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FICHTE, UN IDEALISTA CON LOS PIES EN EL SUELO

Fichte murió de tifus cuando apenas contaba 51 años.

Dictó sus últimas lecciones sobre filosofía aplicada, conocidas también como Doctrina del Estado, en la Universidad de Berlín durante el curso de 1813, en plena efervescencia política y nacionalista frente a la ocupación napoleónica. Como no podía ser de otra manera, el pensamiento más especulativo cede paso a consideraciones de orden práctico relativas a la educación, la cultura, la política y la fe, y que vienen determinadas por el momento histórico y las circunstancias concretas de sus compatriotas alemanes.

En este sentido, el filósofo aborda cuestiones como la posibilidad de la guerra justa, las relaciones entre el Estado y la religión, la responsabilidad de los intelectuales ante la situación social y el conflicto bélico, o la luz que puede aportar el cristianismo al género humano para que cumpla con su destino individual y nacional.

Estas últimas lecciones del pensador idealista no sólo se han convertido en su testamento intelectual, sino también en la prueba de que la verdadera filosofía siempre ha de incidir en el proceso formativo de la humanidad y ha de comprometerse con la salvaguarda de la dignidad de cada persona sin distinción.

[Imagen de Johann G. Fichte, autor del libro Lecciones de filosofía aplicada, que ha visto la luz en Ediciones Sígueme. Debajo, fotografía del profesor Salvi Turró, a quien se debe la cuidada edición de esta obra.]


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LUTERO PARA EL VERANO

 

Este año 2017 se cumplen los quinientos años del comienzo de la Reforma protestante.

La fecha de este acontecimiento de trascendencia universal viene marcada por la publicación que hizo Lutero de las famosas noventa y cinco tesis contra las indulgencias y su gesto simbólico de fijarlas en la puerta de la iglesia del castillo de Wittenberg aquel 31 de octubre de 1517.

Conocer, aunque solo sea someramente, la vida del gran Reformador y acercarse a alguno de sus escritos constituye una obligación de orden cultural, porque pocos personajes han sido más determinantes en la modernidad y porque muchas de sus ideas se han desarrollado fecundamente durante los siguientes cinco siglos.

¿O acaso puede alguien imaginarse que la música sería igual sin la influencia de la Reforma en Bach? ¿O puede alguien pensar que el protestantismo apenas influyó en la elaboración filosófica de Kant, Hegel o Schleiermacher? ¿O no es, en fin, deudora la lengua alemana de la traducción que Lutero y sus colaboradores hicieron de la Biblia? ¿Y la escuela pública? ¿Y la educación obligatoria para varones y mujeres?

Aquellos que olvidan el pasado suelen con frecuencia imaginarse que las grandes ideas proceden de poetas y de maestros de anteayer. Y en el peor de los casos, de ellos mismos.

[Retrato del joven Lutero pintado por Lucas Cranach, que decora la cubierta de la biografía escrita por Teófanes Egido recién publicada en Ediciones Sígueme. Debajo, puerta del castillo de Wittenberg donde la tradición dice que Lutero fijó sus 95 tesis.]


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MITOS DE AOTEAROA

 

En la Tierra de la gran nube blanca, entre lagos y montañas, corrientes de agua y bosques, transcurre la vida.

Algunos días señalados, al caer de la tarde, todos se reúnen junto a las hogueras en la sala común del poblado. Es entonces cuando los ancianos toman la palabra para mantener viva la memoria de los orígenes. Evocan la canoa sagrada que surcó el mar y transportó a sus antepasados hasta aquellas tierras desde islas lejanas. También recuerdan que hubo otras embarcaciones no menos mágicas que trajeron pueblos sobrenaturales para habitar en lugares inaccesibles, además de extrañas criaturas de irrefrenables instintos que amenazaron la existencia de los maoríes.

