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EL OCASO DE LOS DIOSES ¿Y SU AURORA?
 

Para quienes forman parte de una sociedad que ha vivido pacíficamente en la tradición cristiana durante más de quince siglos, resulta muy difícil entender la revolución que supuso el cristianismo en los siglos II y III de nuestra era.

En su famosa Carta X al emperador Trajano, Plinio el Joven (61-112 d.C.) plantea el problema social y económico que supone la irrupción de los cristianos en el Ponto. Como gobernador de esta provincia a orillas del Mar Negro, Plinio considera que la práctica de vida de los seguidores de un tal Jesús de Nazaret está provocando un colapso en los templos de la región. Nada hay que objetar a que no se divorcien de su mujer ni expongan a los hijos no deseados; cada uno en su casa puede hacer lo que mejor le plazca. Tampoco son un problema sus reuniones semanales en asambleas mixtas, sin que importe la etnia, la clase social, el sexo o la riqueza de sus miembros; más aún si son pacíficas y no alientan ni venganzas, ni tumultos, ni críticas al poder constituido. Pero que no honren a los dioses ni les sacrifiquen en los templos oficiales de cada ciudad está provocando un descenso tal de ingresos que amenaza con colapsar uno de los motores más importantes de la economía local.

Plinio piensa que, de seguir creciendo el número de cristianos y de perseverar en sus extrañas costumbres, serán un peligro para la supervivencia de los ideales sobre los que se alza la sociedad romana.

Hoy, cuando la sociedad occidental ha hecho suyos una gran parte de los principios cristianos, resulta difícil entender el cambio de paradigma que supuso la irrupción de este movimiento religioso en el Imperio romano. Y sin embargo, ningún otro grupo social ha tenido (y sigue teniendo) un éxito tan sorprendente.

¿Regresarán de nuevo los dioses?

[Símbolos cristianos y fotografía de Larry Hurtado, autor de Destructor de los dioses, obra que acaba de ver la luz en Ediciones Sígueme.]

Imagen de portada

PERDÓN, ESPERANZA, RESURRECCIÓN
 

 

Hay palabras en pasiva que guardan en su interior una poderosa elocuencia.

Pero no es extraño que hoy muchas de ellas pasen inadvertidas. Es como si su uso a lo largo de los siglos las hubiera desgastado, hasta el punto de hacerlas casi invisibles, insignificantes, sin apenas relieve para quienes las han escuchado desde niños.

Este olvido también sucede en épocas como la nuestra, donde triunfa la actividad por encima de la quietud. Se valora producir, hacer, aplicar técnicas y procedimientos para lograr resultados.

Las palabras en pasiva remiten, sin embargo, a otra cosa; son testimonio humilde de la importancia de la cesura: ese espacio en blanco, ese silencio entre las palabras que pone las bases para que pueda irrumpir la gracia.

Con todo, la frágil experiencia de la gracia únicamente se puede prolongar en el tiempo cuando se suceden de manera ininterrumpida actos de escucha y de acogida del «otro», con minúsculas y con mayúsculas.

En esto reside el secreto de la paulatina transfiguración, de la real y no imaginada transfiguración del espíritu, de la mente y del propio cuerpo. En definitiva, la adquisición de una vida nueva que es imposible de producir y fabricar por uno mismo.

[Imagen de la portada de Teopoética del cuerpo, libro de Olivier Clément que acaba de ver la luz en Ediciones Sígueme. Debajo, detalle de la cubierta de La alegría de la resurrección, del mismo autor.]

Imagen de portada

LEVINAS OCTOGENARIO
 

 

Durante el siglo XX se han podido escuchar muchas voces. La mayoría, como suele ser habitual, prescindibles.

De entre los pensadores que mejor han hablado y cuyos textos ganan en sucesivas visitaciones, se encuentra este lituano de origen, con pasaporte y residencia franceses, de formación alemana, de tradición religiosa judía y de nombre Emmanuel Levinas.

Para todos aquellos que aún desean escuchar lo esencial, Levinas ha dejado como testamento una defensa del humanismo radical basado en la justicia misericordiosa, una comprensión del quehacer político guiado en todo momento por la ética, una apuesta por la religión que, sin dejar de mirar al Trascendente, ha asumido la responsabilidad de no desentenderse en ningún caso y bajo ninguna circunstancia del débil.

Quizá por todo ello resulta relevante acercarse a los últimos textos que escribió para ser pronunciados ante sus correligionarios judíos en París, glosando algunas de las páginas más oscuras y sugestivas de la Torá, la Misná y el Talmud.

Cuando fallan las fuerzas por los muchos años, no deja de sorprender la capacidad evocadora (y de libertad) que la sabiduría humana contenida en los textos sagrados sigue despertando en el corazón del verdaderamente sabio.

[Fotografía de un anciano Emmanuel Levinas (1906-1995), autor de Nuevas lecturas talmúdicas, obra recientemente publicada por Ediciones Sígueme. Debajo, símbolo identificativo de la colección de filosofía Hermeneia.]

