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IDENTIDAD, ESE TESORO…

 

La pregunta por la propia identidad aparece con fuerza en los periodos convulsos de la historia. Da igual si se plantea a nivel de un país, una institución, un estado de vida, una profesión o un individuo. Se cuestiona la razón de ser cuando las convicciones que parecían inmutables se tambalean.

Además, en las sociedades abiertas la globalización ha impuesto relaciones de interdependencia a todos los niveles, que a menudo aprovechan las modas y sus productos asociados para hacer atractivo, ante los ojos sorprendidos de los espectadores, lo exótico, lo raro y lo diferente.

En un mundo que se mueve de forma vertiginosa hacia adelante, todo se vuelve más complejo a la hora de tomar decisiones importantes en la vida. Se tiene la impresión de que antes todo era más fácil porque el valor que se concedía a las tradiciones aportaba seguridad y estabilidad. Hoy, asumir una responsabilidad que puede determinar la existencia de un individuo o de una sociedad produce una desazón interior que pone en cuestión la identidad personal, institucional o social. Más aún, surgen las dudas y se desconfía de las razones que previamente se consideraban incuestionables.

Un ingenuo ‒y hasta convencido‒ adanismo social parece querer hacer nuevas todas las cosas, sin examinar a fondo el valor de lo propuesto y las consecuencias de lo decidido. Resulta frecuente imponer deseos y sentimientos, o lo que es peor, simples ideologías, que devuelven a los grupos y a los individuos a estadios tribales donde rige el principio de autoridad; o bien lo determina todo la moda de turno o el gusto individual más desencarnado.

Conviene recordar, no obstante, que a lo largo de la historia estos modos de proceder nunca han sido la solución para que una sociedad se renueve y avance. Ni tampoco la homogeneización en las decisiones personales, que hace normativas unas pocas vocaciones y descalifica interesadamente otras, ha generado esperanza cierta o sentido duradero a los individuos.

 

[Detalle de la imagen que decora la portada del libro de Lorenzo PerroneLa necesidad del consejo, que acaba de ver la luz, y fotografía del autor. Debajo, imagen de cubierta de La vocación en la Biblia, obra de Carlo Maria Martini.]


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EXTRAÑAS COINCIDENCIAS

 

Pocas cosas les llaman tanto la atención a los seres humanos como las coincidencias. Tal vez por la inquietud que les causan, no dejan de buscar razones que de alguna forma las expliquen.

Llama poderosamente la atención, pues, que en los grandes centros del judaísmo jasídico del Impero austrohúngaro y las llanuras de Ucrania a mediados del siglo XVIII y primer tercio del XIX, el nazismo estableciera, pasado el tiempo, muchos de sus campos de concentración. Y casi cien años más tarde, en esas mismas tierras, se cierna nuevamente sobre la población la sombra del terror causado por las bombas rusas.

Aún más extraño resulta que aquellas comunidades jasídicas escucharan con creciente perplejidad de boca de sus maestros que una enorme catástrofe estaba a punto de suceder, y que ante ella ‒insistían de forma reiterada‒ era imprescindible alimentar y mantener la más profunda de las alegrías, ya que bajo ningún concepto ‒aseguraban una y otra vez‒ podían anegarse sus fieles en la gris y mortal melancolía que corroe la vida.

Los maestros jasídicos se llegaron a confabular para impedir la catástrofe moviendo la voluntad de Dios con ritos secretos infalibles, aunque cuentan las leyendas que no se terminaron de poner de acuerdo. En todo caso, tenían claro que ningún miembro del pueblo elegido puede aceptar sin más el funesto sinsentido de la desesperanza, porque eso es conceder victorias póstumas a las fuerzas que desde el principio del mundo trabajan para reducir al género humano a la completa irrelevancia.

Los maestros jasídicos comprendieron esto de manera profética, sin ser ellos mismos conscientes del profundo legado repleto de esperanza que ofrecieron a todo hombre que viene a este mundo.

En esto, jamás es posible rendirse sin luchar. Porque al menos están a nuestra disposición las armas del asombro y la fe, la belleza y el humor, la bondad y el perdón.

[«Menorá» medieval que decora la portada del libro de Elie WieselContra la melancolía, que acaba de ver la luz y forma un díptico con Celebración jasídica. En la parte inferior, icono de la resurrección de Lázaro, imagen impresa en la portada del libro de Alexander Schmemann¿Dónde está, muerte, tu victoria?]