Bien entrada la noche, cuando los niños apenas pueden mantener abiertos los ojos, llega el turno de las historias del inframundo. Los ancianos describen en primer lugar la fila interminable de espíritus que deambulan por laderas y vados hasta el mítico Akakitereinga, árbol sagrado que flanquea en lo alto del cabo Te Reinga la entrada a los infiernos maoríes. Allí, antes de abandonar toda esperanza, los espíritus presentan sus ofrendas para despedirse de esta vida y sumergirse irremisiblemente en el olvido.

Tal vez el ser humano no haya sido capaz de encontrar otra forma mejor de exorcizar sus miedos y de salvaguardar lo que más quiere que compartir y repetir en voz alta los relatos que dotan de algún sentido la existencia y protegen la identidad de individuos y grupos.

Y es que gracias a los mitos ha sido posible abrir grietas de luz en el muro impenetrable del futuro.

[Tatuajes que decoran el rostro de algunos varones como símbolo de la belleza ideal, en la cubierta de Cuentos maoríes. Debajo, detalle de la cubierta de Cuentos de los sabios de la India.]


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PORTUGAL EN LA FERIA DEL LIBRO

Como cada primavera, las dos primeras semanas de junio convocan en El Retiro madrileño a los lectores, libreros y editores ‒sin olvidar a curiosos y paseantes‒ en la gran fiesta anual del libro. Y este año Portugal, como país invitado, lucha con la facturación por tener el protagonismo.

No es posible negar que los intereses comerciales se han impuesto claramente a los culturales. Es cierto que las ventas han ocupado desde siempre un lugar importante; sin embargo, desde hace algunas décadas esta tendencia se ha exacerbado, hasta el punto de convertir un acontecimiento cultural en eficaz mercado de superventas, en escaparate de famosos y en prueba de la homogeneización de los gustos entre el gran público. Y esta sí que es una paradoja sorprendente: cuanto mayor es el número de títulos y más variados, menor es el número de los que se demandan.

Pero la Feria del libro de Madrid también permite, si se desea, auscultar en sus casi cuatrocientas casetas el panorama del libro en español y, este año, adentrarse en el alma de Portugal. Por esa razón, el rostro de Ediciones Sígueme en la Feria (caseta 150) es el de Daniel Faria.

Este genial poeta portugués, muerto con apenas veintiocho años y que se ha revelado como la figura indiscutible de la generación de los noventa del siglo pasado, sigue siendo una voz sorprendente que levanta acta de la desorientación humana y grita contra la miopía de vivir en la superficie. Su poesía, sin concesiones, invita a arriesgarse en el interior de lo real.

Feliz Feria y feliz lectura.

[Caseta 150 de Ediciones Sígueme en la Feria del libro de Madrid. Fotografía de Daniel Faria.]


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EL OCASO DE LOS DIOSES ¿Y SU AURORA?

Para quienes forman parte de una sociedad que ha vivido pacíficamente en la tradición cristiana durante más de quince siglos, resulta muy difícil entender la revolución que supuso el cristianismo en los siglos II y III de nuestra era.

En su famosa Carta X al emperador Trajano, Plinio el Joven (61-112 d.C.) plantea el problema social y económico que supone la irrupción de los cristianos en el Ponto. Como gobernador de esta provincia a orillas del Mar Negro, Plinio considera que la práctica de vida de los seguidores de un tal Jesús de Nazaret está provocando un colapso en los templos de la región. Nada hay que objetar a que no se divorcien de su mujer ni expongan a los hijos no deseados; cada uno en su casa puede hacer lo que mejor le plazca. Tampoco son un problema sus reuniones semanales en asambleas mixtas, sin que importe la etnia, la clase social, el sexo o la riqueza de sus miembros; más aún si son pacíficas y no alientan ni venganzas, ni tumultos, ni críticas al poder constituido. Pero que no honren a los dioses ni les sacrifiquen en los templos oficiales de cada ciudad está provocando un descenso tal de ingresos que amenaza con colapsar uno de los motores más importantes de la economía local.

Plinio piensa que, de seguir creciendo el número de cristianos y de perseverar en sus extrañas costumbres, serán un peligro para la supervivencia de los ideales sobre los que se alza la sociedad romana.

