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SILENCIO NUPCIAL

 

La crisis espiritual del hombre contemporáneo tiene una de sus raíces en el silencio de Dios.

Algunos poetas han levantado acta de esta experiencia traumática con enorme lucidez: «Aunque elevamos nuestros salmos / ninguna voz responde desde el cielo… / nuestra oración parece perdida en los caminos del desierto».

Estos versos de Gerard Hopkins tienen el acierto de expresar aquello que tantas personas sienten cuando rezan, y que a menudo suele dar paso al temor de quedar decepcionadas, incluso avergonzadas, para finalmente desembocar en el escepticismo o, lo que es peor, en el cinismo.

Pero si ninguna voz contesta, si el silencio seca todo anhelo, ¿merece la pena intentar una vez más rezar? ¿Acaso no habrá que cambiar la forma que tenemos de orar y comenzar nuestra plegaria implorando humildemente: «Señor, no permitas que quede defraudado»?

Nadie hoy es capaz de eliminar o acortar este silencio. Y en verdad ningún dios vendrá a salvarnos. La única oración posible pasa por que sea humana, y nada más que humana. Porque si no nos hace más humanos, más confiados, más auténticos, no es verdadera oración.

Quizá por ello, la sola palabra con capacidad de salvarnos sea la que ya ha tomado carne. No aquella que por diez veces fue escrita en la piedra, sino «la piedra [angular] misma por donde corre la sangre… / El verbo de donde mana la palabra incesante» (Daniel Faria) a la que acercar la boca y beber, los labios y sellar una alianza nupcial.

 

[Imagen de José María de la Torre, que decora el libro Díselo a Dios, de Luigi Gioia. Fotografía de Daniel Faria, autor del poemario De los líquidos. Ambos libros editados en Ediciones Sígueme.]


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LA MAGIA DE LO INESPERADO

 

Los libros salen a la calle. Abandonan las librerías y decoran avenidas, plazas y jardines.

Desde hace décadas, estas ferias populares se han convertido en una excelente excusa para que los lectores conozcan las útimas novedades editoriales y hasta puedan saludar a los autores (y famosos) que se hacen presentes.

Pero las modas cambian los gustos. Aquello que antes resultaba atractivo, hoy pasa a segundo plano. Gracias a los medios de comunicación de masas y a la publicidad, la mayoría de los visitantes tienen decididos los títulos que van a comprar, de modo que su interés ya no consiste en buscar entre las mesas un libro inesperado, sino en elegir la caseta donde adquirir el título que está en boca de todos. Una extraña globalización ha uniformado los gustos y homogeneizado las compras.

Cada año es más complicado estar al tanto de las novedades publicadas y de las variadísimas temáticas y editoriales que existen. Por ese motivo, una feria permitía ponerse al día y al mismo tiempo descubrir obras que ensancharan los propios intereses.

Al revisar los volúmenes de variado formato, al tomar algunos entre las manos y echar un vistazo a su interior, al detenerse en algún párrafo, el lector experimentaba que aquel libro lo había elegido a él. Asistía así al milagro humilde de dejarse sorprender por lo inesperado. Un tema, un autor o incluso una portada desconocida suscitaban en el lector la sensación del pionero que se adentra en territorios desconocidos, con la promesa de un diálogo fecundo (aunque no siempre pacífico) que lleva más allá.

En una sociedad donde el gusto de la mayoría se impone, los libros se terminan volviendo iguales, hasta el punto de mantener al lector seguro y satisfecho tras los muros de lo conocido.

Y sin embargo, no pocas veces un libro inesperado se ha convertido en puerta que abre a horizontes nuevos donde llenar de oxígeno la mente y el corazón.

 

[Siluetas que aparecen en la portada del libro de Stefano GuarinelliEntre marido y mujer, y que decoran la caseta de Ediciones Sígueme durante esta temporada de ferias.]


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UNA HISTORIA DE LA FILOSOFÍA

O mejor, una historia del espíritu, una historia de los hombres «espirituales», que han ascendido a las altas cumbres para otear los misterios escondidos en el cosmos, en Dios y en el mismo ser humano.