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LA CONCIENCIA

 

Los seres humanos tienen la increíble capacidad de justificar cualquier cosa; casi siempre por temor a que las convicciones en las que basan su vida puedan venirse abajo cuando las ponen en cuestión noticias o testimonios negativos que traspasan las barreras de lo privado para hacerse escuchar.

Si en las sociedades abiertas no todo está permitido, menos aún en la Iglesia puede justificarse cualquier comportamiento a la luz del Evangelio. Es cierto que el mensaje de Jesús ha sido instrumentalizado a lo largo de los siglos, pero también lo es que desde el principio ha sido acogido por hombres y mujeres en toda su radicalidad. Escuchada esta Palabra con oídos limpios, ilumina la conciencia individual, verdadero santuario del encuentro con Dios.

Para el cristianismo, la defensa de la inviolabilidad de la conciencia personal constituye el último muro de contención que ha de ser salvaguardado a toda costa. Los cristianos son urgidos a posicionarse frente a cualquier moda social que promueva y justifique las bondades de exponerse públicamente bajo el mantra no escrito ‒especialmente entre los adolescentes y jóvenes‒: «Tanto vales cuanto más te das a conocer».

Frente a esta sobreexposición en imágenes, fotos, mensajes, asentimientos e intimidades personales, se impone aplicar el pudor, porque es la única arma natural que defiende ‒especialmente a los más débiles‒ de la desestructuración. Al ser el pudor un elemento constitutivo de la naturaleza humana (que poco tiene que ver de entrada con la moralidad rigorista), es lo que protege al sujeto de todo tipo de abuso, violación y depreciación, incluso por parte de aquellos que pudieran ser consentidos por él mismo.

Únicamente con relaciones sanas que no producen víctimas y con guías íntegros y confiables pueden tener salvación la sociedad, la política, las familias, la educación, las comunidades de fe, los medios de comunicación y, en definitiva, la especie humana. Todo lo demás es pura ideología que suele justificar intereses tristemente inconfesables.

 

[Imagen que decora el libro de Monique Selz El pudor. Un espacio de libertad. Debajo, detalle de la cubierta de la obra de Philippe Julien Psicoanálisis y religión, y fotografía de Philippe Lefebvre, autor de Cómo matar a Jesús, recientemente publicado.]


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LA LUZ

 

Pocas cosas hay más importantes que la luz para el ser humano, y pocas han cambiado tanto su forma de vida como la electrificación masiva durante el siglo XX. En la actualidad, la noche y sus terrores apenas se tienen en cuenta; sin embargo, marcaron el imaginario social durante miles de años.

Hoy basta un simple gesto para que la luz se haga. Pero esta facilidad nos enfrenta a una paradoja no del todo positiva, ya que la luz ha perdido en buena medida su magia, y con ella la capacidad metafórica de evocar un bien imprescindible que se encuentra más allá del poder de los humanos.

En el pasado, la presencia de la luz simbolizó el destierro del oscurantismo. La luz era sinónimo de la verdad que se abre paso entre las sombras del error; era el foco luminoso que bañaba a todo viviente sin distinción; no en vano, las pirámides de los persas, los egipcios y los aztecas siguen siendo testigos silenciosos de un tiempo en el que el sol nivelaba la diversidad de los seres que pueblan la tierra, aunque sin ocultar sus jerarquías.

También en el ámbito de la espiritualidad, los grandes movimientos místicos han perseguido con sus diferentes métodos alcanzar la iluminación que unifica al individuo por dentro.

Y puesto que el sol y la luz interior proporcionan sentido al mundo más exterior de las relaciones y también al más íntimo de la persona, resulta revolucionario que alguien concreto se arrogue para sí algo que comparten por naturaleza todos los seres humanos. Ese hombre, o al menos eso creen sus seguidores, afirma ser la luz del mundo. No dice que conozca el lugar donde nace la luz o que sepa conjurarla o que la pueda transmitir a quien le sigue; afirma extemporáneamente que él es la LUZ con mayúsculas, y que quien le sigue jamás caminará en tinieblas.

Cuando el verano hiere los ojos con su exceso de claridad y la noche se atenúa a causa de las mil y una luminarias que la pueblan, suenan extrañas y hasta grotescas estas palabras de un semejante. No obstante, da que pensar que en medio de tanta inflación de luz existan tantas personas que se atrevan a reconocer en su vida una ceguera completa, absoluta, cuya negrura les imposibilita orientarse en la dirección de la luz.

[Imágenes de las portadas de tres ensayos para leer en verano: Palabras de Cristo, del filósofo Michel HenryCuatro actos de presencia, de la escritora Sylvie Germain; y La historia olvidada del cristianismo, del historiador Philip Jenkins.]


