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JESÚS

 

Es la apuesta por lo concreto, lo real, lo verdadero. Y, en consecuencia, por lo perenne, en un mundo donde todo parece fluir sin solución de continuidad, en una invitación a dejarse llevar sin oponer resistencia.

No obstante, convendría recordar que la conocidísima descripción del imaginario del gran filósofo Heráclito jamás tuvo auténtico éxito. Aquel constante fluir de las cosas en el tiempo y del tiempo repetido en las cosas nunca pasó de ser una pose, una forma poética de concebir la realidad. Y es que, en el fondo, todo hombre reclama permanencia, en al menos algo, para ser. Quizá lo que pueda discutirse es la cantidad de ese «algo», pero no la necesaria estabilidad para impedir que todo termine deshaciéndose y pierda su valor.

En este sentido, el cristianismo ofrece una solución genial. Y, de hecho, Occidente ha podido profundizar durante siglos ‒y ha podido admirarse‒ de la misteriosa paradoja que supone un Dios hecho carne; un Dios que ha asumido la condición humana hasta el fondo, sin avergonzarse de compartir el mismo destino que los perdedores de la historia.

Por eso asombra en cada generación, sin excepciones, que este Jesús no pase de moda y ofrezca siempre razones humanas para esperar, confiar y amar.

Con mayor o menor acierto, a esto se dedica la cristología, una ciencia muy próxima a la metafísica del Ser con mayúsculas.

 

[Portada del libro El Hijo se hizo carne, reciente obra del cristólogo Gabino Uríbarri. Debajo, fotografía de Heike Springhart, autora de El hombre vulnerable, recientemente publicado.]


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TEXTO Y AUTORÍA

Una especie de mantra, que no se puede cuestionar ni criticar, se ha ido imponiendo en la sociedad: los textos, porque pertenecen a sus autores, solo ellos tienen derecho a cambiarlos. Y la ley debe proteger este derecho frente a cualquier uso abusivo por parte de terceros.

Sin embargo, esta peculiar forma de entender la autoría no deja de ser algo reciente, que se apoya en el pretendido respeto al individuo que presuntamente crea de la nada. Bien es cierto que, en la mayoría de los casos, se suele aplicar a los textos que generan suficiente beneficio económico.

No obstante, la tradición secular se ha guiado por otra lógica. Considera, humilde y realistamente, que los avances en el conocimiento y en la creación estética y de las ideas son colectivos, hasta el punto de que cada generación camina a hombros de sus antepasados. A este respecto, resulta ilustrativa una frase de quien transmitió buena parte de los tesoros de la cultura de Oriente a Occidente en el siglo IV. Aquel gran sabio llamado Gregorio Magno, refiriéndose a la Biblia, aseguraba que un texto «crece con quien lo lee» (Moralia in Job XX, 1).

Esta verdad constituye una de las claves de toda hermenéutica, pero también de la autoridad de los textos en los que se fundamenta la colectividad humana. Los textos más valiosos no son, pues, creaciones exclusivas de un individuo, sino de una comunidad que los recibe y profundiza su sentido a través de infinitas relecturas. Es en dicha repetición celebrativa cuando los textos logran transformar a la comunidad lectora y protegerla de futuros distópicos.

Según el razonamiento de Gregorio, respetar un texto esencial no es conservarlo en su ipsissima pureza original, sino mantenerlo vivo para que despliegue su riqueza al confrontarse con la realidad y, de ese modo, ayude a mejorar la sociedad. Texto y realidad se fecundan mutuamente, sin permitir que se imponga el idealismo o el materialismo que terminan empobreciendo y esclavizando a la inmensa mayoría.

Solo la proclamación y la escucha comunitaria de lo escrito permite conocer y probar su verdadero valor. Y solo a través de esa prueba algunos textos excepcionales llegan a convertirse en Escritura.

[Portada del libro La transmisión textual del Nuevo Testamento, obra de Juan Chapa que acaba de ver la luz. Debajo, fotografía de Erri De Luca y portada de su nuevo libro, Hueso de aceituna.]


