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A VUELTAS CON UN TEMA RESISTENTE

 

El mal es una de las cuestiones más desconcertantes para el hombre contemporáneo. Incluso puede que sea la primera que por todos los medios trata de esclarecer para pacificar su espíritu e intentar construir el mundo a su imagen y semejanza. Sueña, de hecho, que si resolviera con suficiente acierto el dilema del mal, podría mirar el futuro pacíficamente.

Y sin embargo, da la impresión de que el mal no es domesticable. A lo sumo, la cultura dominante da por perdida la batalla de pensarlo con sentido y gasta sus energías en paliar los efectos indeseados que provoca.

En un tiempo de grandes avances científicos y técnicos, ¿puede el hombre moderno ignorarlo? ¿Tendrá acaso que conformarse con inscribirlo en ese dudoso censo de temas inconcebibles que convendría evitar lo más posible?

Si la filosofía y la teología desean mantener aún su estatuto científico y aportar con rigor una respuesta propia a este interrogante humano, habrán de esforzarse por esclarecerlo sin falsear la realidad concreta, terrena, histórica.

 

[Fotografía de Ingolf U. Dalferth, filósofo y teólogo alemán que aborda esta cuestión en su obra El mal. Ensayo acerca del modo de pensar desde la cultura lo inconcebible, recientemente publicada en Ediciones Sígueme.]


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EL CUADRADO NEGRO

El año 1915, en la antesala de la revolución, Kazimir Malévich cambió el signo de la pintura rusa con su enigmático «Cuadrado negro». Aquel lienzo, desnudo de toda forma, fue visto por la crítica especializada como símbolo de la destrucción de la cultura tradicional y original código de interpretación de la realidad.

Ha pasado un siglo y el «Cuadrado negro» sigue haciendo correr ríos de tinta entre los teóricos del arte, hasta el punto de que algunos consideran que se trata de la más exitosa recuperación del movimiento iconoclasta, en el que Dios es el absolutamente desconocido, el por completo incognoscible, de modo que sólo la teología negativa y apofática permiten rozar los umbrales de su conocimiento.

En todo caso, ni tan siquiera Malévich logró avanzar creativamente a partir de su peculiar agujero negro que todo lo absorbe. De hecho, y según la lógica de este nuevo y radical big bang, en vez de comenzar una historia estética los seguidores son arrastrados a una pre-historia oscura de la Materia que se concentra cada vez más en sí misma, eternamente.

Contra esta destructiva propuesta, el genial pensador Pável Florenski defendió la interpretación contraria. Según él, los iconos y el «Cuadrado negro» representan dos caminos antagónicos para acceder y comprender a Dios.

Y es justamente aquí donde se plantea la cuestión decisiva del arte del futuro: mientras que el «Cuadrado negro» representa el límite más allá del cual toda vanguardia se agota en la nada, los verdaderos iconos funcionan como escaleras tendidas a lo alto con la esperanza de traspasar los límites y adentrarse en ese camino que lleva al hombre desde la mera imagen a la plena semejanza con su Creador.

[«Cuadrado negro», 1915, considerada por Florenski como expresión del anti-icono. Debajo, «Rostro del Salvador», de Andréi Rubliov, icono que decora el interior de El iconostasio, obra de Pável Florenski recientemente reeditada en Ediciones Sígueme.]


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ÉRASE QUE SE ERA

Un panal hecho de historias que tejen las abejas. Porque quienes son como ellas ‒las personas anónimas, sin especial relieve ni significación‒ suelen ser los verdaderos protagonistas de la historia.

Un panal que reúne en su interior, en perfecto orden, la materia transformada proveniente del mundo exterior. En sus celdillas, como en cofres de tesoros, reposa la esencia de aquello que a menudo se desprecia por ser cotidiano: la dorada luz del sol, el polvillo de infinitas flores desconocidas, los aceites humildes de las innumerables aromáticas…

Como en los primeros días de la creación, la saliva de las abejas amasa lo disperso para entregárselo a la comunidad como un don. Puede que por ello las abejas sean vistas en las diferentes culturas como mensajeras de un más allá dichoso, como microanuncios de lo que merece de verdad la pena, como infatigables trabajadoras que suman su gota de miel al proyecto común de la colmena.