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MIL Y UNA AVENTURAS

 

El tiempo de vacaciones es ideal para romper el ritmo monótono de los días, con sus prisas y la multitud de solicitaciones propias del estilo de vida moderno. Entre estas últimas, los dispositivos electrónicos de uso personal suelen impedir que el ocio sea de verdad reparador, ya que nunca se deja de estar conectado.

Algo tan sencillo como leer sin prisas un buen libro puede convertirse en el mejor de los antídotos para reencontrarse con uno mismo y permitir que la imaginación se demore por los meandros que descansan el alma.

Entre los libros más adecuados para alcanzar este propósito, nada mejor que los de aventuras. Porque ¿quién no recuerda las jornadas que pasó en su adolescencia leyendo la misteriosa isla de Stevenson donde se esconden fabulosos tesoros? ¿O las intrigas relatadas por el Sinuhé del finlandés Waltari en el antiguo Egipto? ¿O los bajos fondos de Los Ángeles acompañando al detective Marlowe? ¿O transitar el río Mississippi en la desvencijada barca de Huckleberry Finn? ¿O soñar en la adolescencia una vida distinta, pero conservando la lealtad del grupo de amigos en la interminable guerra de los botones? ¿O descubrir los personajes que pueblan una Alcarria a medio camino entre el realismo mágico y la ternura de quienes se hacen los encontradizos a lo largo del camino?

Y puesto que los héroes y los aventureros han ayudado a los hombres a elevarse sobre sí mismos y sus existencias de color gris cotidiano, en el tiempo de vacaciones no está de más elegir algún libro de aventuras como el del pionero Segundo Llorente, que recorre infatigable las llanuras heladas de Alaska para prestar ayuda a los habitantes de aquel desierto blanco. Páginas cálidas que devuelven al lector a aquella época no tan lejana en la que el mundo era inabarcable y resultaba imposible acceder a sus lugares más inhóspitos si no era de la mano de geniales narradores que alimentaban la fantasía y salvaban de la triste melancolía de unos tiempos poblados de amenazas y desconcierto.

[Imagen que decora la portada de Cuarenta años en el Círculo polar, obra clásica del gran aventurero Segundo Llorente. Debajo, imagen de Leily y Majnún, de Nezamí.]


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UNA CORONA DE ESPINAS

 

El poco conocido artista plástico Alexéi de Jawlensky (1864-1941) centró una gran parte de su obra en el rostro humano. Su indagación tiene como punto de partida al prójimo que, como un espejo, se presenta ante quien lo observa y dice mucho del otro y, además, de uno mismo.

Como buen pintor ruso, su referencia central es el icono, y más en concreto el rostro de Cristo que, como santa faz impresa por modernas Verónicas en el paño, se convierte en modelo ideal de cada ser humano, con sus peculiaridades y defectos, aunque revelando destellos de la divinidad que todos atesoramos en nuestro interior.

Jawlensky tiene un cuadro en el que retrata a Cristo tocado con una extraña corona de espinas. La forma expresionista alcanza en este motivo una de sus cumbres, porque la realidad cruel es enmascarada por el color de las agujas que se clavan en la frente neutra del protagonista.

¿Acaso no representa ese color rojo, primario y cálido, una metáfora triste de tantas situaciones penosas que sufren las víctimas? ¿Y no suele la sociedad desactivar tantas veces el sufrimiento invitando al olvido, al silencio, a la integración de lo que ha sucedido porque de todo pueden sacarse cosas buenas, a pasar página y perdonar, a impedir que la espina se siga clavando en la carne dolorida…? ¿Y no llega incluso a preguntarse si este sufrimiento no será merecido, por alguna razón o motivo propiciado por la víctima, o por cualquier decisión que ha tomado y que ha producido consecuencias indeseadas?

Cuando Philippe Lefebvre decidió poner por escrito sus reflexiones sobre los abusos, la violencia y los mecanismos de control en la Biblia, el referente que tomó fue un hombre concreto que vivió en Galilea hace dos mil años y que murió crucificado en Jerusalén tras ser vejado por sus enemigos, olvidado por sus amigos e ignorado por la sociedad.

De esta experiencia una sola cosa queda clara; mejor aún, es evidente: esto no ha de ser así dentro de la Iglesia.

[Cristo con corona de espinas, obra pintada por Alexéi de Jawlensky en 1918, y que decora la cubierta del libro del biblista francés Philippe LefebvreCómo matar a Jesús. Debajo, Emmanuel Levinas, filósofo del rostro del otro; en Ediciones Sígueme se han publicado dos de sus principales obras: Totalidad e infinito De otro modo que ser.]


