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UN LIBRO PARA COMENZAR EL AÑO

 

Todo inicio reclama palabras verdaderas. Y el año que está comenzando las requiere por numerosos motivos.

Al abrir las páginas de un libro, el lector desea secretamente que las palabras que recorren sus ojos puedan iluminar la realidad que le envuelve. Pretende, sí, oxigenar su mente, pero también sueña con reforzar las convicciones que aportan sentido, seguridad y descanso ‒aunque sean mínimos‒ a su existencia.

Hace ya medio siglo que Elie Wiesel escribió Celebración jasídica. Con esta obra intentaba cumplir uno de los deberes que se había impuesto cuando perdió a casi toda su familia en los campos de concentración de Auschwitz y Buchenwald. Desde entonces se impuso recoger las historias que le había contado su abuelo materno para no separarse jamás de sus raíces.

Cada uno de los grandes maestros jasídicos que desfilan ante el lector aportan a la realidad la extraña luz que brota de la paradoja. De hecho, casi nada de lo verdadero es lo que parece. Además, siempre es posible contar de nuevo las historias que no solo protegen de los demonios que amenazan, sino que curan de las falsas seguridades y creencias que dicen asegurar la felicidad.

Baste una sola frase de este libro para acompañar los primeros días del nuevo año. «La oposición [o sea, las dificultades externas] estimulan, enriquecen y endurecen el pensamiento y el espíritu… Ella es la que impide las falsas huidas y, en alerta constante, llama a combatir cualquier debilidad, cualquier inclinación a la vulgaridad». Así pensaban los rabinos heterodoxos de la escuela de Pshiskhe cuando alboreaba el siglo XIX en tierras polacas.

Feliz año nuevo.

 

[Imagen que decora la cubierta de Celebración jasídica, publicado por Ediciones Sígueme en 2003. Debajo, fotografía de Elie Wiesel, autor también de Celebración profética y A corazón abierto.]


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DE FELICITACIONES NAVIDEÑAS

 

Las fiestas de la Navidad son desde hace al menos mil quinientos años un tiempo singular. El éxito paulatino del cristianismo generó un cambio de modelo cultural que condujo a la transformación de las antiguas fiestas de la luz y el exceso, en celebraciones caracterizadas por la sobriedad y la esperanza.

Sin duda, este cambio de paradigma democratizó aquellas fiestas, ya que recordaban que lo esencial y propio de los humanos, a pesar de la precariedad e insignificancia de la existencia de la mayoría, es la fraternidad.

Tan sorprendente afirmación, que hoy se da por descontada, supuso una revolución en la mentalidad de la época. Frente a la organización social basada en el poder de unos pocos que gozan de una posición de privilegio por su linaje o sus bienes, el nacimiento de un hombre corriente en Belén, considerado por algunos «hijo de Dios», aunque sin pretender imponerse sobre sus iguales, inaugura una nueva época a la que acompaña una nueva manera de ver el mundo, la sociedad y el hombre.

Hoy, cuando el desarrollo de la historia parecía avanzar en esta dirección democratizadora, han surgido en las sociedades modernas variados tipos de élites que imponen desde la política, la economía y la cultura el modo bueno de vivir. Estos grupos tienen como característica la exclusividad, hasta el punto de asemejarse a clubes de selectos cuyo derecho de admisión está restringido. La paradoja se completa cuando empieza a constatarse en las grandes potencias mundiales el surgimiento de una nueva aristocracia que, en la práctica, termina por verificar las terribles profecías de Platón en su República.

Recuperar y profundizar en la Navidad es devolver a los hombres y mujeres sin distinción la esperanza en un mundo más justo donde se respeta al prójimo y se ampara la libertad de cada persona. Un mundo cuyo valor supremo es el bien común y no la ideología que imponen los que dicen ser los mejores. Un mundo, en definitiva, de hermanos.

 

[La felicitación navideña de Ediciones Sígueme son tres libros que decoran esta entrada: Navidad y políticaBakhita y Amar hasta el final.]


