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TAN SOLO HUMANOS

 

Nada tan extraño a los seres humanos como la perfección.

Tal vez por ello, la genealogía de Jesús de Nazaret que abre el evangelio de Mateo recoja cuidadosamente casi media centena de antepasados que, en su mayoría, poco tienen de ejemplares. Hombres y mujeres demasiado humanos. Tal vez para recordar al lector que el protagonista del libro no es un ángel, sino un alguien concreto y real, como sus familiares.

Tampoco sería inverosímil pensar que en el fondo latiese la idea, a modo de aviso para navegantes, de que nada hay tan peligroso como la ensoñación de considerar la perfección como el estado natural al que han de aspirar los seres humanos. Y es que ni en las tradiciones religiosas más puritanas, como la representada por la Ginebra de Calvino, ni en las antropologías más inteligentemente ingenuas, como la de Rousseau, se ha vislumbrado un camino de salida cuando la sociedad se ha extraviado en el laberinto de la pura perfección moral determinada por las sensibilidades del momento.

Ni el rigorismo, ni las fantasías transhumanistas, ni la ingeniería social, ni la judicialización de la vida privada han logrado avanzar un milímetro en la consecución de un mundo felizmente perfecto. Quizá solo el mejor y más humilde cristianismo haya conseguido elaborar una verdadera respuesta a esta contradicción que consiste en alcanzar aquí y ahora un angélico y perdurable ser humano. En este sentido, y no en otro, hay que entender las afirmaciones sobre la encarnación y sobre el perdón, capaces de devolver la humanidad plena a quienes luchan por ser perfectos sin poder jamás serlo. Y la esperanza.

 

[Esmalte de Egino Günter Weinert (1990),que decora la portada del libro de Erri de LucaLas santas del escándalo (2019). Se encuentra en el CITeS, Universidad de la Mística (Ávila). Debajo, retrato de Søren Kierkegaard, autor de los sermones sobre la pecadora perdonada que se recogen en el libro De una mujer (2019).]


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DOS EPOPEYAS PARA LEER (Y DISFRUTAR) AL MENOS UNA VEZ EN LA VIDA

En la actualidad se extiende la impresión de que todo se encuentra al alcance de la mano. Cualquier rincón del mundo, por más alejado que esté, puede ser visitado al menos a través de una pantalla.

Otro tanto podría decirse de las tradiciones, culturas, productos y modos de vida. Por más extraños que sean respecto de la tradición cultural propia, la globalización ha generado una sensación de proximidad y hasta de familiaridad.

El problema muchas veces es que nada pasa de la superficie. El hombre actual se siente ciudadano del mundo, pero en realidad es más parecido a un turista apresurado al que apenas nada deja huella. Un hombre, por otra parte, que habita un microcosmos inmutable.

Por esta razón, tener la posibilidad de acceder a las fuentes de la cultura india milenaria gracias a la lectura de el Mahabharata y el Ramayana es algo muy parecido a un milagro. Primero, porque no solo permite adentrarse en una mitología que ha nutrido las esperanzas de tantas personas anónimas, sino porque además constituye una invitación a dejarse sorprender por la influencia que estas historias han tenido en la construcción del imaginario literario occidental.

¿O acaso no existe una cercanía asombrosa entre las peripecias de Rama y Ulises, o entre los valores de este príncipe indio y de Eneas? Y el combate sin piedad de los clanes Kaurava y Pandava para conseguir el trono de la dinastía lunar ¿acaso no evoca la despiadada guerra entre griegos y troyanos que inmortalizara Homero?

Vida y muerte, virtud y destino, derecho y engaño, gozo y sufrimiento pueblan las grandes epopeyas de la historia al tiempo que anidan en el corazón de cada ser humano que habita esta tierra.

[Imagen que decora la portada de El Mahabharata, contado según la tradición oral por Sergue Demetrian, y recientemente reeditado. Debajo, portada de El Ramayana.]


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UN LIBRO RÍO

 

Embarcarse en la lectura de la Biblia constituye hoy, al igual que en tantas épocas de la historia, un verdadero reto.

Por una parte, el lector actual sabe que en este conjunto de libros, dispares y paradójicos, se encuentran escondidas algunas de las claves que le pueden ayudar a comprenderse. Pero, por otra, siente que su estilo literario le resulta en muchos casos ajeno por anticuado, solemne, incluso formal y legalista, sin mucho que decir ante los problemas que se le acumulan en la vida cotidiana.