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FERIAS, ENTRE LA NOSTALGIA Y LA OPORTUNIDAD

 

En mitad de la primavera suelen plantarse en el hemisferio norte las casetas de las ferias del libro. Una tradición que, desde más de un siglo atrás, ha evolucionado con los distintos usos y costumbres sociales. Si antaño era en buena medida un homenaje a la cultura humanista más elevada, en la actualidad se ha convertido ‒también en buena medida‒ en ocasión para la venta de lo que más se vende. ¡Cosas de los tiempos!

Nostalgia. En aquellas ferias primeras, la mirada ingenua de los lectores buscaba la sorpresa de lo inencontrable. Es cierto que siempre ha habido libros y autores de éxito que concitaban una buena parte del interés de los visitantes curiosos, pero nunca era a costa del resto de los libros valiosos.

Cuando el libro deja de ser importante por lo que contiene y se valora de él sobre todo la inversión en publicidad que ha recibido de mil y una maneras; cuando el libro es visto por los actores como otro producto más de entretenimiento y consumo; cuando se concibe con su obsolescencia programada o una fecha de caducidad muy semejante a la del pan de molde; cuando es promocionado por personas que jamás leerán un libro ni se les pasará por la cabeza que siempre ha sido ‒y debería ser‒ el medio privilegiado para la transmisión de los conocimientos y la formación crítica de las personas… Entonces, esta sociedad tiene un problema.

Oportunidad. Y, sin embargo, toda editorial, por irrelevante que sea, debe competir. Tiene la obligación de salvaguardar los buenos libros y no abandonarse a la moda de los más grandes. Su compromiso es social si su proyecto tiene presente la formación de un ciudadano crítico, libre, solidario, con capacidad de asociarse para buscar el bien común y no solo su bien y el de los suyos.

Porque si desaparecen estos libros, desaparecerá también algo más.

Feliz feria del libro de Madrid, en el parque de El Buen Retiro.

[Caseta 164 de Ediciones Sígueme en la Feria de este año, que tendrá lugar desde el viernes 27 de mayo hasta el domingo 12 de junio. Portada de Cuentos de los sabios samuráis, uno de los libros que presentamos como novedad en la Feria.]


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LUZ SOBRE LUZ

Los pintores de iconos, al menos aquellos que conocen las leyes para ejecutarlos correctamente, saben que el escenario donde aparecen sus figuras es el cielo.

Saben, por supuesto, que no se trata del cielo físico, el que observan los ojos de la carne y estudian los meteorólogos con sus satélites para monitorizar los flujos de aire, con sus higrómetros para medir los porcentajes de humedad y sus barómetros para interpretar las distintas variaciones de la presión atmosférica. El cielo que inunda el fondo del icono es el que solo puede contemplarse con los ojos del espíritu porque se encuentra más allá del tiempo y el espacio; el que evoca la realidad auténtica y no la pasajera, la permanente y no la efímera de la rosa que se aja tras mostrar su esplendor.

Un cielo insolado, donde la luz se suma a la luz en un derroche inabarcable de energía, cuya representación más aproximada la expresa, metafóricamente, el oro.

Cielo áureo, que nada tiene que ver con el mediodía de un arenal, que todo lo esteriliza, sino con la belleza hogareña del fuego que hace inmortales a las figuras cuando sus destellos las bañan y purifican para intuir al menos signos de la vida nueva.

Desde el surgimiento del cristianismo, este cielo nada tiene que ver con la patria de los dioses, territorio con derecho de admisión para quienes pertenecen, aunque sea adulterinamente, a su misma estirpe. No en vano, el cristianismo ha traído un cielo que, demagógicamente hablando, es democrático, para todos; un cielo, incluso, demasiado humano; un cielo, en fin, donde cada criatura permanece erguida a la derecha del que está de pie a la diestra de Dios.

En este cielo la luz lo llena todo, porque la luz es la que lo cambia todo. Luz de luz que brota del más allá por obra y gracia de la resurrección de un Hijo como de hombre. Nada que toque esta luz puede ser visto con ojos sin cauterizar por el Espíritu. Ojos que a su vez son mirados por las figuras de los iconos para revelar al espectador su verdadera naturaleza. Divinizada.

 

[Icono de Andréi Rubliov, «Cristo Salvador», ca. 1410, que aparece en las guardas de Teología del icono, de Leonid Uspenski, obra central de la teoría del icono. Detalle de la imagen de cubierta de Hombres que son como lugares mal situados, del poeta Daniel Faria.]