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MARCOS, UNA JOYA LITERARIA OLVIDADA

El evangelio de Marcos es uno de los textos antiguos más geniales de la literatura universal. Sin embargo, su estudio apenas tiene consideración en las facultades de filología clásica. Tampoco ningún crítico literario de fama parece haber considerado necesario gastar ni un minuto de su tiempo en reseñar esta singular novela biográfica para la revista en la que colabora.

Lo más curioso del caso es que el relato de Marcos nunca ha dejado de reeditarse, casi siempre acompañado de otros escritos de la Antigüedad, con gran éxito de ventas.

Entonces, ¿por qué este olvido filológico y literario? Tal vez porque se trata de un escrito sagrado del cristianismo y se da por supuesto que ya tiene bastante reconocimiento y visibilidad entre sus devotos. No obstante, a nadie se le ocurre decir esto mismo de textos sagrados egipcios o sumerios, órficos o mitraicos, hinduistas, confucionistas, budistas, mandeos o sufíes, por señalar tan solo los más conocidos.

¿Y a qué se debe semejante indiferencia cultural? Quizá porque resulta demasiado familiar y está hasta tal punto arraigado en el imaginario colectivo de Occidente que se considera carente de interés para el común de los lectores, especialmente para las nuevas generaciones que se inician en las bellas letras.

Pues, con todo y con eso, el evangelio de Marcos es una obra maestra. Entre otras razones, porque inaugura un género literario; porque ha retratado a uno de los personajes más reconocidos de la historia y la literatura universales, muy por encima ‒por ejemplo‒ de Alejandro Magno o don Quijote; o porque ha conformado el imaginario de millones de personas e inspirado a miles de artistas en los últimos veinte siglos.

Aunque su verdadera genialidad es de otro orden. Pocos libros como él pueden presumir de haber sido leídos a diario, tanto en privado como en público, en algún rincón del mundo desde hace casi dos mil años. Prueba elocuente de ello es que durante el nuevo año litúrgico, que comenzó el último domingo de noviembre, los cristianos irán escuchando en sus celebraciones semanales prácticamente la totalidad de los seiscientos setenta y siete versos que componen esta genial epopeya. Y, de manera imperceptible, irán transformando sus vidas.

[Portadas de algunos libros publicados en Ediciones Sígueme que tienen como protagonista esta obra: El evangelio de Marcos como relatoEl camino del discípuloEl evangelio según Marcos y El evangelio según san Marcos.]


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EXCELENCIA

 

En algún momento de su desarrollo, la vida humana entra paradójicamente en crisis. Hasta entonces, parecía compartir con la vida vegetal y animal una misma estrategia para responder con éxito a los estímulos del medio ambiente, cuya ley suprema consiste en rehuir aquello que causa dolor y buscar lo que proporciona placer.

Esta lógica natural, en apariencia incuestionable, se ha revelado desde los inicios de la humanidad como el mayor de los peligros para su supervivencia. No en vano, si quieren subsistir, los humanos necesitan un cuidado atento y prolongado en la primera fase de su vida.

Esta dependencia, que está en el origen de la educación, se ha revelado exitosa ante todo en el seno de una familia. Es ahí donde los responsables del niño practican, sabiéndolo o no, la virtud de la templanza, que consiste en preocuparse de la supervivencia de la prole indefensa. Esta práctica nada tiene que ver con la lógica natural, puesto que desdice que sean el placer y el dolor los que condicionen las respuestas de los humanos a los estímulos ambientales.

Si esta nueva lógica se aplica no solo al ámbito familiar, sino también al social, la virtud que ejercita la preocupación por el otro indefenso es la prudencia. En este nuevo horizonte, templanza y prudencia conducen a la justicia, que es la antesala de la sabiduría y de la excelencia. Quien la adquiere, se protege en primer lugar de las reclamaciones del instinto biológico, que busca siempre imponer la propia voluntad sobre los otros más débiles, incluso a través de la violencia, y en segundo lugar, se libera del autoengaño de considerarse fin en sí mismo.