Hoy, cuando la sociedad occidental ha hecho suyos una gran parte de los principios cristianos, resulta difícil entender el cambio de paradigma que supuso la irrupción de este movimiento religioso en el Imperio romano. Y sin embargo, ningún otro grupo social ha tenido (y sigue teniendo) un éxito tan sorprendente.

¿Regresarán de nuevo los dioses?

[Símbolos cristianos y fotografía de Larry Hurtado, autor de Destructor de los dioses, obra que acaba de ver la luz en Ediciones Sígueme.]


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PERDÓN, ESPERANZA, RESURRECCIÓN

 

Hay palabras en pasiva que guardan en su interior una poderosa elocuencia.

Pero no es extraño que hoy muchas de ellas pasen inadvertidas. Es como si su uso a lo largo de los siglos las hubiera desgastado, hasta el punto de hacerlas casi invisibles, insignificantes, sin apenas relieve para quienes las han escuchado desde niños.

Este olvido también sucede en épocas como la nuestra, donde triunfa la actividad por encima de la quietud. Se valora producir, hacer, aplicar técnicas y procedimientos para lograr resultados.

Las palabras en pasiva remiten, sin embargo, a otra cosa; son testimonio humilde de la importancia de la cesura: ese espacio en blanco, ese silencio entre las palabras que pone las bases para que pueda irrumpir la gracia.

Con todo, la frágil experiencia de la gracia únicamente se puede prolongar en el tiempo cuando se suceden de manera ininterrumpida actos de escucha y de acogida del «otro», con minúsculas y con mayúsculas.

En esto reside el secreto de la paulatina transfiguración, de la real y no imaginada transfiguración del espíritu, de la mente y del propio cuerpo. En definitiva, la adquisición de una vida nueva que es imposible de producir y fabricar por uno mismo.

[Imagen de la portada de Teopoética del cuerpo, libro de Olivier Clément que acaba de ver la luz en Ediciones Sígueme. Debajo, detalle de la cubierta de La alegría de la resurrección, del mismo autor.]


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LEVINAS OCTOGENARIO

 

Durante el siglo XX se han podido escuchar muchas voces. La mayoría, como suele ser habitual, prescindibles.

De entre los pensadores que mejor han hablado y cuyos textos ganan en sucesivas visitaciones, se encuentra este lituano de origen, con pasaporte y residencia franceses, de formación alemana, de tradición religiosa judía y de nombre Emmanuel Levinas.

Para todos aquellos que aún desean escuchar lo esencial, Levinas ha dejado como testamento una defensa del humanismo radical basado en la justicia misericordiosa, una comprensión del quehacer político guiado en todo momento por la ética, una apuesta por la religión que, sin dejar de mirar al Trascendente, ha asumido la responsabilidad de no desentenderse en ningún caso y bajo ninguna circunstancia del débil.

Quizá por todo ello resulta relevante acercarse a los últimos textos que escribió para ser pronunciados ante sus correligionarios judíos en París, glosando algunas de las páginas más oscuras y sugestivas de la Torá, la Misná y el Talmud.

Cuando fallan las fuerzas por los muchos años, no deja de sorprender la capacidad evocadora (y de libertad) que la sabiduría humana contenida en los textos sagrados sigue despertando en el corazón del verdaderamente sabio.

[Fotografía de un anciano Emmanuel Levinas (1906-1995), autor de Nuevas lecturas talmúdicas, obra recientemente publicada por Ediciones Sígueme. Debajo, símbolo identificativo de la colección de filosofía Hermeneia.]


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SOFRONIO, UN RECOLECTOR DE MILAGROS AGRADECIDO

 

«Al comenzar la narración de los milagros, pienso que es justo contar primero los pertenecientes a la ciudad en la que ocurrió la maravillosa competición de los mártires y en la que está construido su venerable santuario».

Quien así habla de Alejandría es Sofronio, último patriarca de Jerusalén, que en 638 asumió la penosa tarea de rendir la ciudad santa al califa Omar.