Para sorpresa de muchos, aquel que hoy logra superar sus prejuicios y se adentra sin miedo en alguno de los libros de esta asombrosa biblioteca, experimenta con sorpresa creciente que nada es tal y como imaginaba. De hecho, al navegar pacientemente por los meandros de este río de historias, descubre con asombro las maravillas de un vasto territorio inexplorado que obliga a no dar nada por supuesto, a confrontar la propia existencia y a tomar partido.

En esta historia que avanza desde el Génesis al Apocalipsis, o se está con quienes son cómplices del mal o con quienes tratan de luchar por la justicia, sabiendo que a menudo también ellos caerán en la incoherencia y deberán volver a escoger bando.

Los hombres y mujeres de hoy siguen necesitados de relatos esenciales que den sentido a sus vidas; relatos, en definitiva, que les ayuden a mantenerse comprometidos con esta tierra sin huir en busca de improbables y artificiales cielos.

[Imagen de Jorge Fernández Mato que decora el libro de Alberto de MingoLa Biblia de principio a fin. Una guía de lectura para hoy, recientemente publicado en Ediciones Sígueme.]


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SILENCIO NUPCIAL

 

La crisis espiritual del hombre contemporáneo tiene una de sus raíces en el silencio de Dios.

Algunos poetas han levantado acta de esta experiencia traumática con enorme lucidez: «Aunque elevamos nuestros salmos / ninguna voz responde desde el cielo… / nuestra oración parece perdida en los caminos del desierto».

Estos versos de Gerard Hopkins tienen el acierto de expresar aquello que tantas personas sienten cuando rezan, y que a menudo suele dar paso al temor de quedar decepcionadas, incluso avergonzadas, para finalmente desembocar en el escepticismo o, lo que es peor, en el cinismo.

Pero si ninguna voz contesta, si el silencio seca todo anhelo, ¿merece la pena intentar una vez más rezar? ¿Acaso no habrá que cambiar la forma que tenemos de orar y comenzar nuestra plegaria implorando humildemente: «Señor, no permitas que quede defraudado»?

Nadie hoy es capaz de eliminar o acortar este silencio. Y en verdad ningún dios vendrá a salvarnos. La única oración posible pasa por que sea humana, y nada más que humana. Porque si no nos hace más humanos, más confiados, más auténticos, no es verdadera oración.

Quizá por ello, la sola palabra con capacidad de salvarnos sea la que ya ha tomado carne. No aquella que por diez veces fue escrita en la piedra, sino «la piedra [angular] misma por donde corre la sangre… / El verbo de donde mana la palabra incesante» (Daniel Faria) a la que acercar la boca y beber, los labios y sellar una alianza nupcial.

 

[Imagen de José María de la Torre, que decora el libro Díselo a Dios, de Luigi Gioia. Fotografía de Daniel Faria, autor del poemario De los líquidos. Ambos libros editados en Ediciones Sígueme.]


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LA MAGIA DE LO INESPERADO

 

Los libros salen a la calle. Abandonan las librerías y decoran avenidas, plazas y jardines.

Desde hace décadas, estas ferias populares se han convertido en una excelente excusa para que los lectores conozcan las útimas novedades editoriales y hasta puedan saludar a los autores (y famosos) que se hacen presentes.

Pero las modas cambian los gustos. Aquello que antes resultaba atractivo, hoy pasa a segundo plano. Gracias a los medios de comunicación de masas y a la publicidad, la mayoría de los visitantes tienen decididos los títulos que van a comprar, de modo que su interés ya no consiste en buscar entre las mesas un libro inesperado, sino en elegir la caseta donde adquirir el título que está en boca de todos. Una extraña globalización ha uniformado los gustos y homogeneizado las compras.

Cada año es más complicado estar al tanto de las novedades publicadas y de las variadísimas temáticas y editoriales que existen. Por ese motivo, una feria permitía ponerse al día y al mismo tiempo descubrir obras que ensancharan los propios intereses.

Al revisar los volúmenes de variado formato, al tomar algunos entre las manos y echar un vistazo a su interior, al detenerse en algún párrafo, el lector experimentaba que aquel libro lo había elegido a él. Asistía así al milagro humilde de dejarse sorprender por lo inesperado. Un tema, un autor o incluso una portada desconocida suscitaban en el lector la sensación del pionero que se adentra en territorios desconocidos, con la promesa de un diálogo fecundo (aunque no siempre pacífico) que lleva más allá.