Ya los primeros filósofos griegos y los sabios de Israel reflexionaron desde sus fuentes sobre esta extrañeza que caracteriza a los humanos y sobre la necesidad de adiestrarse en la autodisciplina y en el discernimiento de los deseos, para situarse en el mundo de manera sensata y solidaria, razonable y justa, agradecida y sabia. En definitiva, auténticamente humana.

 

[Busto de Platón. Debajo, Miguel García-Baró y Claudia Mársico, autores del libro La templanza y la prudencia, sobre los diálogos platónicos Hipias Menor y Cármides, obra recientemente publicada en edición bilingüe.]


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LA HISTORIA DESCONOCIDA Y OLVIDADA

 

Uno de los grandes peligros de la sociedad digital es la pérdida de la memoria. Y como son las pantallas las que en buena medida intermedian la idea que se hacen las personas del mundo que habitan y del futuro que imaginan, el pasado pierde su relevancia.

No es extraño, pues, que el uso creciente de estas ventanas mágicas dé pie a situaciones casi humorísticas. Así, de tanto en tanto, algunos se presentan como los «descubridores» de teorías que se propusieron siglos atrás; otros defienden con inusitado ardor recetas «revolucionarias», sin saber que ya fueron ensayadas con un alto coste de vidas humanas; otros, incluso, se esfuerzan por alumbrar ocurrencias éticas y estéticas que, probadas en el pasado, terminaron reducidas a cenizas.

Y es que el desconocimiento de la historia conduce tristemente a callejones que no llevan a ninguna parte; o, si se quiere contemplar desde otra perspectiva, la falta de memoria impide ver que esta sociedad transita por una fase de brillante decadencia que anuncia el final de una época.

Conocer la historia de otras épocas y lugares tal vez pueda protegernos de hacer de todo una trágica y cómica «autobiografía», y de considerar la verdadera grandeza del ser humano desde la pobre altura a la que hemos sido capaces de elevarnos.

Ciertamente, quien olvida la historia corre el riego de repetir sus errores y, lo que es más penoso, de quedar satisfecho con sus limitados logros.

 

[Mapa medieval que decora la portada del libro del historiador galés Philip JenkinsLa historia olvidada del cristianismo, recientemente publicado. Debajo, imagen de cubierta de El amor a las letras y el deseo de Dios, del reconocido historiador francés Jean Leclercq.]


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TERAPÉUTICA DE LAS ENFERMEDADES ESPIRITUALES

 

«La salud ‒han afirmado a lo largo de la historia muy distintos pensadores‒ no es nunca fin en sí misma, sino solo la condición para que el hombre alcance su plenitud», tenga esta el significado que cada uno quiera darle.

En una época tan incierta como la que nos toca vivir, tal vez convenga recordar este principio una y otra vez si no queremos ser sepultados por la permanente avalancha de información que anega día tras día la verdad. 

Mas quizá también convenga repetirlo sin descanso ‒que la salud no es fin en sí misma, que la vocación del hombre le lleva siempre más allá‒, para poder alzar la mirada de todo aquello que afecta a la mera supervivencia y al bienestar físico y psicológico, y así poder interrogarse por el sentido del propio existir, que es mucho más que el simple permanecer con vida.

Descubrimos en este punto, con cierta sorpresa, que los hombres y mujeres actuales tal vez de lo que están aquejados es de algún tipo de enfermedad del espíritu supuestamente desaparecida, que impide aquietar la angustia y aprender a vivir desde la gratuidad de la existencia. No en vano, el don que se nos ha concedido al venir a este mundo sólo muestra su eficacia cuando es acogido con una verdadera actitud «espiritual», según el sentido más excelso de esta gastada palabra.

Porque, como refiere el poeta, esta vida alcanza su máxima dignidad y belleza cuando se vive «un poco por encima del suelo… / allí donde los pájaros se inclinan para empezar a volar».

Por supuesto, sin dejar nunca de amar esta tierra tan querida y a quienes cruzan por ella.