En una sociedad tecnificada, que distancia a las personas de todo aquello que es real y concreto interponiendo dispositivos y pantallas, que convierte el mundo en algo meramente artificial y binario, un libro de cuentos logra a veces el milagro de remover las escamas de los ojos y de abrir ventanas a imaginar, encarnada, la propia existencia.

[Detalle de un panal, una de cuyas celdillas decora la portada del libro de Pierre-Olivier Bannwarth,Cuentos de la colmena. La hermandad de las abejas, recientemente publicado en Ediciones Sígueme.]


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RELECTURAS

 

Hay ocasiones en las que el lector regresa a un libro que dejó en él una profunda huella. Otras, en las que retorna al texto que le permitió afrontar circunstancias adversas que, por desgracia, se hacen presentes de nuevo en su vida. Sueña con que aquello que le abrió nuevos horizontes, movilizó energías no imaginadas o le liberó de miedos paralizadores, vuelva a producir los efectos de entonces.

Algunas pocas veces, sin embargo, se relee un libro por desazón, o lo que es lo mismo, por necesidad. El lector se ve forzado a retomar la obra que en su momento no logró comprender del todo. Si es sincero consigo mismo, terminará por reconocer que fue incapaz de descubrir la luz que el libro encerraba en sus páginas. Y también que se hizo la promesa de volver algún día a abrir aquellas páginas para desenterrar al fin el tesoro.

Ese tipo de libros son impagables. Títulos que superan al lector, que le retan a no conformarse con la superficialidad de lo ya sabido, que le exigen dar lo mejor de sí. Son los libros con mayúscula.

Si estos desaparecieran, solo subsistiría la industria. Con sus autores, sus críticos, sus ejecutivos, sus publicistas. Una industria en nada diferente a muchas otras cuyo único objetivo es el lucro.

 

[Fotografía de Daniel Faria, genial poeta portugués que murió con apenas veintiocho años. Debajo, imagen que decora la portada de su segundo poemario, Hombres que son como lugares mal situados.]


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FERIAS

El buen tiempo marca el calendario de la salida de los libros a plazas y jardines.

Se ha convertido en costumbre que los consistorios municipales sumen a la programación anual de ferias la del libro. Esta práctica muestra, de manera metafórica, el lugar que ocupa el libro en la sociedad actual. Y es que en las últimas dos décadas el libro ha perdido paulatinamente importancia. De ser medio privilegiado para transmitir el saber, elevar el nivel cultural de la población y nutrir un ocio de calidad, ha pasado a convertirse en una excelente excusa para el entretenimiento popular. Así, en las ferias principales no pueden faltar los personajes famosos que acaban de publicar un libro, las actuaciones musicales y de títeres para los más pequeños, las conferencias y actos publicitarios, y por supuesto la amplitud y variedad de servicios propios de los parques temáticos.

Con todo, el lector inquieto siempre es capaz de descubrir libros inencontrables. Y ello a pesar de que el mercado, en manos de los grandes grupos editoriales, se esfuerza por homogeneizar los gustos de la sociedad a través del control de los medios de promoción y publicidad, de la ocupación del espacio en las librerías y de la determinación de los contenidos, autores y géneros escogidos para la temporada.

Sin darse por vencidas, muchas editoriales empiezan a asumir que la feria del libro es para ellas un ámbito de resistencia contra la tiranía de las modas; más aún, un territorio donde obrar el milagro de que el gran público ojee sus obras y que el lector independiente adquiera esos títulos que son capaces de arañar el pensamiento único.

[Caseta 130 de Ediciones Sígueme en la Feria de Madrid, que tendrá lugar del 25 de mayo al 10 de junio en el Parque del Retiro. Cubierta de El pudor, una de las novedades que se ofrecen este año.]