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LA IMPORTANCIA DE LA HISTORIA

 

Al menos desde Homero, se sabe que los seres humanos son fabuladores. No solo dedican una parte importante de sus días a hablar, sino que elaboran sin descanso relatos para intentar explicarse a sí mismos y los acontecimientos que determinan su existencia.

Tal vez porque la tradición atribuye a Homero la ceguera, el quehacer histórico ha tenido siempre el peligro de instrumentalizar la memoria colectiva y de reducirla a pensamiento único por medio de construcciones narrativas que tratan de imponer a la mayoría una interpretación canónica –e interesada– de los hechos del pasado.

Para protegerse de este peligro, es necesario en todo momento esforzarse por salvaguardar la verdad y la objetividad de la investigación histórica, y de manera especial en el tiempo presente. Una correcta y rigurosa indagación sobre los hechos, que no olvida los antecedentes que los causaron ni las consecuencias que provocaron, aporta la perspectiva para entender el lugar propio de cada persona y reconocer su valor inviolable.

Una de las tareas más importantes que hoy es preciso llevar a cabo consiste en aproximarse a los acontecimientos pasados con el máximo respeto y honestidad. Por ello, es comprensible la necesidad inaplazable de ahondar en las fuentes y tradiciones históricas que conforman Occidente. Y entre ellas, al menos, la historia del antiguo Israel y del cristianismo, así como la de la Antigüedad clásica griega y romana. Es en estas raíces donde resulta posible descubrir, bajo la nueva luz que ofrece el tiempo presente, motivos de esperanza, de sentido y de humanidad. De hecho, conocer la historia no tiene que ver principalmente con la erudición, sino con que el mayor número posible de ciudadanos lleguen a ser más libres y respetuosos, más iguales y solidarios; y, en definitiva, más fraternos.

 

[Fotografía de Bernd Schipper, autor de Breve historia del antiguo Israel. Debajo, portadas de La historia olvidada del cristianismo, de Philip Jenkins, y de La templanza y la prudencia, de Miguel García-Baró.]


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LA IMPORTANCIA DE LA LITURGIA

Durante mucho tiempo la liturgia de las celebraciones cristianas ha sido tan familiar en la sociedad que ha terminado por morir de éxito.

De hecho, no existía acto de la vida pública que no contara con algún tipo de celebración religiosa. Baste citar a los políticos electos o a los cargos públicos de cualquier nivel, que tomaban posesión poniendo la mano sobre una biblia. O a los clubes deportivos, que cuando ganaban un título de prestigio lo ofrecían a la Virgen del lugar. O a las asociaciones profesionales y de entretenimiento, que el día de su fiesta programaban una misa solemne. Y eso, por no hablar de inauguraciones de curso, funerales de oficio o fiestas patronales.

Este éxito sociológico ha terminado ocultando, con su folklore y sus motivaciones, una buena parte de la esencia de la celebración cristiana.

Recuperar el sentido de las palabras y de los ritos, entender y cuidar el orden de la celebración y el modo adecuado de participar en ella, saber gustar personal y comunitariamente de sus frutos… son solo algunos de los retos urgentes que se imponen en los tiempos actuales.

Una adecuada introducción a la liturgia puede ayudar a que las celebraciones recuperen su objetividad y su vitalidad. De hecho, nada hay tan peligroso como inventarse el modo de confesar con otros la fe a partir de la moda que impera en la sociedad; y nada hay tan destructivo como repetir los ritos antiguos simplemente por serlo, ya que todo aquello que ha muerto no debe resucitarse si se busca ser fiel al espíritu de la vida, que progresa y se encarna en cada momento histórico.

Fidelidad no es, pues, la recuperación arqueológica de la liturgia pasada, pero tampoco la invención ocurrente de quien tiene el encargo de presidir (o de sus colaboradores) la celebración cristiana.

Sin celebrar no es posible vivir humanamente. Pero sin celebrar bien, los símbolos se desgastan, dejan de significar y se vuelven prescindibles.