 

[Imagen que decora la tercera edición de Terapéutica de las enfermedades espirituales, de Jean Claude Larchet. Debajo, fotografía del poeta citado, Daniel Faria, en su poemario Explicación de los árboles y otros animales.]


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LA BUENA MUERTE
 

Ningún ser humano desea morir. Pero si se plantea una decisión tan extrema, las razones que lo empujan suelen ser el miedo a un dolor insoportable, a la limitación extrema o a la soledad insuperable; otras son el sentimiento de no ser ya útil, de causar molestias a los seres queridos o incluso el rechazo social por convertirse en una carga sanitaria, asistencial y económica.

Ningún Estado es propietario de los ciudadanos que lo integran. No tiene derecho a disponer de su vida ni menos aún a empujarlos a que se la quiten.

A este respecto, resultan iluminadoras las palabras de François Mitterrand a Marie de Hennezel, defensora y divulgadora de los cuidados paliativos. Ante la posibilidad de aprobar una ley que despenalizara la eutanasia en su nación, el que fuera presidente de la República Francesa, secretario general del Partido socialista y uno de los líderes más respetados de la Unión Europea exclamó: «¡No he abolido la pena de muerte para volver a introducirla bajo otro ropaje! ¡En un país democrático, una ley no puede consagrar un derecho como este! Mientras viva me opondré a que se cruce esta línea roja. ¡Es algo muy grave! No vamos a otorgarle legalmente a una profesión [la médica] el derecho a administrar la muerte» (Nous voulons tous mourir dans la dignité, Paris 2013, 38).

Nadie duda de que hoy es posible morir en mejores condiciones que en el pasado. Sorprende por ello que no se promueva en la sociedad el debate sobre el valor incondicionado de cada persona y sobre el desarrollo de los cuidados paliativos al final de la existencia. Ningún beneficio económico, ninguna ideología de moda, ningún cálculo social puede justificar no hacerse cargo del paciente, es decir, escucharle, atenderle y acompañarle humanamente, como un bien que ha de ser salvaguardado.

Porque cuando una sociedad cruza la frontera de la eutanasia, todos (y si se es pobre, mayor aún es la amenaza) terminamos, antes o después, siendo prescindibles.

[Fotografía de algunos de los autores de Eutanasia. Lo que el decorado esconde, todos ellos profesionales de la medicina y los cuidados paliativos: Timothy Devos, An Haekens, Catherine Dopchie, Willem Lemmens…]


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ACTOS DE PRESENCIA

 

La última recomendación de este verano extraño tiene como protagonista una obra de Sylvie Germain, novelista francesa de éxito que además se prodiga en el ensayo divulgativo.

Alumna de Emmanuel Levinas, que dejó en ella una profunda huella, Germain reflexiona en su libro Cuatro actos de presencia sobre la cara oculta de la realidad. No, ciertamente, la cara esotérica y espiritista que en todas las épocas ha tenido legiones de entusiastas de las emociones paranormales; sino la cara que, a pesar de no ser llamativa y parecer incluso vulgar, alimenta como savia nueva la existencia de quienes buscan el sentido de esta vida.

La propuesta de la autora, a todas luces paradójica, no es otra que acoger la revelación que proporciona el sufrimiento, la pérdida, la soledad, el silencio o lo que nos visita inesperadamente y que oculta el verdadero secreto de la vida.

Estos «actos de presencia», estas «visitaciones», exigen excluir cualquier forma de violencia, sea contra uno mismo, contra los demás o incluso contra Dios. Se trata, más radicalmente, de renunciar a creer ingenuamente que está en nuestra mano, en nuestra voluntad y en nuestra inteligencia la solución de todo cuanto irrumpe indeseadamente en nuestra vida, y de permitir que ocupen el primer lugar las lágrimas espontáneas que nos vacían de nuestras falsas fortalezas y dan paso a una fe contra toda esperanza, que se nos revela, sin embargo, como levísimo fulgor de gracia.