Imagen de portada

SOFRONIO, UN RECOLECTOR DE MILAGROS AGRADECIDO
 

 

«Al comenzar la narración de los milagros, pienso que es justo contar primero los pertenecientes a la ciudad en la que ocurrió la maravillosa competición de los mártires y en la que está construido su venerable santuario».

Quien así habla de Alejandría es Sofronio, último patriarca de Jerusalén, que en 638 asumió la penosa tarea de rendir la ciudad santa al califa Omar.

Sofronio era natural de Siria. Tras recibir en su juventud una refinada educación helenista y ejercer como profesor de retórica, se hizo monje. Junto a su compañero y amigo Juan Mosco visitó los monasterios de Palestina, Sinaí y Egipto. Cuando enfermó allí de los ojos, fue en busca de cura al antiguo santuario de Isis en Menute, cerca de Alejandría, dedicado por aquel entonces a los santos mártires Ciro y Juan. Su agradecimiento por la curación consistió en reunir por escrito setenta milagros que daban renombre a aquel lugar.

El lector de hoy, a través de estos relatos curativos, recorre la sociedad bizantina del siglo VII y conoce en primera persona la peripecia vital de tantos personajes que amaron y sufrieron, se desesperaron y recuperaron la esperanza en la ya lejana Antigüedad tardía.

[Mosaico de una basílica bizantina para la portada del libro Sueños y curaciones, recientemente publicado en Ediciones Sígueme. La edición ha sido preparada por el profesor Natalio Fernández, en la foto.]

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KANT MAESTRO
 

 

Kryzystof Celestyn Mrongovius forma parte de una selecta generación de jóvenes estudiantes polacos que a finales del siglo XVIII tuvieron a Kant como profesor en la Universidad Albertina de Königsberg.

En aquella época ilustrada, las élites de Centroeuropa solían acudir a universidades de prestigio durante alguna etapa de su formación. En este caso, y siguiendo los pasos de su padre, el joven Mrongovius asistió a las lecciones de moral impartidas por el filósofo en el semestre de invierno de 1784-1785.

Pero antes que conocimientos, la gran enseñanza que el pensador de Königsberg ofrecía en sus clases era precisamente aprender a pensar. No en vano, cuando el lector se acerca hoy a las Lecciones de filosofía moral copiadas por Mrongovius descubre la necesidad de fundamentar críticamente las cuestiones morales sin desentenderse de ninguna de ellas, por más que puedan parecer ya aclaradas en la manualística.

Plantear la relación que existe entre virtud y felicidad, establecer la moral en principios empíricos, distinguir entre responsabilidad moral y penal en el sujeto, valorar la justificación posible del castigo o establecer las conexiones que existen entre moral, derecho y religión son algunos de los puntos sobre los que la obra, preparada en edición bilingüe por la profesora Alba Jiménez, sigue aportando luz dos siglos largos después.

[Imagen de Immanuel Kant. Debajo, apuntes sobre una cabeza de hombre, de Leonardo da Vinci, logotipo de la colección «Hermeneia-Filosofía» de Ediciones Sígueme.]

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HAY HOMBRES QUE ABREN LAS MANOS COMO LIBROS
 

 

Con este verso en apariencia simple comienza el último de los poemarios de Daniel Faria.

Da igual si se debió titular De las cosas que sé del cielo o De lo que sangro o De los líquidos; el malogrado poeta no pudo ver la publicación de su libro al ser sorprendido por la muerte en los primeros días de junio de 1999, cuando apenas contaba con veintiocho años.

Siete partes, como siete son los sacramentos cristianos. Siete lienzos donde radiografiar al hombre existiendo en las cosas que le rodean. Siete miradas contemplativas que salvan de la vulgaridad a lo real y lo convierten en misterio transparente a la altura del ser humano.

Antropología angélica que no se aparta de la materia, sino que la ama con esa ingenuidad seria del niño que descubre el mundo y no tiene miedo en transformarse en escalón, en puerta, en musgo, en vasija recién amasada, en planeta que gira atraído por la gravedad de otro infinitamente mayor.

Antropología minuciosa que hace de la parte signo sacramental del todo: latido, arteria, sangre, cerebro y mano que acaricia con ternura.

Hombre entero.

[Imagen que decora la portada del libro de Daniel Faria, De los líquidos, recientemente publicado en Ediciones Sígueme, y que sigue a Explicación de los árboles y de otros animales y Hombres que son como lugares mal situados.]

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EMPEZAR DE NUEVO
 

Nada mejor para comenzar una nueva singladura que recurrir a la sabiduría de dos genios.

En su poema gráfico que lleva por título «El Monte», Juan de la Cruz asegura: «Para venir a lo que no sabes / has de ir por donde no sabes».

Pocas sentencias tan luminosas como esta para afrontar el futuro sin dejarse apresar por la nostalgia del pasado o de lo que pudo haber sido y no será. Pocas recomendaciones tan certeras para, confiando en el objetivo, adentrarse sin temor en un territorio desconocido que exigirá avanzar y al mismo tiempo trazar un mapa que no existe aún.