[Cubierta de Introducción a la teología litúrgica, último libro de Alexander Schmemann publicado en Ediciones Sígueme. Debajo, cuatro libros sugerentes que iluminan esta cuestión: Experiencia y absoluto, de Jean-Yves LacosteLa belleza de la liturgia, de François Cassingena-TrévedyEl bautismo, en las fuentes de la vida nueva, de Maria Campatelli, y El culto a los santos, de Peter Brown.]


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ERRI DE LUCA Y LA BELLEZA

 

Existen dos tipos de escritores. Ambos ciertamente geniales cuando, rozando la perfección, son capaces de sintonizar con los deseos, miedos y esperanzas de las mujeres y los hombres de su generación.

Por una parte están aquellos que priman la forma sobre el contenido. De esta clase existe hoy un grupo numeroso; tal vez porque la genialidad formal tiene mucho de oficio, pero no requiere entregar el alma. En la mayoría de los casos, los valores que imperan en la sociedad les permiten alcanzar esa belleza sintáctica y esa originalidad retórica que casi siempre es recompensada por el público general.

Por otra parte, sin embargo, existen escritores que priman el compromiso ético sobre la forma. En no pocas ocasiones, la salvaguarda de la verdad complica su existencia, ya que su obra revela las más de las veces las incómodas contradicciones incluso en su propio modo de vivir.

De estos últimos, en incansable apertura al misterio de lo real, es Erri De Luca. Nada ni nadie le impone los temas, ninguna moda le condiciona la forma, ni el contenido, ni los personajes.

En los textos de Erri De Luca siempre hay sitio para el espacio en blanco, ese lugar mágico de la topografía de la obra escrita que el lector es invitado a rellenar con sus valores y donde se implica en la transformación más verdadera y bella de la existencia.

 

[Imágenes de la portada del último libro de Erri De Luca publicado en Ediciones Sígueme, y que lleva por título Hueso de aceituna. Debajo, fotografía del autor.]


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UN LIBRO PARA COMENZAR EL AÑO

 

Todo inicio reclama palabras verdaderas. Y el año que está comenzando las requiere por numerosos motivos.

Al abrir las páginas de un libro, el lector desea secretamente que las palabras que recorren sus ojos puedan iluminar la realidad que le envuelve. Pretende, sí, oxigenar su mente, pero también sueña con reforzar las convicciones que aportan sentido, seguridad y descanso ‒aunque sean mínimos‒ a su existencia.

Hace ya medio siglo que Elie Wiesel escribió Celebración jasídica. Con esta obra intentaba cumplir uno de los deberes que se había impuesto cuando perdió a casi toda su familia en los campos de concentración de Auschwitz y Buchenwald. Desde entonces se impuso recoger las historias que le había contado su abuelo materno para no separarse jamás de sus raíces.

Cada uno de los grandes maestros jasídicos que desfilan ante el lector aportan a la realidad la extraña luz que brota de la paradoja. De hecho, casi nada de lo verdadero es lo que parece. Además, siempre es posible contar de nuevo las historias que no solo protegen de los demonios que amenazan, sino que curan de las falsas seguridades y creencias que dicen asegurar la felicidad.

Baste una sola frase de este libro para acompañar los primeros días del nuevo año. «La oposición [o sea, las dificultades externas] estimulan, enriquecen y endurecen el pensamiento y el espíritu… Ella es la que impide las falsas huidas y, en alerta constante, llama a combatir cualquier debilidad, cualquier inclinación a la vulgaridad». Así pensaban los rabinos heterodoxos de la escuela de Pshiskhe cuando alboreaba el siglo XIX en tierras polacas.

Feliz año nuevo.

 

[Imagen que decora la cubierta de Celebración jasídica, publicado por Ediciones Sígueme en 2003. Debajo, fotografía de Elie Wiesel, autor también de Celebración profética y A corazón abierto.]


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DE FELICITACIONES NAVIDEÑAS

 

Las fiestas de la Navidad son desde hace al menos mil quinientos años un tiempo singular. El éxito paulatino del cristianismo generó un cambio de modelo cultural que condujo a la transformación de las antiguas fiestas de la luz y el exceso, en celebraciones caracterizadas por la sobriedad y la esperanza.