En una sociedad donde el gusto de la mayoría se impone, los libros se terminan volviendo iguales, hasta el punto de mantener al lector seguro y satisfecho tras los muros de lo conocido.

Y sin embargo, no pocas veces un libro inesperado se ha convertido en puerta que abre a horizontes nuevos donde llenar de oxígeno la mente y el corazón.

 

[Siluetas que aparecen en la portada del libro de Stefano GuarinelliEntre marido y mujer, y que decoran la caseta de Ediciones Sígueme durante esta temporada de ferias.]


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UNA HISTORIA DE LA FILOSOFÍA

O mejor, una historia del espíritu, una historia de los hombres «espirituales», que han ascendido a las altas cumbres para otear los misterios escondidos en el cosmos, en Dios y en el mismo ser humano.

Desde esta perspectiva, recorrer la historia de la filosofía no consiste en otra cosa que en nombrar a los mejores filósofos; aunque no desde criterios cuantitativos, como hacen las ciencias, que se basan en la exhaustividad de los datos, en la estadística y en los procedimientos y rutinas para alcanzar, en definitiva, fines técnicos, pragmáticos y económicos. Y si bien es verdad que la vida es muchas de estas cosas, no son las únicas que explican y dan sentido a la existencia en esta tierra.

Ahora bien, cuando en los tiempos que corren la frontera de lo material comienza a difuminarse, uno sólo puede tomar dos caminos: desandar los pasos y regresar en busca de la seguridad conocida, o adentrarse en el territorio del misterio de lo real acompañado de quienes a lo largo de la historia se atrevieron a contemplarlo. Y entonces resulta determinante elegir bien a los compañeros de camino.

En ese momento, ¿acaso alguien sensato podrá prescindir de Sócrates, Descartes o Kant? ¿Será capaz de ignorar a Epicuro, Anselmo o Schelling? ¿Considerará inútil lo que confesaron Agustín y Pascal, Leibniz y Main de Biran, Kierkegaad o Levinas?

Navegar por la vida sin el astrolabio de la razón y las cartas náuticas de quienes regresaron con éxito de alguno de aquellos extraordinarios viajes resulta una temeridad. O peor incluso, una triste ingenuidad.

[Imagen que decora la colección Hermeneia-Filosofía de Ediciones Sígueme. Fotografía de Miguel García-Baró, autor de Kant y herederos, última entrega de esta particular historia de la filosofía.]


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CASI SIEMPRE EN PRIMAVERA

 

Una semana al año, los cristianos recuerdan la pasión, muerte y resurrección de Jesús de Nazaret. Y lo hacen, en la mayoría de los casos, de forma discreta, casi íntima.

Por su naturaleza, poco tienen que ver estas celebraciones de los seguidores de Jesús con esas otras multitudinarias que se organizan y promueven en la sociedad de hoy.

Para un observador atento y sin especiales prejuicios, las principales solemnidades cristianas terminan siendo demasiado austeras, excesivamente ordenadas, incluso aburridas.

Por el contrario, ese mismo observador constata, sin apenas esfuerzo, el bullicio, la desinhibición, la alegría espontánea y el apasionamiento extático que experimenta la multitud cuando asiste, por ejemplo, a un macroconcierto, a un evento deportivo importante o a una manifestación que desfila festivamente por las calles mientras reclama derechos.

Pero ¿podrían celebrar así los seguidores de Jesús la muerte ignominiosa que sufrió su líder hace dos milenios? ¿O más bien necesitan esforzarse cada año para crear las condiciones de posibilidad que permitan celebrar dicho misterio? Un misterio, no obstante, que invita a quienes participan a adentrarse en el inexplorado territorio donde cada uno puede atisbar esa extraña victoria sobre su muerte.

En un territorio tan extraordinario, la celebración habrá de seguir sin otras reglas. Reglas transfiguradas.

[Detalle de la imagen que decora la cubierta del libro de Olivier ClémentLa alegría de la resurrección. Debajo, fotografía de Nikolái Berdiáiev, autor de Contra la indignidad de los cristianos, que apareció en marzo de este año 2019.]


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A MENUDO LA REALIDAD SUPERA LA FICCIÓN

 

Cualquier historiador o novelista que se precie, y si además se ocupa de la Antigüedad, terminará por escribir sobre la sorprendente llegada a Roma de las extrañas creencias galileas en el siglo I. Cuenta Tácito que «aquellas supersticiones eran dañinas no solo por haber irrumpido en la tierra de los judíos, origen de dicho mal, sino también por haber alcanzado la Urbe, donde confluyen y se acogen las prácticas más deleznables y vergonzosas venidas de todas partes del mundo» (Anales XV, 44, 2).

