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MERTON

 

La figura del escritor y activista Thomas Merton se encuentra revestida de un aura de romanticismo.

Nacido a comienzos del siglo XX de madre estadounidense y padre neozelandés, formado en las universidades de Cambridge y Columbia en Nueva York, considerado un referente por su sensibilidad estética y cosmopolitismo, Merton ganó justa fama por su compromiso con las causas importantes del hombre contemporáneo.

Para este poeta, el hogar es el mundo. Y más si cabe desde que ingresó en el monasterio trapense de Getsemaní (Kentucky) en 1941.

Aquellos años de noviciado, que desembocaron en su ordenación sacerdotal en 1949, estuvieron marcados por los desastres de la Segunda Guerra Mundial y su estela de violencia, odio y deshumanización.

Nada, ni el mundo ni las personas, volverían a ser lo mismo. La interioridad y el pacifismo ‒hasta cierto punto ingenuos‒, la universalidad y la concordia ‒quizá demasiado idealizadas‒, dejaron en Merton una huella indeleble.

Hoy nada es igual. Pero tampoco el futuro puede construirse desde la dictadura de lo tangible. Y menos aún sin verdadera espiritualidad.

[Fotografía de Thomas Merton con el hábito de monje trapense. Debajo, detalle de la cubierta de su libro Curso de mística cristiana en trece lecciones, recientemente publicado en Ediciones Sígueme.]


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EL PRIMER LIBRO DEL AÑO

El nuevo año se abre en Ediciones Sígueme con la publicación del libro La fenomenicidad de Dios, del reconocido teólogo y filósofo Jean-Yves Lacoste.

A lo largo de nueve ensayos, el pensador francés aborda cuestiones de suma trascendencia para el futuro de la sociedad y de la Iglesia. Mientras que en el mundo parecen dominar las ofertas de paraísos virtuales (en un canto del cisne de ideologías materialistas que aseguran que el futuro será mejor), la búsqueda de la verdad lucha trabajosamente por huir de las simplificaciones indoloras que imponen las modas.

En estos nuevos trabajos filosóficos de Hércules, el lector se topa a menudo con el pensamiento de Kierkegaard, que proféticamente se opone a Heidegger y sus entes apresados en el espacio y el tiempo.

Y puesto que el objetivo último de todo pensar es pensar bien, nadie tiene derecho a excluir a Dios de este esfuerzo, a no ser que en realidad tema traspasar esa frontera antiquísima que introduce en el territorio de lo sagrado, donde mirar cara a cara al misterio supone arriesgarse a ser reducido a cenizas.

Pocos son hoy capaces de incorporar categorías nuevas al pensar filosófico. En este sentido, uno de los méritos de Lacoste consiste en tomar en serio la liturgia, que nada tiene que ver con el happening o con la arqueología, sino con ese ámbito comunitario en el que tiempo y espacio quedan en suspenso para anticipar en el presente la definitiva resurrección de la carne.

[Paisaje de José María de la Torre. Debajo, cabeza de hombre de Leonardo Da Vinci, logotipo de la colección Hermeneia, donde Jean-Yves Lacoste ha publicado Experiencia y absoluto La fenomenicidad de Dios.]


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ANHELOS DE PLENITUD

 

Termina un año y comienza otro nuevo.

Durante algunos días flotará en el ambiente el nerviosismo que rodea a todo estreno, tan parecido al que se experimenta cuando se está a punto de abrir un regalo.

Y es que el inicio del año nuevo suscita un irrefrenable deseo de paz y felicidad en el interior de los hombres.

Frente a la monotonía casi mecánica de la existencia, el nuevo año recuerda que el futuro no está determinado y que el caos no tiene la última palabra.

Asimismo, frente a la tentación de abandonarse en la fantasía de lo imposible y de imaginar virtualmente mundos que no existen, el nuevo año llama a asumir el realismo de lo posible y a construir aquí y ahora el mejor de los mundos junto con quienes viven este momento de la historia.

