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UN NARRADOR A LA ALTURA DE UNA HISTORIA ASOMBROSA

 

Muchos han sido los que han tratado de contar la vida de Jesús de Nazaret; infinitas las perspectivas y muy diversas las ópticas. Tal vez por esta razón sea tan difícil recomendar un libro que concite un mínimo de consenso sobre este controvertido personaje.

A pesar de todo, desde hace dos milenios no han dejado de leerse los cuatro relatos biográficos sobre Jesús que recoge la Biblia. También hoy los seguidores de este galileo universal se reúnen cada domingo para escuchar en sus asambleas litúrgicas algún pasaje seleccionado, que este nuevo año corresponde al evangelio de Lucas.

Según la tradición, Lucas es el tercero de los evangelistas, al que anteceden Mateo y Marcos, y le sigue Juan. La tradición asegura que fue colaborador del apóstol Pablo en la ciudad de Colosas (actual Turquía), y da a entender que era médico. Lo cierto es que, al margen de su identidad y su profesión, Lucas ha pasado a la posteridad como un extraordinario narrador.

Tener la posibilidad de escuchar hoy, casi dos mil años después de ser escrito, el relato lucano de la historia de Jesús es prueba evidente de que la verdadera literatura no tiene edad. Pero si además las páginas que se proclaman tienen la pretensión de exponer con orden y rigor acontecimientos de carácter salvífico, nadie que se acerque a ellas permanecerá indiferente. A no ser que con premeditación se fuerce a rechazar esa parte de sí mismo que se resiste a desaparecer.

 

[Imagen de cubierta del libro de Bruce LongeneckerLas cartas perdidas de Pérgamo, novela en la que Lucas es protagonista. Debajo, François Bovon, uno de los grandes comentaristas de El evangelio de Lucas.]


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LA TRAMPA MORTAL DE LA SOCIEDAD TRANSPARENTE

En el Occidente más desarrollado, todo parece invitar a la transparencia. Los dispositivos electrónicos, las pantallas y los teclados, las nuevas formas de comunicación y de relación empujan a los individuos a convertirse en fuentes permanentes de noticias. De hecho, no pocas personas dedican gran parte del día a saber de la vida de los otros y a mostrar la suya sin prácticamente límite alguno, salvo el que determina la ley.

En semejante contexto, el pudor se considera una penosa lacra del pasado que debe desterrarse a toda costa, pues impide que cada uno pueda ser él mismo y tome las decisiones que considere más oportunas sobre su modo de vivir, de vestir, de sentir, de divertirse, de creer o no creer en algo. Y es que ‒se piensa‒ nada ataca tanto a la espontaneidad como el pudor.

Pero ¿y si el pudor nada tuviera que ver con los usos y las costumbres, es decir, con las normas morales, y fuera más bien la última barrera que protege la propia libertad? ¿Y si se tratara en realidad de un misterioso «mecanismo antropológico» que sirve para contener y modular las propias emociones, para expresarlas y exteriorizarlas de un modo que no cause daño a uno mismo y al otro? En ese horizonte de comprensión, el pudor se convierte en la forma más delicada de respeto hacia el prójimo y en salvaguarda de la unicidad, peculiaridad e irrepetibilidad de cada individuo.

Una sociedad que no protege con sus leyes la intimidad de sus ciudadanos ‒y especialmente de sus adolescentes y jóvenes‒ estará favoreciendo consciente o inconscientemente la instrumentalización y manipulación de sus miembros por aquellos que controlan la información y el dinero. En este sentido, jamás como hoy el pudor se ha convertido en esa alarma que avisa al ser humano de la necesidad de proteger su conciencia contra toda transparencia despersonalizante.

[Imagen que decora la portada del libro El pudor. Un espacio de libertad, de la médico psiquiatra Monique Selz, recientemente publicado en Ediciones Sígueme. Debajo, fotografía de la autora.]


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LA MUJER Y LA TEOLOGÍA

 

El 20 de septiembre pasado, la teóloga alemana recibió la noticia de la concesión del premio de teología 2018 que concede la Fundación vaticana Joseph Ratzinger - Benedicto XVI.