Y si es verdad, como Heráclito afirmaba muchos siglos antes, que no es posible navegar dos veces por el mismo río, también dejó dicho el filósofo efesino que «si no se espera lo inesperado, jamás se encontrará, pues resulta penoso y difícil de hallar».

Empezar de nuevo y sin ahorrar esfuerzos con la esperanza de rozar al menos la orla de lo inesperado, de aquello que protege de la monotonía de lo ya sabido, que salva de la esclavitud de lo ya vivido, es la única manera de superar la falsa seguridad que ofrece la repetición de lo conocido.

[Imagen: Símbolo de Ediciones Sígueme y puntos suspensivos.]

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NAVIDADES
 

 

Antes que el nacimiento de un niño pobre en un país bajo la dominación del Imperio romano; antes que un acontecimiento sorprendente que suscitó el interés de astrónomos venidos de lejanas tierras; antes que la emisión de una Palabra única y última por parte de la divinidad israelita, las Navidades evocan y atestiguan el retorno definitivo de Aquel que se hizo carne humana.

Esta espera que se prolonga en el tiempo y que remite a la primera venida sin agotarse en ella, ha alimentado en cada generación de cristianos la ilusión por ver el regreso glorioso del que fue crucificado.

Desde ya hace más de dos mil años, la venida esperada nunca ha sido contemporánea de ninguna generación. Pero en todas y cada una de ellas ha avivado más y más el deseo del encuentro decisivo.

Y es que, como sucede con el amor, la esperanza permite al que no abandona la espera acceder al corazón de su misterio.

 

[Imagen que decora la cubierta de Penúltimas noticias acerca de Yeshua / Jesús, de Erri de Luca, recientemente publicado por Ediciones Sígueme. Debajo, fotografía del autor.]

Imagen de portada

POR QUÉ ES IMPORTANTE CONOCER LOS ORÍGENES DEL CRISTIANISMO
 

 

Porque en el origen, concentradas, se encuentran las infinitas posibilidades de un movimiento. Tanto las futuribles como las que se concretan en la historia.

Esta idea es significativa en lo que respecta al movimiento cristiano. Un fenómeno tan complejo y plural, con dos mil años de existencia y presente en los más insospechados lugares del mundo, invita a volver una y otra vez a sus comienzos para entender cómo ha sido, es y será.

En la provincia romana de Bitinia, a finales del siglo I, los cristianos supusieron un problema social. Plinio el Joven, en su famosa carta al emperador Trajano en la que consultaba el modo de proceder frente a este pujante movimiento social, constataba que aquellos adeptos no se reunían cada domingo para maquinar traiciones políticas o buscar beneficios económicos, sino para comprometerse en hacer el bien.

Es verdad que las asambleas de los seguidores del judío Jesús de Nazaret tenían muchos otros fines. Pero no es menos cierto que la beneficencia mutua y con los necesitados ocupaba un lugar preponderante y mostraba una nueva manera de entender y organizar las relaciones sociales.

Hoy, ciertamente, hay que volver al siglo I para mirarse en un espejo que tiene como objetivo ser aquí más y mejores humanos.

[Cartas y manuscritos en la Antigüedad. Foto del biblista Santiago Guijarro, autor de La primera evangelización, libro recientemente publicado en Ediciones Sígueme. Abajo, imagen de Las cartas perdidas de Pérgamo, de Bruce W. Longenecker.]

Imagen de portada

ISAÍAS
 

Un libro de libros o varios profetas escritores en un solo libro. Así puede denominarse esta obra emblemática de la Escritura sagrada de judíos y cristianos, que ve en Isaías un nombre colectivo.

Hoy, no pocos especialistas consideran que en las páginas de este libro se recogen textos de un profeta que urge a mantener la fidelidad a Dios en medio de los acontecimientos que van a suceder; pero también refrendos de un historiador ante el cumplimiento de lo anunciado antiguamente, o indicaciones de un consejero político y hasta oraciones de un brillante poeta hímnico.

Y es que una obra tan compleja como Isaías es un microcosmos, o mejor, una microbiblia, pues en ella pueden rastrearse muchos de los problemas que aparecen en cada libro de la Escritura (cómo se forma, cómo se agrupa con otros, a quién considerar su autor, cuáles son las interpolaciones y por qué razón puede considerarse canónico, etc.) y no pocos de los temas que, con sus peculiaridades, se repiten en ellos.

Tal vez una de sus singularidades sea el siervo de Yahvé, enigmático protagonista de la segunda sección del libro de Isaías (caps. 40-55). Desde este personaje invita a fantasear con un imposible: esbozar a partir de sus rasgos el retrato de un Dios que ha prohibido hasta imaginarlo.

Sin embargo, este siervo es, en último término, un intento ingenuo de representar a Dios por persona interpuesta, al suponer que quien conoce al esclavo podrá ver en él algo de su dueño.

[Imagen de Isaías, según una representación antigua. Ediciones Sígueme ha publicado recientemente el segundo tomo del gran comentario al libro de este profeta que ha realizado Joseph Blenkinsopp, en la foto.]

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