Sin duda, este cambio de paradigma democratizó aquellas fiestas, ya que recordaban que lo esencial y propio de los humanos, a pesar de la precariedad e insignificancia de la existencia de la mayoría, es la fraternidad.

Tan sorprendente afirmación, que hoy se da por descontada, supuso una revolución en la mentalidad de la época. Frente a la organización social basada en el poder de unos pocos que gozan de una posición de privilegio por su linaje o sus bienes, el nacimiento de un hombre corriente en Belén, considerado por algunos «hijo de Dios», aunque sin pretender imponerse sobre sus iguales, inaugura una nueva época a la que acompaña una nueva manera de ver el mundo, la sociedad y el hombre.

Hoy, cuando el desarrollo de la historia parecía avanzar en esta dirección democratizadora, han surgido en las sociedades modernas variados tipos de élites que imponen desde la política, la economía y la cultura el modo bueno de vivir. Estos grupos tienen como característica la exclusividad, hasta el punto de asemejarse a clubes de selectos cuyo derecho de admisión está restringido. La paradoja se completa cuando empieza a constatarse en las grandes potencias mundiales el surgimiento de una nueva aristocracia que, en la práctica, termina por verificar las terribles profecías de Platón en su República.

Recuperar y profundizar en la Navidad es devolver a los hombres y mujeres sin distinción la esperanza en un mundo más justo donde se respeta al prójimo y se ampara la libertad de cada persona. Un mundo cuyo valor supremo es el bien común y no la ideología que imponen los que dicen ser los mejores. Un mundo, en definitiva, de hermanos.

 

[La felicitación navideña de Ediciones Sígueme son tres libros que decoran esta entrada: Navidad y políticaBakhita y Amar hasta el final.]


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MARCOS, UNA JOYA LITERARIA OLVIDADA

El evangelio de Marcos es uno de los textos antiguos más geniales de la literatura universal. Sin embargo, su estudio apenas tiene consideración en las facultades de filología clásica. Tampoco ningún crítico literario de fama parece haber considerado necesario gastar ni un minuto de su tiempo en reseñar esta singular novela biográfica para la revista en la que colabora.

Lo más curioso del caso es que el relato de Marcos nunca ha dejado de reeditarse, casi siempre acompañado de otros escritos de la Antigüedad, con gran éxito de ventas.

Entonces, ¿por qué este olvido filológico y literario? Tal vez porque se trata de un escrito sagrado del cristianismo y se da por supuesto que ya tiene bastante reconocimiento y visibilidad entre sus devotos. No obstante, a nadie se le ocurre decir esto mismo de textos sagrados egipcios o sumerios, órficos o mitraicos, hinduistas, confucionistas, budistas, mandeos o sufíes, por señalar tan solo los más conocidos.

¿Y a qué se debe semejante indiferencia cultural? Quizá porque resulta demasiado familiar y está hasta tal punto arraigado en el imaginario colectivo de Occidente que se considera carente de interés para el común de los lectores, especialmente para las nuevas generaciones que se inician en las bellas letras.

Pues, con todo y con eso, el evangelio de Marcos es una obra maestra. Entre otras razones, porque inaugura un género literario; porque ha retratado a uno de los personajes más reconocidos de la historia y la literatura universales, muy por encima ‒por ejemplo‒ de Alejandro Magno o don Quijote; o porque ha conformado el imaginario de millones de personas e inspirado a miles de artistas en los últimos veinte siglos.

Aunque su verdadera genialidad es de otro orden. Pocos libros como él pueden presumir de haber sido leídos a diario, tanto en privado como en público, en algún rincón del mundo desde hace casi dos mil años. Prueba elocuente de ello es que durante el nuevo año litúrgico, que comenzó el último domingo de noviembre, los cristianos irán escuchando en sus celebraciones semanales prácticamente la totalidad de los seiscientos setenta y siete versos que componen esta genial epopeya. Y, de manera imperceptible, irán transformando sus vidas.