Experta en san Buenaventura, Marianne Schlosser es en la actualidad docente de teología espiritual en la Facultad católica de la Universidad de Viena. Asimismo, desde 2014 forma parte de la Comisión Teológica Internacional, responsabilidad para la que fue nombrada por el papa Francisco.

Este premio, considerado el «Nobel» de la teología, reconoce una rigurosa investigación teológica. Igualmente destaca el importante papel que en los últimos decenios están jugando las mujeres en la enseñanza crítica de la teología en el ámbito universitario.

Si ya Juan Pablo II hablaba en su carta apostólica Orientale lumen (1995) de la necesidad que tiene la Iglesia de respirar con los pulmones de Oriente y de Occidente, tanto más se necesita que hombres y mujeres piensen juntos la fe cristiana en la situación actual.

 

[Fotografía de Marianne Schlosser, autora de Teología de la oración (Sígueme 2018), primer libro publicado en español de esta autora.]


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BIBLIA E INTERPRETACIÓN

 

En el viejo libro del Apocalipsis se describe al vidente observando un rollo escrito por el anverso y el reverso. Pero los numerosos sellos le impiden acceder al texto, del que solo algunas palabras se aprecian en las esquinas.

La escena le recuerda al intérprete que primero ha de conocer la técnica para abrir el libro lacrado sin alterar su contenido. Seguidamente tendrá que desenrollarlo con delicadeza, pues el respeto amoroso al mensaje es el único medio para que el texto desvele su verdadero sentido.

Una vez desplegado el rollo, el vidente lo acerca a su boca y comienza a masticarlo sin prisas. Necesita comprobar su consistencia, su estructura, su sabor, la composición mineral que determina su originalidad y unicidad.

El lector se sorprende de la dulzura que inunda su boca y sacia.

De pronto, un creciente amargor invade sus entrañas. Comprende, inquieto, que el libro resulta difícil de asimilar. El desagrado que experimenta testimonia la distancia insalvable que existe entre el mensaje y el oyente, entre la verdad divina y su encarnación concreta en el individuo que se esfuerza por hacerla suya cada día de su existencia.

 

[Imagen de un antiguo grabado que representa a Orígenes de Alejandría en su escritorio. Debajo, Peter W. Martens, autor de Orígenes y la Escritura. Vocación exegética y hermenéutica bíblica, obra publicada recientemente por Ediciones Sígueme.]


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A VUELTAS CON UN TEMA RESISTENTE

 

El mal es una de las cuestiones más desconcertantes para el hombre contemporáneo. Incluso puede que sea la primera que por todos los medios trata de esclarecer para pacificar su espíritu e intentar construir el mundo a su imagen y semejanza. Sueña, de hecho, que si resolviera con suficiente acierto el dilema del mal, podría mirar el futuro pacíficamente.

Y sin embargo, da la impresión de que el mal no es domesticable. A lo sumo, la cultura dominante da por perdida la batalla de pensarlo con sentido y gasta sus energías en paliar los efectos indeseados que provoca.

En un tiempo de grandes avances científicos y técnicos, ¿puede el hombre moderno ignorarlo? ¿Tendrá acaso que conformarse con inscribirlo en ese dudoso censo de temas inconcebibles que convendría evitar lo más posible?

Si la filosofía y la teología desean mantener aún su estatuto científico y aportar con rigor una respuesta propia a este interrogante humano, habrán de esforzarse por esclarecerlo sin falsear la realidad concreta, terrena, histórica.

 

[Fotografía de Ingolf U. Dalferth, filósofo y teólogo alemán que aborda esta cuestión en su obra El mal. Ensayo acerca del modo de pensar desde la cultura lo inconcebible, recientemente publicada en Ediciones Sígueme.]


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EL CUADRADO NEGRO

El año 1915, en la antesala de la revolución, Kazimir Malévich cambió el signo de la pintura rusa con su enigmático «Cuadrado negro». Aquel lienzo, desnudo de toda forma, fue visto por la crítica especializada como símbolo de la destrucción de la cultura tradicional y original código de interpretación de la realidad.