Desde esta perspectiva, recorrer la historia de la filosofía no consiste en otra cosa que en nombrar a los mejores filósofos; aunque no desde criterios cuantitativos, como hacen las ciencias, que se basan en la exhaustividad de los datos, en la estadística y en los procedimientos y rutinas para alcanzar, en definitiva, fines técnicos, pragmáticos y económicos. Y si bien es verdad que la vida es muchas de estas cosas, no son las únicas que explican y dan sentido a la existencia en esta tierra.

Ahora bien, cuando en los tiempos que corren la frontera de lo material comienza a difuminarse, uno sólo puede tomar dos caminos: desandar los pasos y regresar en busca de la seguridad conocida, o adentrarse en el territorio del misterio de lo real acompañado de quienes a lo largo de la historia se atrevieron a contemplarlo. Y entonces resulta determinante elegir bien a los compañeros de camino.

En ese momento, ¿acaso alguien sensato podrá prescindir de Sócrates, Descartes o Kant? ¿Será capaz de ignorar a Epicuro, Anselmo o Schelling? ¿Considerará inútil lo que confesaron Agustín y Pascal, Leibniz y Main de Biran, Kierkegaad o Levinas?

Navegar por la vida sin el astrolabio de la razón y las cartas náuticas de quienes regresaron con éxito de alguno de aquellos extraordinarios viajes resulta una temeridad. O peor incluso, una triste ingenuidad.

[Imagen que decora la colección Hermeneia-Filosofía de Ediciones Sígueme. Fotografía de Miguel García-Baró, autor de Kant y herederos, última entrega de esta particular historia de la filosofía.]


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CASI SIEMPRE EN PRIMAVERA

 

Una semana al año, los cristianos recuerdan la pasión, muerte y resurrección de Jesús de Nazaret. Y lo hacen, en la mayoría de los casos, de forma discreta, casi íntima.

Por su naturaleza, poco tienen que ver estas celebraciones de los seguidores de Jesús con esas otras multitudinarias que se organizan y promueven en la sociedad de hoy.

Para un observador atento y sin especiales prejuicios, las principales solemnidades cristianas terminan siendo demasiado austeras, excesivamente ordenadas, incluso aburridas.

Por el contrario, ese mismo observador constata, sin apenas esfuerzo, el bullicio, la desinhibición, la alegría espontánea y el apasionamiento extático que experimenta la multitud cuando asiste, por ejemplo, a un macroconcierto, a un evento deportivo importante o a una manifestación que desfila festivamente por las calles mientras reclama derechos.

Pero ¿podrían celebrar así los seguidores de Jesús la muerte ignominiosa que sufrió su líder hace dos milenios? ¿O más bien necesitan esforzarse cada año para crear las condiciones de posibilidad que permitan celebrar dicho misterio? Un misterio, no obstante, que invita a quienes participan a adentrarse en el inexplorado territorio donde cada uno puede atisbar esa extraña victoria sobre su muerte.

En un territorio tan extraordinario, la celebración habrá de seguir sin otras reglas. Reglas transfiguradas.

[Detalle de la imagen que decora la cubierta del libro de Olivier ClémentLa alegría de la resurrección. Debajo, fotografía de Nikolái Berdiáiev, autor de Contra la indignidad de los cristianos, que apareció en marzo de este año 2019.]


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A MENUDO LA REALIDAD SUPERA LA FICCIÓN

 

Cualquier historiador o novelista que se precie, y si además se ocupa de la Antigüedad, terminará por escribir sobre la sorprendente llegada a Roma de las extrañas creencias galileas en el siglo I. Cuenta Tácito que «aquellas supersticiones eran dañinas no solo por haber irrumpido en la tierra de los judíos, origen de dicho mal, sino también por haber alcanzado la Urbe, donde confluyen y se acogen las prácticas más deleznables y vergonzosas venidas de todas partes del mundo» (Anales XV, 44, 2).

Es cierto que Galilea no era un lugar tan aislado como podría suponerse; de hecho, por sus tierras atravesaba la famosa Vía Maris, que desde la Antigüedad unía Egipto con Mesopotamia. Es cierto también que sus habitantes comerciaban tradicionalmente con la rica Fenicia, y que las poblaciones junto al pequeño lago de Genesaret florecían gracias a la industria y al intercambio. Pero que el nombre y las ideas de uno de sus habitantes anónimos corrieran de boca en boca incluso en Roma, apenas transcurridos unos pocos años de su muerte ignominiosa, era ciertamente un misterio.