[Portadas de algunos libros publicados en Ediciones Sígueme que tienen como protagonista esta obra: El evangelio de Marcos como relatoEl camino del discípuloEl evangelio según Marcos y El evangelio según san Marcos.]


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EXCELENCIA

 

En algún momento de su desarrollo, la vida humana entra paradójicamente en crisis. Hasta entonces, parecía compartir con la vida vegetal y animal una misma estrategia para responder con éxito a los estímulos del medio ambiente, cuya ley suprema consiste en rehuir aquello que causa dolor y buscar lo que proporciona placer.

Esta lógica natural, en apariencia incuestionable, se ha revelado desde los inicios de la humanidad como el mayor de los peligros para su supervivencia. No en vano, si quieren subsistir, los humanos necesitan un cuidado atento y prolongado en la primera fase de su vida.

Esta dependencia, que está en el origen de la educación, se ha revelado exitosa ante todo en el seno de una familia. Es ahí donde los responsables del niño practican, sabiéndolo o no, la virtud de la templanza, que consiste en preocuparse de la supervivencia de la prole indefensa. Esta práctica nada tiene que ver con la lógica natural, puesto que desdice que sean el placer y el dolor los que condicionen las respuestas de los humanos a los estímulos ambientales.

Si esta nueva lógica se aplica no solo al ámbito familiar, sino también al social, la virtud que ejercita la preocupación por el otro indefenso es la prudencia. En este nuevo horizonte, templanza y prudencia conducen a la justicia, que es la antesala de la sabiduría y de la excelencia. Quien la adquiere, se protege en primer lugar de las reclamaciones del instinto biológico, que busca siempre imponer la propia voluntad sobre los otros más débiles, incluso a través de la violencia, y en segundo lugar, se libera del autoengaño de considerarse fin en sí mismo.

Ya los primeros filósofos griegos y los sabios de Israel reflexionaron desde sus fuentes sobre esta extrañeza que caracteriza a los humanos y sobre la necesidad de adiestrarse en la autodisciplina y en el discernimiento de los deseos, para situarse en el mundo de manera sensata y solidaria, razonable y justa, agradecida y sabia. En definitiva, auténticamente humana.

 

[Busto de Platón. Debajo, Miguel García-Baró y Claudia Mársico, autores del libro La templanza y la prudencia, sobre los diálogos platónicos Hipias Menor y Cármides, obra recientemente publicada en edición bilingüe.]


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LA HISTORIA DESCONOCIDA Y OLVIDADA

 

Uno de los grandes peligros de la sociedad digital es la pérdida de la memoria. Y como son las pantallas las que en buena medida intermedian la idea que se hacen las personas del mundo que habitan y del futuro que imaginan, el pasado pierde su relevancia.

No es extraño, pues, que el uso creciente de estas ventanas mágicas dé pie a situaciones casi humorísticas. Así, de tanto en tanto, algunos se presentan como los «descubridores» de teorías que se propusieron siglos atrás; otros defienden con inusitado ardor recetas «revolucionarias», sin saber que ya fueron ensayadas con un alto coste de vidas humanas; otros, incluso, se esfuerzan por alumbrar ocurrencias éticas y estéticas que, probadas en el pasado, terminaron reducidas a cenizas.

Y es que el desconocimiento de la historia conduce tristemente a callejones que no llevan a ninguna parte; o, si se quiere contemplar desde otra perspectiva, la falta de memoria impide ver que esta sociedad transita por una fase de brillante decadencia que anuncia el final de una época.

Conocer la historia de otras épocas y lugares tal vez pueda protegernos de hacer de todo una trágica y cómica «autobiografía», y de considerar la verdadera grandeza del ser humano desde la pobre altura a la que hemos sido capaces de elevarnos.

Ciertamente, quien olvida la historia corre el riego de repetir sus errores y, lo que es más penoso, de quedar satisfecho con sus limitados logros.

 

[Mapa medieval que decora la portada del libro del historiador galés Philip JenkinsLa historia olvidada del cristianismo, recientemente publicado. Debajo, imagen de cubierta de El amor a las letras y el deseo de Dios, del reconocido historiador francés Jean Leclercq.]


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