novela que, a pesar de su apariencia estática, sume al lector en el vértigo de la vida que lo rodea. Vida en permanente movimiento, con innumerables matices, sutiles sobresaltos e inapreciables cambios que transportan quietamente al corazón por los paisajes más variados del espíritu.

En aquellos primeros años del nuevo siglo, los jóvenes japoneses empezaban a experimentar un desfondamiento moral. Los desastrosos efectos que la rápida colonización cultural de Occidente causó en sus tradiciones y en su modo de vida se unió a las secuelas de la guerra ruso-japonesa. A pesar de la victoria alcanzada, el conflicto llenó las calles de inválidos y cubrió de luto a numerosas familias. La falta de sentido que amenazaba con asfixiar a muchos universitarios y a los grupos más dinámicos de la sociedad cristalizó en un profundo anhelo de sana interioridad. Tal vez por ello, la novela de Soseki corrió de boca en boca y de mano en mano. Para la mayoría, como un soplo de esperanza en medio de su vida gris; para algunos, como verdadero referente de sus aspiraciones más profundas.

Hoy, colonizados por la extraña y difusa cultura que emana de los templos del consumo y que transportan las innumerables redes de comunicación, muchos sueñan con encontrar alivio a esta enfermedad mortal.

 

[Detalle de la imagen que decora la cubierta del libro de Natsume SosekiKusamakura. Debajo, retrato del autor.]


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NO ES PAÍS PARA LA POESÍA

 

Demasiado serio, excesivamente rígido, en gran medida inseguro. Un país así está más preocupado de fabricar utopías que imponer a sus ciudadanos a través de las normas, que de reconocer y tomarse con humor los propios límites y debilidades.

En un país así no hay lugar para la poesía. No tiene capacidad para nombrar y elaborar con belleza los sentimientos que anidan en su corazón. Más aún, se niega a reconocer la importancia que siempre ha tenido en las grandes civilizaciones el amor a las letras para esculpir con palabras las pulsiones íntimas que lo desangran.

La posibilidad de hacer partícipes a otros de los propios estados de ánimo es uno de los fines irrenunciables de la poesía. En ella se aprende a no absolutizarse, a no tomarse excesivamente en serio, a entablar una comunicación confiada y abierta para exorcizar los demonios que habitan en la clausura y se alimentan de hermetismo.

Tantas veces la poesía se ha revelado en la historia como signo de salud mental de una nación que, cuando ella falta, cuando se banaliza y se vuelve pueril, denota una enfermedad social profundamente arraigada.

Iván Bunin sabía todo esto. Su poesía, al margen de los acontecimientos políticos y de los intereses materiales, no solo no se desentiende de los individuos concretos, sino que se esfuerza por comulgar con todo aquello que forma parte de la entraña espiritual y perenne de un pueblo: su paisaje y su naturaleza, sus estaciones y su luz, la nostalgia de la infancia perdida y la celebración del tiempo perdido que aja a las cosas y las personas.

No es posible devaluar ‒y menos aún despreciar‒ la poesía cuando se pretende mantener sana el alma de un grupo humano.

 

[Detalle del paisaje de Isaak Levitan que decora el libro de Poemas de Iván Bunin, recientemente publicado en edición bilingüe ruso-español. Debajo, retrato del literato ruso.]


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EL RETORNO DE LA HISTORIA

En épocas de crisis de identidad social, la renovación suele seguir tres caminos del todo diferentes entre sí. El primero consiste en huir del presente peregrinando hacia paraísos exóticos. Pensadores, ideas y costumbres de lugares lejanos se convierten en el modelo para cambiar la realidad y orientar la existencia. Da igual si lo exótico proviene del Norte o del Este, porque la intención es tomar la máxima distancia posible de las propias raíces para de ese modo cuestionarlas primero y eliminarlas después.

El segundo camino fija la mirada exclusivamente en el futuro, y consiste en vivir como si ya existiera. Los problemas concretos, a menudo resistentes y muchas veces irresolubles, son superados a través de utopías que, por supuesto, están a punto de hacerse reales. Basta pensar algo distinto y nuevo, por pueril que pueda ser, para que de inmediato las cosas cambien. Más aún, toda fantasía que nazca de buenas y altruistas intenciones provocará de forma automática en la sociedad los efectos deseados por el simple hecho de imponerla por ley.

El tercero y último de los caminos insiste en volver la vista hacia el pasado para identificar las soluciones que tuvieron éxito en tiempos de crisis. No se trata, ciertamente, de aplicar sin más las recetas tradicionales, sino de descubrir en la historia los elementos que permitieron avanzar más libre, fraterna y solidariamente a las personas de una determinada época.

La convicción de fondo en la que se apoya esta propuesta es que la historia no avanza por saltos y rupturas, sino como un continuo. Al descubrir en ella los nexos que conectan unas épocas con otras, es posible identificar y aplicar las claves que mejoran el presente y ponen las bases para un futuro mejor humanamente. Eso sí, sabiendo que no será perfecto como lo es la exacta perfección de un mecanismo automatizado, sino simplemente bueno para el hombre concreto.

[Fotografía de Peter Brown, autor de El culto a los santos, donde se conecta la Antigüedad y sus valores con la nueva edad inaugurada por el cristianismo. Debajo, imagen de cubierta del libro La historia olvidada del cristianismo, de Philip Jenkins, recientemente publicado.]


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