Además, que hubiera ya ciudadanos romanos que, sin dejar de ser fervientes judíos, aceptaran llevar cadenas por ser sus seguidores y no tuvieran miedo de perder la vida por urgir a sus compatriotas a reconocerlo como un dios, acrecienta el misterio.

Uno de aquellos celosos incondicionales, de nombre latino Paulo, apeló al César durante un juicio en Cesarea, de modo que el procurador no tuvo más remedio que enviarlo preso a Roma. Allí empieza esta historia.

Pero el viaje que un día comenzó en Galilea no tiene ahí su final.

 

[Detalle de la imagen de portada del libro de Gerd TheissenEl abogado de Pablo, recientemente publicado en Ediciones Sígueme. Debajo, crismón que decora la cubierta de su exitosa novela La sombra del Galileo.]


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DIÁLOGOS DE PASIÓN

Durante cuarenta días los cristianos se preparan cada año para celebrar la gran fiesta de su fe.

Durante tan singular cuarentena son numerosas y variadas las manifestaciones culturales que han surgido a lo largo de la historia, y que tienen como motivo de inspiración los últimos días de la vida de Jesús de Nazaret.

Hay lugares en que aquellos acontecimientos se rememoran sobriamente en el interior de los templos; otros, en que se escenifican al aire libre gracias a la colaboración de actores anónimos que dan voz a textos medievales y modernos; otros más, en que los cortejos procesionales recorren calles y plazas movidos por la música, el silencio y el fervor suscitado por las imágenes.

Pero si algo tienen en común las jornadas cuaresmales es que recuerdan a creyentes y personas de buena voluntad que el sentido de la existencia jamás se descubre en la soledad individualista, sino en el diálogo que surge misterioso cuando se acompaña a aquel que hace dos mil años fue llevado hasta el Gólgota para sufrir la muerte de los indefensos.

Un diálogo que cada año, en las puertas de la primavera, retorna para que el hombre no olvide lo verdaderamente esencial de esta vida.

[Detalle de la cubierta de Diálogos de Pasión, obra que acaba de ver la luz, en edición aumentada, en Ediciones Sígueme. Debajo, fotografía de José Luis Martín Descalzo, su autor.]


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MERTON

 

La figura del escritor y activista Thomas Merton se encuentra revestida de un aura de romanticismo.

Nacido a comienzos del siglo XX de madre estadounidense y padre neozelandés, formado en las universidades de Cambridge y Columbia en Nueva York, considerado un referente por su sensibilidad estética y cosmopolitismo, Merton ganó justa fama por su compromiso con las causas importantes del hombre contemporáneo.

Para este poeta, el hogar es el mundo. Y más si cabe desde que ingresó en el monasterio trapense de Getsemaní (Kentucky) en 1941.

Aquellos años de noviciado, que desembocaron en su ordenación sacerdotal en 1949, estuvieron marcados por los desastres de la Segunda Guerra Mundial y su estela de violencia, odio y deshumanización.

Nada, ni el mundo ni las personas, volverían a ser lo mismo. La interioridad y el pacifismo ‒hasta cierto punto ingenuos‒, la universalidad y la concordia ‒quizá demasiado idealizadas‒, dejaron en Merton una huella indeleble.

Hoy nada es igual. Pero tampoco el futuro puede construirse desde la dictadura de lo tangible. Y menos aún sin verdadera espiritualidad.

[Fotografía de Thomas Merton con el hábito de monje trapense. Debajo, detalle de la cubierta de su libro Curso de mística cristiana en trece lecciones, recientemente publicado en Ediciones Sígueme.]


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EL PRIMER LIBRO DEL AÑO

El nuevo año se abre en Ediciones Sígueme con la publicación del libro La fenomenicidad de Dios, del reconocido teólogo y filósofo Jean-Yves Lacoste.