Ha pasado un siglo y el «Cuadrado negro» sigue haciendo correr ríos de tinta entre los teóricos del arte, hasta el punto de que algunos consideran que se trata de la más exitosa recuperación del movimiento iconoclasta, en el que Dios es el absolutamente desconocido, el por completo incognoscible, de modo que sólo la teología negativa y apofática permiten rozar los umbrales de su conocimiento.

En todo caso, ni tan siquiera Malévich logró avanzar creativamente a partir de su peculiar agujero negro que todo lo absorbe. De hecho, y según la lógica de este nuevo y radical big bang, en vez de comenzar una historia estética los seguidores son arrastrados a una pre-historia oscura de la Materia que se concentra cada vez más en sí misma, eternamente.

Contra esta destructiva propuesta, el genial pensador Pável Florenski defendió la interpretación contraria. Según él, los iconos y el «Cuadrado negro» representan dos caminos antagónicos para acceder y comprender a Dios.

Y es justamente aquí donde se plantea la cuestión decisiva del arte del futuro: mientras que el «Cuadrado negro» representa el límite más allá del cual toda vanguardia se agota en la nada, los verdaderos iconos funcionan como escaleras tendidas a lo alto con la esperanza de traspasar los límites y adentrarse en ese camino que lleva al hombre desde la mera imagen a la plena semejanza con su Creador.

[«Cuadrado negro», 1915, considerada por Florenski como expresión del anti-icono. Debajo, «Rostro del Salvador», de Andréi Rubliov, icono que decora el interior de El iconostasio, obra de Pável Florenski recientemente reeditada en Ediciones Sígueme.]


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ÉRASE QUE SE ERA

Un panal hecho de historias que tejen las abejas. Porque quienes son como ellas ‒las personas anónimas, sin especial relieve ni significación‒ suelen ser los verdaderos protagonistas de la historia.

Un panal que reúne en su interior, en perfecto orden, la materia transformada proveniente del mundo exterior. En sus celdillas, como en cofres de tesoros, reposa la esencia de aquello que a menudo se desprecia por ser cotidiano: la dorada luz del sol, el polvillo de infinitas flores desconocidas, los aceites humildes de las innumerables aromáticas…

Como en los primeros días de la creación, la saliva de las abejas amasa lo disperso para entregárselo a la comunidad como un don. Puede que por ello las abejas sean vistas en las diferentes culturas como mensajeras de un más allá dichoso, como microanuncios de lo que merece de verdad la pena, como infatigables trabajadoras que suman su gota de miel al proyecto común de la colmena.

En una sociedad tecnificada, que distancia a las personas de todo aquello que es real y concreto interponiendo dispositivos y pantallas, que convierte el mundo en algo meramente artificial y binario, un libro de cuentos logra a veces el milagro de remover las escamas de los ojos y de abrir ventanas a imaginar, encarnada, la propia existencia.

[Detalle de un panal, una de cuyas celdillas decora la portada del libro de Pierre-Olivier Bannwarth,Cuentos de la colmena. La hermandad de las abejas, recientemente publicado en Ediciones Sígueme.]


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RELECTURAS

 

Hay ocasiones en las que el lector regresa a un libro que dejó en él una profunda huella. Otras, en las que retorna al texto que le permitió afrontar circunstancias adversas que, por desgracia, se hacen presentes de nuevo en su vida. Sueña con que aquello que le abrió nuevos horizontes, movilizó energías no imaginadas o le liberó de miedos paralizadores, vuelva a producir los efectos de entonces.

Algunas pocas veces, sin embargo, se relee un libro por desazón, o lo que es lo mismo, por necesidad. El lector se ve forzado a retomar la obra que en su momento no logró comprender del todo. Si es sincero consigo mismo, terminará por reconocer que fue incapaz de descubrir la luz que el libro encerraba en sus páginas. Y también que se hizo la promesa de volver algún día a abrir aquellas páginas para desenterrar al fin el tesoro.

Ese tipo de libros son impagables. Títulos que superan al lector, que le retan a no conformarse con la superficialidad de lo ya sabido, que le exigen dar lo mejor de sí. Son los libros con mayúscula.

Si estos desaparecieran, solo subsistiría la industria. Con sus autores, sus críticos, sus ejecutivos, sus publicistas. Una industria en nada diferente a muchas otras cuyo único objetivo es el lucro.