Los actos de presencia son auténticos cuando nos empujan con suavidad incontestable a acometer cada jornada como un nuevo comienzo, y siempre en pie, aceptando la intemperie y el desierto con la ingenua tozudez del niño. Porque, en el fondo, es esa constancia obstinada la que permite al niño mantenerse fiel a lo que intuye como verdadero y bueno.

Feliz lectura para este final de verano (o de invierno austral).

 

[Imagen que aparece en la primera portadilla del libro Cuatro actos de presencia, de Sylvie Germain, publicado en 2017. Debajo, fotografía de la autora.]


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RECUERDOS SIBERIANOS PARA SUAVIZAR LA TEMPERATURA

 

«No sé ni quién ni qué fui antes de venir a esta tierra. En ella aparecí en 1875». Así comienza Recuerdos de un misionero en Siberia, obra publicada por entregas en una revista rusa allá por el año 1917. A este libro quiere dedicarse, precisamente, la tercera recomendación del verano.

El motivo de la elección no puede ser más sencillo: se trata de un clásico de la literatura popular rusa apenas conocido, que desborda, con mucho, el ámbito de la espiritualidad.

Cuando ya la sociedad comenzaba a sentir los cambios provocados por la revolución bolchevique, que se acentuarían con el tiempo de forma trágica, estas memorias de un hombre corriente testimonian la gran historia cotidiana que discurre por debajo de las crónicas oficiales. En ella se revela la verdad de tantas vidas, usos y costumbres, relaciones y valores que forman el alma de un pueblo.

Lejos de los órganos de poder, de las élites que determinan la existencia de millones de personas, convertidas apenas en un número en las estadísticas, la vívida memoria de Spiridón permite al lector recorrer las tierras siberianas y asistir a encuentros inesperados: ora con un estudiante terrorista, ora con un asesino que terminaría haciéndose monje; ora con un musulmán de corazón evangélico, con una pecadora arrepentida, con un moldavo parricida o con uno que fue condenado por amar a sus hermanos. Encuentros todos ellos donde la vida se llena de dolor, mas también de esperanza; de crueldad y arrebatos mortíferos, pero también de heroísmos y arrepentimientos insospechados.

En la estela del exitoso Relatos de un peregrino ruso, los Recuerdos de este archimandrita representan un capítulo más de la misteriosa historia de Rusia, así como de la inclasificable naturaleza humana.

Sin duda un clásico para redescubrir este verano (o invierno austral). Feliz lectura.

 

[Peces en sucesión descendente que decoran la portada del libro Recuerdos de un misionero en Siberia, publicado en 2003 dentro de la colección Ichthys. Debajo, pintura del paisajista ruso Isaac Levitan, titulada Eternidad, 1894.]


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LA HERMANDAD DE LAS ABEJAS

El color dominante de los grupos podría ser el ámbar. Por eso tiñe nuestra web en esta segunda recomendación lectora del verano (o del invierno austral).

Para explicar esto, habría que comenzar diciendo que la realidad se suele interpretar a partir de modelos. Y aunque ninguno es perfecto, sirven para percibir rasgos esenciales y para simplificar la complejidad de cuanto nos rodea. Quizá por ello, las abejas y sus colmenas llamen poderosamente la atención de los humanos desde la Edad de Piedra.

Su modo de organizarse, el celo por salvaguardar a toda costa el grupo, la manera misteriosa de comunicarse y de actuar al unísono, por no hablar de la riqueza acumulada en forma de miel y cera, fruto de su laboriosidad, constituyen un modelo que, en cierto grado, ha sido fuente de inspiración para el desarrollo de la civilización humana.

No resulta extraño, pues, que las abejas estén presentes en multitud de relatos de las más variadas épocas y culturas.

Las historias sobre abejas hablan de virtudes y defectos, de herencias y avaricia, de ingenio, solidaridad y heroísmo, de fatiga, constancia y dulzura. Y siempre, siempre, siempre, de las sorprendentes formas que puede adoptar el amor.

Feliz lectura veraniega (o invernal).

 

[Celdilla de cera que decora la cubierta del libro Cuentos de la colmena. Debajo, dos abejas entre la miel.]


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