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LA MEMORIA DE LOS SANTOS Y EL HISTORIADOR

Adentrarse en la Europa de la Antigüedad tardía se asemeja a la extraña sensación al contemplar la propia imagen en un espejo empañado: muchos de los rasgos resultan familiares, pero otros aparecen deformados por las diminutas gotas de vapor.

Los historiadores que como Brown han estudiado los siglos IV y V no dejan de sorprenderse del parecido con el final del siglo XX y el inicio del XXI. Entonces y ahora se es testigo de un imparable cambio del imaginario social, caracterizado por el conflicto de lógicas antagónicas en la cultura, la política, la economía y la religiosidad.

Si en el declive de la Antigüedad pagana el cristianismo provocó la sustitución de muchos usos y costumbres ‒la mayoría de los cuales no desaparecieron, sino que se transformaron‒, hoy los valores centrales de la cristiandad están experimentando una profunda metamorfosis que se abre paso a tientas, si no a codazos.

Cuando a finales del siglo pasado Peter Brown decidió investigar y publicar El culto a los santos, desconocía la acogida que se dispensaría a su ensayo, que en el fondo versa sobre «la conexión que existe entre el cielo y la tierra», y el papel paradigmático que desempeñaban los difuntos en aquella sociedad.

Hoy, el imaginario emergente puede dar la impresión de circunscribirse, por influjo de las ciencias y de la realidad virtual, a lo tangible y terrenal. Incluso puede extenderse la opinión de que en manos de la técnica se encuentran todas las soluciones a los problemas de los humanos. Y sin embargo, resurgen por doquier no pocos intentos de alcanzar otra esfera, una especie de gloria que desborde la materialidad opresora que imponen esos pocos que de verdad lo dirigen todo.

¿Acaso algo tan tradicional como el culto a los santos ‒al menos por analogía‒ puede abrir espacios de liberación a individuos y grupos que jamás moverán los hilos de este mundo?

[Imagen paleocristiana de los apóstoles Pedro y Pablo que se ha usado para la cubierta del libro El culto a los santos. Debajo, fotografía del autor, el historiador irlandés Peter Brown.]


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JERUSALÉN

 

No existe una ciudad más santa. Ni a lo largo de la historia ni en lugar alguno del mundo.

Allí Dios se dejó ver a Abrahán cuando Israel empezaba, sin saberlo, a ser un pueblo. Y allí el Señor se reveló como plenitud de paz. Allí reposan, según antiguas tradiciones, los huesos de Adán. Y allí concluyó su vida terrena el Galileo más famoso que ha existido.

Desde el exilio en Babilonia, los judíos de la diáspora miraban hacia Jerusalén al recitar sus oraciones. Y se juramentaban para no olvidarse jamás de ella.

Profetas y escritores apocalípticos no conciben el futuro sin imaginar la ciudad santa como novia que se engalana para su esposo, como congregación de todos los pueblos, riquezas y bienes, como paraíso libre de llanto y dolor, violencia y muerte.

A esta ciudad real e imaginaria, gobernada por el príncipe de la Paz, no han dejado de acudir gentes de todo lugar y condición. De modo que nada tiene de particular que en el siglo IV mujeres como Egeria, Melania y Paula desearan visitarla. O que en el siglo XIX, cuando en Rusia renació la espiritualidad del corazón, muchos peregrinos anónimos ansiaran llegar a ella, ciudad de la paz definitiva.

[Fotografía de Jerusalén que decora el libro Mujeres viajeras de la Antigüedad, donde se recogen los relatos de Egeria, Paula y las dos Melanias; debajo, pez que decora el clásico Relatos de un peregrino ruso, ambos editados recientemente en Ediciones Sígueme.]


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ROWAN WILLIAMS

 

Cristiano. Galés. Arzobispo de Canterbury y primado de la Comunión Anglicana desde 2002 hasta finales de 2012, fecha en que hizo efectiva su renuncia a la sede episcopal.

Profesor en Cambridge y Oxford. Hombre de cultura. Promotor del ecumenismo y de la unidad de todos los cristianos.

Poeta. Teólogo. Escritor preocupado por la verdad del cristianismo en la sociedad actual.