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MUERTE Y VIDA

 

Entre medias de la muerte y la vida solo habita el silencio. Pero no un silencio cualquiera, conocido, sino aquel que existía antes de que el mundo fuera. Un silencio primigenio, grávido de vida, que busca desplegarse acuciado por una fecundidad incontenible.

En un silencio así, al que siempre preceden los dolores de parto que ensombrecen el horizonte y lo llenan de dudas y temores, poco a poco, sin apenas esperarlo, aflora la alegría latente de una resurrección.

Algo similar ocurre a mediados del mes de abril en las tierras de Israel, cuando la luna llena se muestra en todo su esplendor. La primavera se hace presente con vitalidad incontenible y la fiesta trata de abrirse paso incluso entre la violencia que tristemente provocan los humanos.

Muerte y vida se suceden en la tierra desde el principio de los tiempos. Y tan antigua como esta constatación es que la vida tendrá éxito y que muy pronto nadie habrá de gustar el fruto amargo del luto. Pero ¿de verdad las espadas se reconvertirán definitivamente en arados y las lanzas en podaderas? ¿Podrá el pueblo desperdigado reunirse al fin en la única vía sacra, trazada en mitad de la estepa y aromatizada por las plantas medicinales que protegen a los peregrinos de toda enfermedad? Y la ciudad santa a la que se encaminan, ¿conservará milagrosamente las murallas y los edificios cuyas llaves guardan los exiliados, pues en la memoria jamás dejó de ser aquel su hogar a pesar de las fatigas y trabajos terribles de la historia?

Según cuenta el último de los libros de la Biblia, ese pueblo nuevo estará pastoreado por un Cordero que retorna victorioso del sacrificio. En su cuerpo siguen siendo visibles las señales del suplicio y, aunque no necesitan disimularse ni pueden desaparecer, son heridas que ya no simbolizan la muerte, sino que sanan, vivifican, reconcilian, amansan las pasiones y ahuyentan todo dolor.

Heridas luminosas que devuelven a la vida. Reduplicada.

 

[Icono de la resurrección de Lázaro que ilustra la portada de la obra de Alexander Schmemann¿Dónde está, muerte, tu victoria? Debajo, detalle de la ilustración para el libro de Olivier ClémentLa alegría de la resurrección.]


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«DIOS NOS GUARDE DE LA PASIÓN»

 

Pocas oraciones tan radicales como esta. Y más si se sabe que brota de los labios de un niño tras escuchar la enseñanza que el morabito imparte a sus jóvenes discípulos.

Esta desconcertante petición ha sido transmitida en una de las muchas narraciones sufíes para ejemplarizar el poder arrollador de los sentimientos amorosos cuando se encuentran sin control.

Ante la pasión obsesiva, nada vale. Esta experiencia humana, que se experimenta de manera aguda en algún momento de la vida, tiene expresión en el bellísimo libro del Cantar de los cantares en la exclamación enfebrecida de la amada a su amado ausente: «Grábame ‒asegura en su desespero‒ como sello en tu corazón, como tatuaje en tu brazo; porque el amor es mas poderoso que la muerte y la pasión más despiadada que el infierno» (Cant 8, 6).

De una forma sin duda mucho más prosaica, el filósofo Jean Paul Sartre se hizo eco de la lógica cultural dominante en los años sesenta y setenta del siglo pasado al definir al hombre como «una pasión inútil». Esta fórmula, en principio negativa, atesora paradójicamente una brizna de verdad, pues no está tan alejada del pensamiento escrito por Blaise Pascal con su habitual brillantez: «El hombre no es más que una caña, pero una caña pensante» (Pensée 349).

Esta pasión, tantas veces abocada a la frustración, nunca es irremisible. La imagen de la aparente endeblez de la caña, que vacila incluso con la más suave brisa, podría esconder una sutil ironía: la capacidad divina de pensar le ha sido concedida al hombre para no tomarse demasiado en serio. El individuo inteligente es aquel que, aceptando el poder de la pasión, ruega a Dios que le dé sentido del humor para aceptar su desvalimiento y pedir la protección amorosa que solo procede de lo alto.

Únicamente quien es capaz de reírse de sí mismo encuentra el camino para salir del laberinto de sus perturbadores sentimientos.

[Detalle del libro Cuentos africanos, donde se recoge el relato del morabito y la pasión. Esta serie de cuentos recopilados por Henri Gougaud forma parte del catálogo de Ediciones Sígueme. Debajo, motivo que decora la cubierta de El pudor. Un espacio de libertad, obra de la psicoanalista Monique Selz.]


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