 

[Imagen de santo copto que aparece en la portada de Santoral, de Jorge Sans Vila. Debajo, detalle de la cubierta de Curso de mística cristiana en trece lecciones, de Thomas Merton, recientemente publicado por Ediciones Sígueme.]


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UN NARRADOR A LA ALTURA DE UNA HISTORIA ASOMBROSA

 

Muchos han sido los que han tratado de contar la vida de Jesús de Nazaret; infinitas las perspectivas y muy diversas las ópticas. Tal vez por esta razón sea tan difícil recomendar un libro que concite un mínimo de consenso sobre este controvertido personaje.

A pesar de todo, desde hace dos milenios no han dejado de leerse los cuatro relatos biográficos sobre Jesús que recoge la Biblia. También hoy los seguidores de este galileo universal se reúnen cada domingo para escuchar en sus asambleas litúrgicas algún pasaje seleccionado, que este nuevo año corresponde al evangelio de Lucas.

Según la tradición, Lucas es el tercero de los evangelistas, al que anteceden Mateo y Marcos, y le sigue Juan. La tradición asegura que fue colaborador del apóstol Pablo en la ciudad de Colosas (actual Turquía), y da a entender que era médico. Lo cierto es que, al margen de su identidad y su profesión, Lucas ha pasado a la posteridad como un extraordinario narrador.

Tener la posibilidad de escuchar hoy, casi dos mil años después de ser escrito, el relato lucano de la historia de Jesús es prueba evidente de que la verdadera literatura no tiene edad. Pero si además las páginas que se proclaman tienen la pretensión de exponer con orden y rigor acontecimientos de carácter salvífico, nadie que se acerque a ellas permanecerá indiferente. A no ser que con premeditación se fuerce a rechazar esa parte de sí mismo que se resiste a desaparecer.

 

[Imagen de cubierta del libro de Bruce LongeneckerLas cartas perdidas de Pérgamo, novela en la que Lucas es protagonista. Debajo, François Bovon, uno de los grandes comentaristas de El evangelio de Lucas.]


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LA TRAMPA MORTAL DE LA SOCIEDAD TRANSPARENTE

En el Occidente más desarrollado, todo parece invitar a la transparencia. Los dispositivos electrónicos, las pantallas y los teclados, las nuevas formas de comunicación y de relación empujan a los individuos a convertirse en fuentes permanentes de noticias. De hecho, no pocas personas dedican gran parte del día a saber de la vida de los otros y a mostrar la suya sin prácticamente límite alguno, salvo el que determina la ley.

En semejante contexto, el pudor se considera una penosa lacra del pasado que debe desterrarse a toda costa, pues impide que cada uno pueda ser él mismo y tome las decisiones que considere más oportunas sobre su modo de vivir, de vestir, de sentir, de divertirse, de creer o no creer en algo. Y es que ‒se piensa‒ nada ataca tanto a la espontaneidad como el pudor.

Pero ¿y si el pudor nada tuviera que ver con los usos y las costumbres, es decir, con las normas morales, y fuera más bien la última barrera que protege la propia libertad? ¿Y si se tratara en realidad de un misterioso «mecanismo antropológico» que sirve para contener y modular las propias emociones, para expresarlas y exteriorizarlas de un modo que no cause daño a uno mismo y al otro? En ese horizonte de comprensión, el pudor se convierte en la forma más delicada de respeto hacia el prójimo y en salvaguarda de la unicidad, peculiaridad e irrepetibilidad de cada individuo.

Una sociedad que no protege con sus leyes la intimidad de sus ciudadanos ‒y especialmente de sus adolescentes y jóvenes‒ estará favoreciendo consciente o inconscientemente la instrumentalización y manipulación de sus miembros por aquellos que controlan la información y el dinero. En este sentido, jamás como hoy el pudor se ha convertido en esa alarma que avisa al ser humano de la necesidad de proteger su conciencia contra toda transparencia despersonalizante.