A lo largo de nueve ensayos, el pensador francés aborda cuestiones de suma trascendencia para el futuro de la sociedad y de la Iglesia. Mientras que en el mundo parecen dominar las ofertas de paraísos virtuales (en un canto del cisne de ideologías materialistas que aseguran que el futuro será mejor), la búsqueda de la verdad lucha trabajosamente por huir de las simplificaciones indoloras que imponen las modas.

En estos nuevos trabajos filosóficos de Hércules, el lector se topa a menudo con el pensamiento de Kierkegaard, que proféticamente se opone a Heidegger y sus entes apresados en el espacio y el tiempo.

Y puesto que el objetivo último de todo pensar es pensar bien, nadie tiene derecho a excluir a Dios de este esfuerzo, a no ser que en realidad tema traspasar esa frontera antiquísima que introduce en el territorio de lo sagrado, donde mirar cara a cara al misterio supone arriesgarse a ser reducido a cenizas.

Pocos son hoy capaces de incorporar categorías nuevas al pensar filosófico. En este sentido, uno de los méritos de Lacoste consiste en tomar en serio la liturgia, que nada tiene que ver con el happening o con la arqueología, sino con ese ámbito comunitario en el que tiempo y espacio quedan en suspenso para anticipar en el presente la definitiva resurrección de la carne.

[Paisaje de José María de la Torre. Debajo, cabeza de hombre de Leonardo Da Vinci, logotipo de la colección Hermeneia, donde Jean-Yves Lacoste ha publicado Experiencia y absoluto La fenomenicidad de Dios.]


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ANHELOS DE PLENITUD

 

Termina un año y comienza otro nuevo.

Durante algunos días flotará en el ambiente el nerviosismo que rodea a todo estreno, tan parecido al que se experimenta cuando se está a punto de abrir un regalo.

Y es que el inicio del año nuevo suscita un irrefrenable deseo de paz y felicidad en el interior de los hombres.

Frente a la monotonía casi mecánica de la existencia, el nuevo año recuerda que el futuro no está determinado y que el caos no tiene la última palabra.

Asimismo, frente a la tentación de abandonarse en la fantasía de lo imposible y de imaginar virtualmente mundos que no existen, el nuevo año llama a asumir el realismo de lo posible y a construir aquí y ahora el mejor de los mundos junto con quienes viven este momento de la historia.

 

[Imagen de santo copto que aparece en la portada de Santoral, de Jorge Sans Vila. Debajo, detalle de la cubierta de Curso de mística cristiana en trece lecciones, de Thomas Merton, recientemente publicado por Ediciones Sígueme.]


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UN NARRADOR A LA ALTURA DE UNA HISTORIA ASOMBROSA

 

Muchos han sido los que han tratado de contar la vida de Jesús de Nazaret; infinitas las perspectivas y muy diversas las ópticas. Tal vez por esta razón sea tan difícil recomendar un libro que concite un mínimo de consenso sobre este controvertido personaje.

A pesar de todo, desde hace dos milenios no han dejado de leerse los cuatro relatos biográficos sobre Jesús que recoge la Biblia. También hoy los seguidores de este galileo universal se reúnen cada domingo para escuchar en sus asambleas litúrgicas algún pasaje seleccionado, que este nuevo año corresponde al evangelio de Lucas.

Según la tradición, Lucas es el tercero de los evangelistas, al que anteceden Mateo y Marcos, y le sigue Juan. La tradición asegura que fue colaborador del apóstol Pablo en la ciudad de Colosas (actual Turquía), y da a entender que era médico. Lo cierto es que, al margen de su identidad y su profesión, Lucas ha pasado a la posteridad como un extraordinario narrador.

Tener la posibilidad de escuchar hoy, casi dos mil años después de ser escrito, el relato lucano de la historia de Jesús es prueba evidente de que la verdadera literatura no tiene edad. Pero si además las páginas que se proclaman tienen la pretensión de exponer con orden y rigor acontecimientos de carácter salvífico, nadie que se acerque a ellas permanecerá indiferente. A no ser que con premeditación se fuerce a rechazar esa parte de sí mismo que se resiste a desaparecer.

 

[Imagen de cubierta del libro de Bruce LongeneckerLas cartas perdidas de Pérgamo, novela en la que Lucas es protagonista. Debajo, François Bovon, uno de los grandes comentaristas de El evangelio de Lucas.]


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