 

[Fotografía de Daniel Faria, genial poeta portugués que murió con apenas veintiocho años. Debajo, imagen que decora la portada de su segundo poemario, Hombres que son como lugares mal situados.]


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FERIAS

El buen tiempo marca el calendario de la salida de los libros a plazas y jardines.

Se ha convertido en costumbre que los consistorios municipales sumen a la programación anual de ferias la del libro. Esta práctica muestra, de manera metafórica, el lugar que ocupa el libro en la sociedad actual. Y es que en las últimas dos décadas el libro ha perdido paulatinamente importancia. De ser medio privilegiado para transmitir el saber, elevar el nivel cultural de la población y nutrir un ocio de calidad, ha pasado a convertirse en una excelente excusa para el entretenimiento popular. Así, en las ferias principales no pueden faltar los personajes famosos que acaban de publicar un libro, las actuaciones musicales y de títeres para los más pequeños, las conferencias y actos publicitarios, y por supuesto la amplitud y variedad de servicios propios de los parques temáticos.

Con todo, el lector inquieto siempre es capaz de descubrir libros inencontrables. Y ello a pesar de que el mercado, en manos de los grandes grupos editoriales, se esfuerza por homogeneizar los gustos de la sociedad a través del control de los medios de promoción y publicidad, de la ocupación del espacio en las librerías y de la determinación de los contenidos, autores y géneros escogidos para la temporada.

Sin darse por vencidas, muchas editoriales empiezan a asumir que la feria del libro es para ellas un ámbito de resistencia contra la tiranía de las modas; más aún, un territorio donde obrar el milagro de que el gran público ojee sus obras y que el lector independiente adquiera esos títulos que son capaces de arañar el pensamiento único.

[Caseta 130 de Ediciones Sígueme en la Feria de Madrid, que tendrá lugar del 25 de mayo al 10 de junio en el Parque del Retiro. Cubierta de El pudor, una de las novedades que se ofrecen este año.]


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LA MEMORIA DE LOS SANTOS Y EL HISTORIADOR

Adentrarse en la Europa de la Antigüedad tardía se asemeja a la extraña sensación al contemplar la propia imagen en un espejo empañado: muchos de los rasgos resultan familiares, pero otros aparecen deformados por las diminutas gotas de vapor.

Los historiadores que como Brown han estudiado los siglos IV y V no dejan de sorprenderse del parecido con el final del siglo XX y el inicio del XXI. Entonces y ahora se es testigo de un imparable cambio del imaginario social, caracterizado por el conflicto de lógicas antagónicas en la cultura, la política, la economía y la religiosidad.

Si en el declive de la Antigüedad pagana el cristianismo provocó la sustitución de muchos usos y costumbres ‒la mayoría de los cuales no desaparecieron, sino que se transformaron‒, hoy los valores centrales de la cristiandad están experimentando una profunda metamorfosis que se abre paso a tientas, si no a codazos.

Cuando a finales del siglo pasado Peter Brown decidió investigar y publicar El culto a los santos, desconocía la acogida que se dispensaría a su ensayo, que en el fondo versa sobre «la conexión que existe entre el cielo y la tierra», y el papel paradigmático que desempeñaban los difuntos en aquella sociedad.

Hoy, el imaginario emergente puede dar la impresión de circunscribirse, por influjo de las ciencias y de la realidad virtual, a lo tangible y terrenal. Incluso puede extenderse la opinión de que en manos de la técnica se encuentran todas las soluciones a los problemas de los humanos. Y sin embargo, resurgen por doquier no pocos intentos de alcanzar otra esfera, una especie de gloria que desborde la materialidad opresora que imponen esos pocos que de verdad lo dirigen todo.

¿Acaso algo tan tradicional como el culto a los santos ‒al menos por analogía‒ puede abrir espacios de liberación a individuos y grupos que jamás moverán los hilos de este mundo?

[Imagen paleocristiana de los apóstoles Pedro y Pablo que se ha usado para la cubierta del libro El culto a los santos. Debajo, fotografía del autor, el historiador irlandés Peter Brown.]


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