Es cierto que Galilea no era un lugar tan aislado como podría suponerse; de hecho, por sus tierras atravesaba la famosa Vía Maris, que desde la Antigüedad unía Egipto con Mesopotamia. Es cierto también que sus habitantes comerciaban tradicionalmente con la rica Fenicia, y que las poblaciones junto al pequeño lago de Genesaret florecían gracias a la industria y al intercambio. Pero que el nombre y las ideas de uno de sus habitantes anónimos corrieran de boca en boca incluso en Roma, apenas transcurridos unos pocos años de su muerte ignominiosa, era ciertamente un misterio.

Además, que hubiera ya ciudadanos romanos que, sin dejar de ser fervientes judíos, aceptaran llevar cadenas por ser sus seguidores y no tuvieran miedo de perder la vida por urgir a sus compatriotas a reconocerlo como un dios, acrecienta el misterio.

Uno de aquellos celosos incondicionales, de nombre latino Paulo, apeló al César durante un juicio en Cesarea, de modo que el procurador no tuvo más remedio que enviarlo preso a Roma. Allí empieza esta historia.

Pero el viaje que un día comenzó en Galilea no tiene ahí su final.

 

[Detalle de la imagen de portada del libro de Gerd TheissenEl abogado de Pablo, recientemente publicado en Ediciones Sígueme. Debajo, crismón que decora la cubierta de su exitosa novela La sombra del Galileo.]


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DIÁLOGOS DE PASIÓN

Durante cuarenta días los cristianos se preparan cada año para celebrar la gran fiesta de su fe.

Durante tan singular cuarentena son numerosas y variadas las manifestaciones culturales que han surgido a lo largo de la historia, y que tienen como motivo de inspiración los últimos días de la vida de Jesús de Nazaret.

Hay lugares en que aquellos acontecimientos se rememoran sobriamente en el interior de los templos; otros, en que se escenifican al aire libre gracias a la colaboración de actores anónimos que dan voz a textos medievales y modernos; otros más, en que los cortejos procesionales recorren calles y plazas movidos por la música, el silencio y el fervor suscitado por las imágenes.

Pero si algo tienen en común las jornadas cuaresmales es que recuerdan a creyentes y personas de buena voluntad que el sentido de la existencia jamás se descubre en la soledad individualista, sino en el diálogo que surge misterioso cuando se acompaña a aquel que hace dos mil años fue llevado hasta el Gólgota para sufrir la muerte de los indefensos.

Un diálogo que cada año, en las puertas de la primavera, retorna para que el hombre no olvide lo verdaderamente esencial de esta vida.

[Detalle de la cubierta de Diálogos de Pasión, obra que acaba de ver la luz, en edición aumentada, en Ediciones Sígueme. Debajo, fotografía de José Luis Martín Descalzo, su autor.]


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MERTON

 

La figura del escritor y activista Thomas Merton se encuentra revestida de un aura de romanticismo.

Nacido a comienzos del siglo XX de madre estadounidense y padre neozelandés, formado en las universidades de Cambridge y Columbia en Nueva York, considerado un referente por su sensibilidad estética y cosmopolitismo, Merton ganó justa fama por su compromiso con las causas importantes del hombre contemporáneo.

Para este poeta, el hogar es el mundo. Y más si cabe desde que ingresó en el monasterio trapense de Getsemaní (Kentucky) en 1941.

Aquellos años de noviciado, que desembocaron en su ordenación sacerdotal en 1949, estuvieron marcados por los desastres de la Segunda Guerra Mundial y su estela de violencia, odio y deshumanización.

Nada, ni el mundo ni las personas, volverían a ser lo mismo. La interioridad y el pacifismo ‒hasta cierto punto ingenuos‒, la universalidad y la concordia ‒quizá demasiado idealizadas‒, dejaron en Merton una huella indeleble.

Hoy nada es igual. Pero tampoco el futuro puede construirse desde la dictadura de lo tangible. Y menos aún sin verdadera espiritualidad.

[Fotografía de Thomas Merton con el hábito de monje trapense. Debajo, detalle de la cubierta de su libro Curso de mística cristiana en trece lecciones, recientemente publicado en Ediciones Sígueme.]


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