[Imagen que decora la portada del libro El pudor. Un espacio de libertad, de la médico psiquiatra Monique Selz, recientemente publicado en Ediciones Sígueme. Debajo, fotografía de la autora.]


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LA MUJER Y LA TEOLOGÍA

 

El 20 de septiembre pasado, la teóloga alemana recibió la noticia de la concesión del premio de teología 2018 que concede la Fundación vaticana Joseph Ratzinger - Benedicto XVI.

Experta en san Buenaventura, Marianne Schlosser es en la actualidad docente de teología espiritual en la Facultad católica de la Universidad de Viena. Asimismo, desde 2014 forma parte de la Comisión Teológica Internacional, responsabilidad para la que fue nombrada por el papa Francisco.

Este premio, considerado el «Nobel» de la teología, reconoce una rigurosa investigación teológica. Igualmente destaca el importante papel que en los últimos decenios están jugando las mujeres en la enseñanza crítica de la teología en el ámbito universitario.

Si ya Juan Pablo II hablaba en su carta apostólica Orientale lumen (1995) de la necesidad que tiene la Iglesia de respirar con los pulmones de Oriente y de Occidente, tanto más se necesita que hombres y mujeres piensen juntos la fe cristiana en la situación actual.

 

[Fotografía de Marianne Schlosser, autora de Teología de la oración (Sígueme 2018), primer libro publicado en español de esta autora.]


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BIBLIA E INTERPRETACIÓN

 

En el viejo libro del Apocalipsis se describe al vidente observando un rollo escrito por el anverso y el reverso. Pero los numerosos sellos le impiden acceder al texto, del que solo algunas palabras se aprecian en las esquinas.

La escena le recuerda al intérprete que primero ha de conocer la técnica para abrir el libro lacrado sin alterar su contenido. Seguidamente tendrá que desenrollarlo con delicadeza, pues el respeto amoroso al mensaje es el único medio para que el texto desvele su verdadero sentido.

Una vez desplegado el rollo, el vidente lo acerca a su boca y comienza a masticarlo sin prisas. Necesita comprobar su consistencia, su estructura, su sabor, la composición mineral que determina su originalidad y unicidad.

El lector se sorprende de la dulzura que inunda su boca y sacia.

De pronto, un creciente amargor invade sus entrañas. Comprende, inquieto, que el libro resulta difícil de asimilar. El desagrado que experimenta testimonia la distancia insalvable que existe entre el mensaje y el oyente, entre la verdad divina y su encarnación concreta en el individuo que se esfuerza por hacerla suya cada día de su existencia.

 

[Imagen de un antiguo grabado que representa a Orígenes de Alejandría en su escritorio. Debajo, Peter W. Martens, autor de Orígenes y la Escritura. Vocación exegética y hermenéutica bíblica, obra publicada recientemente por Ediciones Sígueme.]


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A VUELTAS CON UN TEMA RESISTENTE

 

El mal es una de las cuestiones más desconcertantes para el hombre contemporáneo. Incluso puede que sea la primera que por todos los medios trata de esclarecer para pacificar su espíritu e intentar construir el mundo a su imagen y semejanza. Sueña, de hecho, que si resolviera con suficiente acierto el dilema del mal, podría mirar el futuro pacíficamente.

Y sin embargo, da la impresión de que el mal no es domesticable. A lo sumo, la cultura dominante da por perdida la batalla de pensarlo con sentido y gasta sus energías en paliar los efectos indeseados que provoca.

En un tiempo de grandes avances científicos y técnicos, ¿puede el hombre moderno ignorarlo? ¿Tendrá acaso que conformarse con inscribirlo en ese dudoso censo de temas inconcebibles que convendría evitar lo más posible?