Cada una de sus obras invita a reflexionar sobre la esencia de la fe y la autenticidad de la vida cristiana. En ellas, el bautismo, la Palabra de Dios, la eucaristía y la oración configuran a los seguidores de Jesús. Siempre en el horizonte de su pasión, muerte y resurrección.

Sólo esto. Pero no menos que esto.

 

[Fotografía de José Aguilella Maneu que decora el libro de Rowan Williams, Ser cristiano, publicado recientemente en Ediciones Sígueme.]


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EL BARCO DE LOS FILÓSOFOS

Entre los pasajeros que aquel aciago 29 de septiembre de 1922 se vieron obligados a subir al vapor alemán «Oberbürgermeister Haken» se encontraba Semión Frank, uno de los más geniales y desconocidos filósofos del siglo XX. Su obra, de gran rigor formal, sigue siendo un reto para los lectores actuales.

Desde hacía algún tiempo, Lenin trataba de enviar un mensaje contundente a todos aquellos intelectuales que no eran marxistas o de los que se sospechaba que, amparándose en la libertad de cátedra, corrompían a los alumnos con ideas contrarrevolucionarias como la defensa de la libertad de expresión y el pensamiento individual, el control de la violencia del Estado, la iniciativa empresarial privada y la posibilidad de decidir la propia profesión. Trotski había justificado las deportaciones de intelectuales porque, si bien «no había pretexto para fusilarlos a todos, tampoco había posibilidad de tolerarlos».

El caso es que aquella mañana de otoño, en el puerto de San Petersburgo, y prácticamente con lo puesto, embarcaron una treintena de intelectuales acompañados de sus familias. La lista la encabezaban filósofos como Nikolái Berdiáyev, Iván Ilyin, Nikolái Loski o Mijáil Osorguín, además de los rectores de las universidades de Moscú y San Petersburgo.

Durante los meses siguientes fueron deportadas cerca de trescientas destacadas figuras de la cultura, cuya marcha empobreció irremisiblemente el país.

En los años posteriores, la mayor parte de los filósofos enseñó en Alemania, Francia, Inglaterra y Estados Unidos, contribuyendo con su ciencia a enriquecer el pensamiento de los centros de estudio que los recibieron.

Aquel barco, símbolo del ostracismo y de la supresión del pensamiento libre, se convirtió paradójicamente en la mejor forma de dispersar lo mejor del acervo intelectual y espiritual ruso por Occidente.

[Litografía del vapor «Oberbürgermeister Haken», conocido como «el barco de los filósofos». Debajo, fotografía de Semión Frank, autor de El objeto del saber, recientemente publicado en Ediciones Sígueme.]


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PERSONAS Y LIBROS

 

Los seres humanos necesitan contar su vida y aquello que les rodea.

Tal vez por ello la narración se convierta para los humanos en una de esas actividades imprescindibles que les permite hacerse conscientes de sí mismos y de la realidad que habitan. En la medida en que los libros colaboran en esta tarea, han hecho las veces de compañeros de camino y de maestros a lo largo de la historia.

Una sociedad que olvida los libros y se abandona sin más a las imágenes y los sonidos está invirtiendo sobre todo en espectadores y oyentes, pero no en interlocutores que dialogan, en ciudadanos capaces de conversar en plano de igualdad.

La lectura excita la imaginación, favorece la creación de imágenes y sonidos propios, genera diálogo interior. A través de la lectura de un buen libro se aprende a distinguir entre la amplia gama de matices que enriquecen la existencia. La lectura de un libro bueno sirve para huir de la superficie y establecer comunicaciones que hacen del otro un prójimo. No un adversario o un competidor, no una amenaza o un peligro, no un instrumento o un escalón para ascender, sino un sujeto imprescindible para ensayar la escucha y el diálogo que permiten acceder al corazón de lo real y de lo común a todos.

 

[Fotografía de Sylvie Germain, autora de Cuatro actos de presencia, recientemente publicado en Ediciones Sígueme. Debajo, peces que decoran la cubierta del libro Conversaciones para iniciarse en la vida espiritual, en la colección Ichthys.]


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