Sofronio era natural de Siria. Tras recibir en su juventud una refinada educación helenista y ejercer como profesor de retórica, se hizo monje. Junto a su compañero y amigo Juan Mosco visitó los monasterios de Palestina, Sinaí y Egipto. Cuando enfermó allí de los ojos, fue en busca de cura al antiguo santuario de Isis en Menute, cerca de Alejandría, dedicado por aquel entonces a los santos mártires Ciro y Juan. Su agradecimiento por la curación consistió en reunir por escrito setenta milagros que daban renombre a aquel lugar.

El lector de hoy, a través de estos relatos curativos, recorre la sociedad bizantina del siglo VII y conoce en primera persona la peripecia vital de tantos personajes que amaron y sufrieron, se desesperaron y recuperaron la esperanza en la ya lejana Antigüedad tardía.

[Mosaico de una basílica bizantina para la portada del libro Sueños y curaciones, recientemente publicado en Ediciones Sígueme. La edición ha sido preparada por el profesor Natalio Fernández, en la foto.]


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KANT MAESTRO

 

Kryzystof Celestyn Mrongovius forma parte de una selecta generación de jóvenes estudiantes polacos que a finales del siglo XVIII tuvieron a Kant como profesor en la Universidad Albertina de Königsberg.

En aquella época ilustrada, las élites de Centroeuropa solían acudir a universidades de prestigio durante alguna etapa de su formación. En este caso, y siguiendo los pasos de su padre, el joven Mrongovius asistió a las lecciones de moral impartidas por el filósofo en el semestre de invierno de 1784-1785.

Pero antes que conocimientos, la gran enseñanza que el pensador de Königsberg ofrecía en sus clases era precisamente aprender a pensar. No en vano, cuando el lector se acerca hoy a las Lecciones de filosofía moral copiadas por Mrongovius descubre la necesidad de fundamentar críticamente las cuestiones morales sin desentenderse de ninguna de ellas, por más que puedan parecer ya aclaradas en la manualística.

Plantear la relación que existe entre virtud y felicidad, establecer la moral en principios empíricos, distinguir entre responsabilidad moral y penal en el sujeto, valorar la justificación posible del castigo o establecer las conexiones que existen entre moral, derecho y religión son algunos de los puntos sobre los que la obra, preparada en edición bilingüe por la profesora Alba Jiménez, sigue aportando luz dos siglos largos después.

[Imagen de Immanuel Kant. Debajo, apuntes sobre una cabeza de hombre, de Leonardo da Vinci, logotipo de la colección «Hermeneia-Filosofía» de Ediciones Sígueme.]


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HAY HOMBRES QUE ABREN LAS MANOS COMO LIBROS

 

Con este verso en apariencia simple comienza el último de los poemarios de Daniel Faria.

Da igual si se debió titular De las cosas que sé del cielo o De lo que sangro o De los líquidos; el malogrado poeta no pudo ver la publicación de su libro al ser sorprendido por la muerte en los primeros días de junio de 1999, cuando apenas contaba con veintiocho años.

Siete partes, como siete son los sacramentos cristianos. Siete lienzos donde radiografiar al hombre existiendo en las cosas que le rodean. Siete miradas contemplativas que salvan de la vulgaridad a lo real y lo convierten en misterio transparente a la altura del ser humano.

Antropología angélica que no se aparta de la materia, sino que la ama con esa ingenuidad seria del niño que descubre el mundo y no tiene miedo en transformarse en escalón, en puerta, en musgo, en vasija recién amasada, en planeta que gira atraído por la gravedad de otro infinitamente mayor.

Antropología minuciosa que hace de la parte signo sacramental del todo: latido, arteria, sangre, cerebro y mano que acaricia con ternura.

Hombre entero.

[Imagen que decora la portada del libro de Daniel Faria, De los líquidos, recientemente publicado en Ediciones Sígueme, y que sigue a Explicación de los árboles y de otros animales y Hombres que son como lugares mal situados.]


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