Si la filosofía y la teología desean mantener aún su estatuto científico y aportar con rigor una respuesta propia a este interrogante humano, habrán de esforzarse por esclarecerlo sin falsear la realidad concreta, terrena, histórica.

 

[Fotografía de Ingolf U. Dalferth, filósofo y teólogo alemán que aborda esta cuestión en su obra El mal. Ensayo acerca del modo de pensar desde la cultura lo inconcebible, recientemente publicada en Ediciones Sígueme.]


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EL CUADRADO NEGRO

El año 1915, en la antesala de la revolución, Kazimir Malévich cambió el signo de la pintura rusa con su enigmático «Cuadrado negro». Aquel lienzo, desnudo de toda forma, fue visto por la crítica especializada como símbolo de la destrucción de la cultura tradicional y original código de interpretación de la realidad.

Ha pasado un siglo y el «Cuadrado negro» sigue haciendo correr ríos de tinta entre los teóricos del arte, hasta el punto de que algunos consideran que se trata de la más exitosa recuperación del movimiento iconoclasta, en el que Dios es el absolutamente desconocido, el por completo incognoscible, de modo que sólo la teología negativa y apofática permiten rozar los umbrales de su conocimiento.

En todo caso, ni tan siquiera Malévich logró avanzar creativamente a partir de su peculiar agujero negro que todo lo absorbe. De hecho, y según la lógica de este nuevo y radical big bang, en vez de comenzar una historia estética los seguidores son arrastrados a una pre-historia oscura de la Materia que se concentra cada vez más en sí misma, eternamente.

Contra esta destructiva propuesta, el genial pensador Pável Florenski defendió la interpretación contraria. Según él, los iconos y el «Cuadrado negro» representan dos caminos antagónicos para acceder y comprender a Dios.

Y es justamente aquí donde se plantea la cuestión decisiva del arte del futuro: mientras que el «Cuadrado negro» representa el límite más allá del cual toda vanguardia se agota en la nada, los verdaderos iconos funcionan como escaleras tendidas a lo alto con la esperanza de traspasar los límites y adentrarse en ese camino que lleva al hombre desde la mera imagen a la plena semejanza con su Creador.

[«Cuadrado negro», 1915, considerada por Florenski como expresión del anti-icono. Debajo, «Rostro del Salvador», de Andréi Rubliov, icono que decora el interior de El iconostasio, obra de Pável Florenski recientemente reeditada en Ediciones Sígueme.]


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ÉRASE QUE SE ERA

Un panal hecho de historias que tejen las abejas. Porque quienes son como ellas ‒las personas anónimas, sin especial relieve ni significación‒ suelen ser los verdaderos protagonistas de la historia.

Un panal que reúne en su interior, en perfecto orden, la materia transformada proveniente del mundo exterior. En sus celdillas, como en cofres de tesoros, reposa la esencia de aquello que a menudo se desprecia por ser cotidiano: la dorada luz del sol, el polvillo de infinitas flores desconocidas, los aceites humildes de las innumerables aromáticas…

Como en los primeros días de la creación, la saliva de las abejas amasa lo disperso para entregárselo a la comunidad como un don. Puede que por ello las abejas sean vistas en las diferentes culturas como mensajeras de un más allá dichoso, como microanuncios de lo que merece de verdad la pena, como infatigables trabajadoras que suman su gota de miel al proyecto común de la colmena.

En una sociedad tecnificada, que distancia a las personas de todo aquello que es real y concreto interponiendo dispositivos y pantallas, que convierte el mundo en algo meramente artificial y binario, un libro de cuentos logra a veces el milagro de remover las escamas de los ojos y de abrir ventanas a imaginar, encarnada, la propia existencia.

[Detalle de un panal, una de cuyas celdillas decora la portada del libro de Pierre-Olivier Bannwarth,Cuentos de la colmena. La hermandad de las abejas, recientemente publicado en Ediciones Sígueme.]


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